NOVIEMBRE, 6

DE UN VIAJE

La sagrada familia ha viajado a Barcelona para proceder a la entrega de los premios Princesa de Gerona como antes al Principado, como princesa de Asturias, donde goza del cariño de las buenas gentes por sus fuertes lazos, vía materna, con la monarquía asturiana. Testigos bien informados hablan de la presencia frecuente de la memoria de Pelayo en la Zarzuela y como crecen sus consejos en Felipe sobre la reconquista de Cataluña.-
El pasado año la entrega de los premios tuvo lugar en Gerona, casi de incógnito, en un hotel, rodeada del rechazo mayoritario de los ciudadanos cuyos representantes municipales impidieron la cesión de edificios públicos. Esta vez se decidió que Barcelona sería el lugar de la entrega. No parece una elección muy afortunada. Una Barcelona que arde de indignación con la sentencia del 14/10 y con la política, que no merece ese nombre, por su incomprensión y corto alcance, del presidente Sánchez, atraído a la órbita llameante de Casado y de Rivera. El ministro del interior manifestó que la visita real a una parte del territorio español es algo normal en un estado de derecho. Pero las manifestaciones contra el rey, los cortes en las vías públicas, las pancartas de rechazo que florecen incontenibles, las llamas que primero acarician y luego consumen, las imágenes de Felipe y de su heredera, desmienten esa normalidad.-
De hecho, el Borbón y su familia no pueden pasear por las calles de Barcelona.-
Un gigantesco dispositivo policial, algo habitual en la cotidianeidad de una democracia, aisla una cúpula (dicen burbuja) de seguridad que engloba el hotel de lujo (que lleva el nombre tranquilizador del padre del rey) donde reside la familia durante su estancia y el palacio colindante donde se celebran los solemnes actos. Un mundo submarino, absolutamente aislado por las fuerzas de seguridad, del mar exterior cuyas olas amenazantes levanta la tormenta. Así nuestra querida familia real no tiene otra opción, al salir de sus habitaciones particulares, que pasear por los espacios comunes del hotel y sus jardines, lugares de recepción y conversación con sus vasallos y, después de un corto paseo, acceder al palacio de congresos. Allí, los aplausos enfervorizados de sus fieles monárquicos no serán suficientes para borrar la asfixiante sensación de claustrofobia, el pequeño bunker bajo la superficie irrespirable de la luna. Los actos se desarrollan con aparente normalidad. Los Borbones exhiben con naturalidad los frutos de su educación lingüística y la niña Leonor es una dulce flor, de la clase que acostumbra a crecer en los jardines de la realeza, rosas sin perfume y sin el verso de Machado. En los ágapes y cócteles la corte comenta el estilismo y la moda de la reina y de sus hijas, un asunto central para todas las cortes, pero en estas horas que se quisieran alegres, la ausencia de los representantes del pueblo catalán es un agujero negro hacia el cual gravita esa normalidad democrática de la visita real, en palabras del Sr. Marlasca. Alguien, entre los más lúcidos de los asistentes, recuerda la atmósfera de “Der untergang” (el hundimiento), la alegría aparente, la brillante opereta de la corte como un anuncio de cava, los sueños de un despertar a otras realidades.-
Sin embargo, todavía hoy, afortunadamente para los reales visitantes, es posible salir de esta clausura, una caravana blindada, un helicóptero, después el aeropuerto más próximo y por fin, Madrid. Y la felicitación del gobierno por haber cumplido con tanta dignidad y tanto coraje el deber de no abandonar a los violentos una parte tan entrañable de la nación española.-
Ya en la Zarzuela, en tranquila reunión familiar, mientras comentan los recientes sucesos, apenas son conscientes del parto del dragón republicano. Los jóvenes cachorros, devoradores de carne real, gruñen hambrientos y, confiados en su olfato, avanzan lentamente.-

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