22 ABRIL

“CUNQUEIRO Y LEZAMA. LA LUZ DE UN MUNDO QUE SE ALEJA”

3ª parte, A   “Poética lezamiana y texto paradisíaco cunqueiriano”.

(La primera parte de cinco constituida por “texto mítico griego”, “Preámbulo” y “Cunqueiro y Lezama, vidas paralelas” constituye la entrada 23.1.20 de este diario. La segunda parte “Un mundo común” fue publicada en 26.2.20 en este diario).

Como ha sido consignado anteriormente son múltiples los textos en los que Lezama desarrolló y sistematizó su poética de la imagen. Y, sin embargo, hay una distancia (ya observada entre los lezamianos) entre aquella y su realización en su obra narrativa y, especialmente, en su poesía, blanco elegido de aquella. Cunqueiro, como también se dijo, no desarrolló sistemáticamente la suya, sino fragmentariamente y principalmente disuelta en el material narrativo que es preciso filtrar para que brille el oro de su visión poética. Poética sumergida que resplandece en el fluir de las aguas de su obra. Fundamentales, sobre todo, “El año del cometa”, un texto en el cual Paulus, alter ego de Cunqueiro, expone ideas decisivas sobre el soñar y el imaginar. No faltan tampoco textos, en las entrevistas al escritor, que aclaran y completan su poética, textos importantes para su poética del texto paradisíaco.

Pues bien, mientras Lezama, caminante llegado a la orilla del Puraná, el río del paraíso, vió, sí, hervir sus aguas y sobre ellas se inclinó, como Narciso sobre el agua de la fuente, pero no pudo alcanzar las puertas del paraíso, tan claramente contemplado en la teoría, perdido en el camino infinito de su poesía, fragmentado hasta la exasperación microscópica y relacionado cada fragmento con una selva de asociaciones de dimensiones astronómicas, Cunqueiro, de golpe, sencilla y franciscanamente, sin aparente esfuerzo, tal la música de Mozart, que tanto amaba, creó el texto paradisíaco, realizando así la poética lezamiana y su proyecto de “habitar la ingenuidad de un nuevo paraíso”.

Entre tanto Lezama, insisto, en su búsqueda de “la ciudad tibetana estelar donde el hombre dialoga con el búfalo blanco” (otro nombre del paraíso), la perdía por velarla su propio caminar, si bien nos dejó, en la floración amazónica de su asociacionismo, fabulosas ciudades poéticas sublunares, “con la dureza de la piedra y la transparencia del agua”, atributos para él los propios de la poesía. Esto lo veremos más clara y demorado en la parte quinta de este ensayo.

Si navegamos, siguiendo la corriente de los ríos de textos de Lezama y de Cunqueiro, oímos con facilidad la melodía única de sus voces diferentes, que se complementan armónicamente. Y la primera isleta con la que tropezamos es la afirmación de Pascal, que Lezama sitúa en el centro de su sistema poético: “como la auténtica naturaleza se ha perdido, cualquier cosa puede ser naturaleza”, y añade Lezama “el hombre coloca la imagen en lugar de la naturaleza perdida” y “frente al pesimismo de la naturaleza perdida, la invencible alegría en el hombre de la imagen reconstruida. Por la imagen el hombre se reconcilia con un mundo armónico que le ha sido arrebatado”.

Es obvio que, para hablar de naturaleza perdida, tiene que haber naturaleza. Y naturaleza solo la hay con la cultura, es decir, con la aparición del ser humano. Antes de éste no hay naturaleza, habrá cualquier cosa, pero no naturaleza. Ésta está configurada culturalmente y la cultura se ha desarrollado, por lo menos hasta hoy, en el seno de una naturaleza, amenazada, eso sí, por la imposición de un hábitat artificial y tecnológico del hombre. Cuando entramos en un bosque virgen que, como tal, no existe, entramos y lo vemos, lo olemos y lo sentimos con toda la historia cultural de la humanidad, con todo el bagaje de mitos, historias, leyendas, experiencias, saberes, alegrías y temores. Grávidos de imágenes atravesamos y configuramos culturalmente la fisicidad del bosque, sea lo que sea esa fisicidad desde el ámbito de la teoría del conocimiento o de las ciencias físiconaturales que también determinan, modelizan esa fisicidad. Antes del hombre no se puede hablar de naturaleza, ni siquiera del “silencio de la prehistoria” (Moravia) anterior a la aparición del “homo loquens” ya que silencio solo lo hay en la cultura, silencio que permite escuchar una voz, el ruido de una hoja que cae o el cauteloso pisar del tigre.

