22 ABRIL

DE NUEVO EN MONDOÑEDO.

Los días 22 de diciembre de 1919 y 28 de febrero del presente año, aniversarios del nacimiento y defunción de Álvaro Cunqueiro, viajé a Mondoñedo con motivo de la presentación (en la primera fecha) de un ensayo mío sobre Lezama y Cunqueiro y del nombramiento de Víctor Freixanes como cunqueiriano de honra (en la segunda fecha). Mi ensayo y su discurso constituyen los textos número 1 y 2 de la colección “Selva de Esmelle” de la casa-museo Álvaro Cunqueiro. Grato viaje y grata estancia en mi ciudad natal, siempre acompañado por el saber grande y preciso y el entusiasmo y la actividad desbordantes del amigo querido, el profesor e investigador Armando Requeixo, mindoniense como yo y dinamizador del Mondoñedo cultural con un esfuerzo de organización de actos, convergencia de voluntades y publicación de libros que le exigen un tiempo que no sé de dónde lo obtiene, habida cuenta de sus obligaciones como profesor universitario e investigador científico en el “Centro de Humanidades Ramón Piñeiro”. A él se debe, con el apoyo y la voluntad política de la alcaldesa, Elena Candia, que el desconcierto inicial y “los conjuros negativos” a los que me refería en este mismo diario (15.9.19) hayan sido cancelados. La casa-museo Cunqueiro comienza a caminar con paso firme y a cumplir su finalidad de conservar y difundir la imagen y la obra cunqueiriana. Cualquier insuficiencia o carencia existente necesita de la colaboración y el entusiasmo de la “secta” de los cunqueirófilos y de todos los mindonienses. En la medida en que Mondoñedo es la ciudad de un poeta, la ciudad de Álvaro Cunqueiro quien con su obra desprendió del cuerpo material de la urbe otro cuerpo imantado, una imagen que permanecerá siempre en el “centro del paraíso, que es la novela”, todos los mindonienses habitan también, y de modo irrefutable, el paraíso cunqueiriano. Todos ellos deberían ser colectivamente nombrados, un aniversario, cunqueirianos de honra.

Pero esta imagen de un Mondoñedo celestial, en el centro del paraíso textual, desborda de la escritura para invadir la realidad y, desde ésta, hechizar a propios y extraños quienes con su peregrinación robustecen también la economía local. La alcaldesa y sus concejales han comprendido muy bien la importancia económica del llamado patrimonio inmaterial, del turismo cultural y que yo prefiero nombrar con la palabra poesía, la poesía que al enriquecer poéticamente al hombre económico lo adelgaza de las grasas materiales que abonan así los suelos necesitados. Un capítulo de la fundación poética de la economía. Las palabras de Elena Candia, en esta dirección, pronunciadas en el acto de entrega del título de cunqueiriano de honra a Víctor Freixanes, fueron acertadísimas y de clara percepción de la situación. Ocurre además que Mondoñedo no solo es rica en aguas y en latín, también la poética es cigüeña permanente en la ciudad. Esta riqueza literaria debe ser incansablemente estudiada y puesta de manifiesto, a todos los niveles, desde el científico investigador y conservador de archivos y materiales, hasta el expositivo y el del impulso al turismo cultural.

Y este esfuerzo comprende, claro está, la revelación del paisaje, de los conjuntos arqueológicos, de los monumentos, del arte y de la música, de las actividades preclaras de los hijos de la tierra y la historia de ésta.

La presentación de mi ensayo fue en un hermoso salón de la “Casa dos coengos”, el discurso de Freixanes, bien escrito y mejor dicho, tuvo lugar en el Auditorio Municipal. Aquí fue emocionante ver y oír a niños, niños gallegos leyendo, con voces bañadas en la melodía local, textos de “Merlín y familia”. El río de las generaciones que asegura toda esperanza.