Se ha escrito sobre la probabilidad de que, en un primer tiempo de su juventud poética, Lezama identificara la naturaleza perdida con la expulsión del paraíso teológico y que, perdida esa naturaleza paradisíaca, surgiera esa sed infinita de reintegración al paraíso. Puede ser. Fuentes irracionales de la nostalgia infinita puede haber muchas en el hombre, incluso el nacimiento como expulsión de un paraíso. Pero aquí el concepto de naturaleza perdida que nos interesa y que es el motor de la reintegración armónica por la imagen de los textos lezamianos y cunqueirianos es ese mundo que nos llega, fundamentalmente desde el neolítico, atraviesa los siglos y los milenios y nos llega afectado por las sucesivas revoluciones industrial y tecnológica, hasta el desarrollo digital de hoy con el dominio de la globalización y la destrucción del medio ambiente, lo que permite contemplar con facilidad un ámbito humano de residencia predominantemente tecnológico y la desaparición de la naturaleza que ha rodeado siempre al hombre. Y, naturalmente, tal como lo conocemos, no va a salir indemne de “estos procesos de economía agresiva y depredadora que olvida colocar en el centro de las actividades humanas la calidad de los bienes comunes, sociales y ecológicos”. La posibilidad de aparición de un modo de ser humano diferente, con otros valores (“videmus alterum populum iam esse”, el senado romano en el asunto de la represión de las Bacanales) debe ser considerada. Pues bien, contra este proceso de destrucción de un mundo se alzan Lezama y Cunqueiro y así el hombre introduce la imagen para reintegrar la naturaleza perdida, reintegración que también se procura desde otros ámbitos (científico, cultural, activismo ecológico…). Pero aquí corresponde hablar de la imagen, de la imagen poética (“la poesía es el reino del milagro”, Valery) como componente esencial de ese proceso de reintegración armónica y de salvaguarda del ser humano, frente a la deriva actual. Y hablar de la imagen presupone el lenguaje que clasifica el flujo, aparentemente caótico y confuso de la experiencia, en unidades discretas y con ello es “conditio sine qua non” de la sociedad humana y, en consecuencia, del hombre. Pero, además, el “homo loquens” es, como hablante, un ser poético y metafórico que tiende esencialmente a extender la imagen sobre la naturaleza, como la noche se extiende sobre el día. Se confirma así que la naturaleza es “ab initio”, lenguaje, por ello imagen ya que el hombre como lengua es una fuente continua de imágenes, un fluir que no cesa. Sin embargo, solo en los poetas (mejor en el pensar poético del que la poesía es uno de los vehículos) puede la imagen desenvolver toda su capacidad de milagro, aunque en potencia esa capacidad se halle presente en todos los seres humanos pues todos estamos constituidos lingüísticamente y la metáfora forme parte de nuestros dones. “El cuerpo segrega imagen como el caracol formas en espiral inmóvil” (Lezama) y todos comprendemos la metáfora.

“La imagen es el instrumento cognoscitivo por excelencia” (Lezama) y “lo maravilloso comienza cuando surge una iluminación no habitual de lo real (Carpentier). De nuevo Lezama “la distancia tiene que engendrar su propio rostro… Toda metamorfosis en el hombre sólo puede verificarse en la metamorfosis espacial que desplaza…”. Las cosas, los seres, las ideas y los fenómenos o los sucesos se nos muestran separados por distancias espaciales o temporales, cortas, largas, incluso inconmensurables, como un universo fragmentado. Estas distancias podemos cancelarlas con la metáfora: metáfora, “llevar más allá”. La metáfora como vehículo de transporte (en neogriego “metaforiká mesa”, medios de transporte). Hölderlin relacionó al poeta con el comercio del naviero que comunica lo más lejano con lo más cercano: “Siehe! Da löste sein Schiff der fernhinsinnende Kaufmann, froh, denn es wehet’ auch ihm die beflügelnde Luft und die Götter liebten so, Wie den Dichter, auch ihn, dieweil er die Guten gaben Eer erd ausglich und fernes nahem vereinte” (¡Mira! Allí soltaba su nave el comerciante que contempla la lejanía, contento, pues también para él sopla el aire estimulante, y los dioses lo aman, también a él porque equilibra los dones buenos de la tierra y une lo próximo a lo lejano”).

Lezama: “la metáfora y su resultado la imagen es la red más poderosa para atrapar lo fugaz y el animismo de lo inerte. Extraemos de su cosmos un objeto y lo transportamos a otro, bajo cuya gravedad vibra y se ilumina de un modo nuevo” pero la aparición de algo nuevo en la órbita de lo que acoge también hace vibrar e ilumina el puerto de destino. Las dos caras del signo lingüístico determinan la imagen que transporta la metáfora: el significante, las connotaciones de la imagen y el significado, (el conjunto de semas, variable con cada persona y cada cultura) la imagen. La empresa de transporte que es la metáfora modifica perdurablemente la imagen transportada que nunca volverá al estado anterior a su viaje. Se ha enriquecido para siempre. Como se enriquece la imagen que abre sus puertas a la metáfora. “Dientes” y “perlas” tienen un antes y un después tras el nacimiento de la nueva imagen “dientes como perlas”. Como la cópula sexual que lleva al espermatozoide al óvulo y origina un nacimiento, el transporte metafórico engendra una iluminación nueva, una nueva imagen que como una estrella que dilata su circunferencia abarca el ámbito de la comparación y anula la distancia entre las cosas.

El poeta como arquero. Tensa su arco, dispara y salva la distancia. El nuevo rostro engendrado cancela la lejanía entre el lugar de liberación de la flecha y el horizonte herido. En un texto aristotélico hay reflexiones decisivas sobre el poeta como arquero y el éxito de su disparo: “hay que disparar desde lejos y con fuerza para dar en el blanco”. “Ley de la poética y no de la balística”, se ha dicho. Cuanto mayor la distancia anulada, mayor la iluminación de la imagen surgida del lanzamiento metafórico. (Traigo aquí unos ejemplos de Cunqueiro arquero: “libro de venenos, encuadernado en negro como Felipe II” y “las croquetas se retorcían en la sartén como herejes en la hoguera de la Inquisición” o “el camino se echaba a sus pies como perro amistoso”). Sí. Al fijar la línea del horizonte para su flecha, el arquero “dilata las fronteras”. Una fuente islandesa dice: “el brazo que me mata es corto pero el venablo es largo”.

Después que la flecha ha alcanzado su horizonte nuestra percepción del cosmos ha cambiado y se ha enriquecido. Escribe Aristóteles que la esencia de la poesía es revelar las relaciones, desvelar el ser que hubiera podido permanecer oculto, si no fuera por el poeta. Esta reintegración del universo, aparentemente fragmentado, por medio de la imagen es la esencia de la metáfora poética que penetra la oscuridad circundante y la ilumina. Todas las luces se encienden a su paso. Y observemos esta doble actividad del lenguaje: clasifica y distancia y simultáneamente aproxima y unifica.

Cunqueiro: “al final, en nuestras invenciones, damos un rostro más complejo del mundo y más veraz”. “Las cosas todas, además de su rostro, el haz, tienen una cara secreta, el envés, que a veces es la más significativa y aquella por donde el suceso o el objeto pueden relacionarse con otros igualmente singulares e, incluso, prodigiosos”. “La filosofía no consiste en saber si son más reales las manzanas de este labriego, o las que yo sueño, sino en saber cuál de las dos tiene más dulce aroma”. (Menciono ahora el tema del soñar, para desarrollarlo en otra ocasión, como actividad metafórica). Lezama: nuestro auténtico ser es la vivienda en la imagen, la unidad más profunda entre lo estelar y lo telúrico, la imagen como tejido de la noche”. En la base del sistema poético lezamiano es la imagen la única vía del hombre para relacionar lo visible y lo invisible y para lograr la intersección entre dos mundos, eliminando todo dualismo y el mayor “la contraposición real/irreal”. “El sentido que revela la imagen nos transporta a la mañana del mundo, como un ciervo que sorprende el momento en que un río secreto aflora a la superficie”. Y añado algo decisivo, las imágenes que como un boomerang vuelven hacia el arquero cuando la flecha acierta en “la línea del horizonte” son las imágenes que salvan ese mundo amenazado de desaparición, esa naturaleza perdida, pues solo en un mundo poético es posible el vuelo de la flecha de la metáfora. Son esas imágenes las que multiplican, al desvelar y revelar, los enlaces comunes y con ellas se hace frente a la amenaza de la metástasis de los desarrollos antipoéticos de hoy. En palabras de Lezama, “la concordancia universal de la metáfora es la reparación por el hombre del daño que causó”. Es la afirmación del fundamento poético de cualquier mundo imaginable que podamos calificar de humano y, a partir del cual, cualquier desarrollo científico o tecnológico pierde el carácter tóxico que en ausencia de tal fundamento lo domina. Así el arco del poeta (Tokson en griego antiguo) cancela esa toxicidad mortal.