Con la amabilidad del tiempo bueno, pude recorrer largamente la ciudad y demorarme con la gente que yo conocí en mi juventud o con sus descendientes. A pesar de los años de separación me reconocí como mindoniense entre mindonienses, un aire común de familia, como si hubiéramos sido invadidos por la imagen de la ciudad cunqueiriana, convertidos en gentes de la Tierra de Miranda que Álvaro Cunqueiro inventó en el sentido etimológico de la palabra, es decir, la hizo aparecer en la escena visible al descorrer las cortinas de lo invisible. Él vió el vuelo de la flecha, disparada desde muy lejos y con tremenda fuerza en marcha irresistible a la plenitud de la imagen, hasta alcanzarlo como horizonte. Por eso, en mi caminar la ciudad, veo otros cuerpos, desprendidos de las cosas y los seres, duren o no aquellas, vivan o estén muertos estos. Las imágenes me interpelan y yo soy una más entre ellas, fuera del tiempo. Me abraza la cordialidad eterna de la imagen, su anterioridad verbo del hombre y entonces la muerte no importa porque aquella prevalece siempre. Cada vez vuelvo con mayor satisfacción a Mondoñedo, una voz me llama y sólo calla cuando sumergido en el río, en el que flotan, y entrechocan suavemente, todas las imágenes que configuran la mía, como desprendida de esta ciudad.

Como siempre permanecí fascinado ante el rosetón de la catedral, un cúmulo estelar, puerta a una dimensión celeste, escudo luminoso del inmortal guerrero que aguarda el ascenso que soñó Cunqueiro al paraíso de la imagen eterna. Como siempre encaminé mis pasos al Barrio dos Muíños, uno de los lugares de la ciudad que amo. Me senté en un banco, junto a la fachada de una blanca casita y escuché en sueños la canción del Valiñadares, atropellándose sus aguas claras para alcanzar el Masma como un Alfeo enamorado. El poeta Díaz Jácome, siendo niño, cayó al río y la rueda de un molino, en vez de serle fatal, lo despidió ileso. No sé si por no gustar de su futura poesía o, precisamente, por respetar a los poetas o por las dos cosas. En todo caso, un río poético como es propio de la ciudad.

En Mondoñedo siempre como en Valeco, en el Barrio dos Muíños o en la tasca, en Alcántara, al lado del monumento a Leiras Pulpeiro. También las pequeñas cosas tienen derecho a su imagen, “el hechizamiento de las pequeñas cosas”, “las delicias del chocolate” que decía Lezama. En ambas casas, de ambiente familiar, reina la imagen que desprende la cocina mindoniense, la sencillez y delicia de la empanada de liscos, el pulpo, los huevos caseros con patatas fritas y chorizo, el raxo, las natillas y la leche frita, el queso y el membrillo. Y el pan, que figura en la trinidad de la abundancia mindoniense, con el agua y el latín.

Antes de marchar volví a recorrer la casa que fue de mi tía Carmiña y en la que vivió mi padre. Las sombras me reconocen y se encienden y los pasos que oigo se mudan en otros pasos. Del cordial y competente arqueólogo municipal, Abel Vigo, en su inteligencia y modestia, un mindoniense típico, escucho claras y detalladas noticias sobre el asiento humano en el valle y sus montes guardianes desde el mesolítico y me enseña en la planta baja un arco de lo que podría ser una cloaca romana que con las obras de acondicionamiento del museo ha quedado al descubierto y cuya existencia nunca sospechamos. Resulta magnífica esta fundamentación romana de la casa familiar que provoca imágenes que aguardaban tras los cortinajes.

Llega el atardecer. Y con él, el silencio que acuna las otras dimensiones de la ciudad y las desliza al sueño. No se puede comprender Mondoñedo sin saborear su silencio. Es como un mágico toque de queda que no impide caminar nocturno, sombra entre las sombras, de las piedras en las que se encienden pequeñas llamas cordiales de la vida cotidiana que se recoge como en un cuento de la infancia.

Decido venir de nuevo a Mondoñedo con el buen tiempo del verano o del otoño, varios días, para poder volver a recorrer, calmosamente, lo que en mi juventud pensaba los “Epiros” o “Tesalias” de la polis: el castillo de aguas de Tronceda y Viloalle, contemplar la serena melancolía del Masma, pisar las tierras duras de Zoñán y de Estelo, contemplar el cielo desde las abas de los montes donde escribí “Beatum corpus”, si puede ser con mi hija para hacer que beba el licor de imágenes que embriagó a su abuelo y a su padre. Cuando pasaba de regreso a lo largo del cementerio viejo pensé que según el texto griego, en el tribunal del Hades que juzga a los muertos, Radamante se encarga de los asiáticos y Eaco de los europeos. Supongo que la tribu de los mindonienses tendremos un juez especial que comprenda los silencios y las tinieblas de nuestros sueños, quizá un juez con imagen de centauro, inclinado a la embriaguez, o de unicornio, flechado por el sueño. En ambos casos no hay dudas sobre su benevolencia.

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