Dijimos que la metáfora busca y halla vínculos ocultos entre cosas separadas por abismos de tiempo, espacio o sentido. Se abole así el causalismo unilateral de lo sucesivo histórico. En el milagro de la imagen, en la reintegración de los fragmentos que es el paraíso, la causalidad se genera, no solamente por la relación causa-efecto, sino por otras relaciones, v.g., “la vivencia oblicua” lezamiana, en virtud de la cual un acontecimiento posterior aclara uno anterior, “una expresión contemporánea revitaliza el pasado, un escritor contemporáneo influye en la interpretación de otro del pasado. “Muchos creen que las influencias se presentan de causa a efecto, en la sucesión cronológica, y muchas veces la aparición de un poeta posterior recrea esas influencias. Las influencias no son de causas que engendran efectos, sino de efectos que iluminan causas” (Lezama). El tiempo se evapora, la dimensión temporal como la espacial, desaparecen del texto paradisíaco, “el hombre responde con el arbitrio de la imagen al determinismo de la naturaleza”. “La liberación del tiempo (y del espacio, añado) es la constante más tenaz de la sobrenaturaleza”. Es decir, del reino de la imagen, del texto paradisíaco. “Todo lo escrito en un libro vive simultáneamente” (Cunqueiro).

La imagen que florece en el texto paradisíaco tiene otro efecto decisivo, la superación del dualismo entre lo real y lo irreal. “La simple potencialidad de la imagen basta para crearle su gravitación”. El poeta se adelanta como guardián de la sustancia de lo invisible. “Es muy posible que el primer animal volador fuese inventado, imaginado por el hombre antes que existiese en realidad” (Cunqueiro). Y la luz es el primer animal visible de lo invisible (Lezama).

Este poder aniquilador del tiempo y del espacio de la metáfora y de la imagen que se alza sobre la distancia abismal, instantáneamente, (pensar en velocidad resulta inadecuado) presupone en aquella un enorme poder destructor. “El máximo poder destructor concebible” (escribe Cunqueiro) que se refiere también “al apetito de destrucción del soñador”. Y se pregunta: “¿puede existir una ciudad, sin reducirse a polvo, si hay en ella un soñador?”. Destrucción de apariencias y distancias, la piedra se dobla y nos entrega su resistencia, el horizonte se acerca y se abre para mostrarnos el oro de las imágenes que guarda. Destrucción que desborda de riqueza, riqueza de la resurrección, todos, vivos y muertos, avanzan, vestidos de la fantasía inagotable que el albedrío de la imagen regala. En la ciudad cunqueiriana que se alza en el centro del texto paradisíaco, el envejecimiento y la muerte son reversibles, los muertos vuelven al vecindario, épocas y espacios se yuxtaponen. Todo “se desprende de los anillos de su forma correspondiente” (Lezama). Desprenderse, desnudarse hasta el reposo en el éxtasis de lo homogéneo que constituye el paraíso poético donde hay identidad entre dioses, hombres, demonios y cosas, a través de las series infinitas de transformaciones. La ciudad paradisíaca cunqueiriana es un ejemplo único. Como fruto de este éxtasis de lo homogéneo, el vecindario de la ciudad cunqueiriana carece de psicología individual, sus habitantes son arquetipos. Y en la Habana de Lezama, su voz se alza y habla idéntica a través de todos los personajes de Paradiso y Oppiano Licario. Casa de la imagen que es la casa del poeta. “Su casa era el espacio de la mañana. Su cuerpo se escondía en la casa de las imágenes y luego reaparecía idéntico y semejante a un fragmento estelar… La magia que he percibido siempre en toda morada del hombre como el resguardo del caracol que ofrece sus laberintos defensivos a la embestida de la marina nocturna… Encontrar la sombra imposible y hacerla habitable” (Lezama). Imposible: como imposible conceptúa la casa del poeta quien ha sepultado su potencial de arquero. Y no ve el milagro, el arco que vibra, bañado en luna, y la flecha que cabalga el arquero hacia su horizonte y como “se borran todas las perspectivas tocables”. Se rompe el frasco y se derrama la ausencia de toda referencia para mejor aislar el vuelo de la flecha. En el súbito de la caída de la flecha más distante en su horizonte, parece surgir de la nada su creación: “la segura marcha en el abismo” al evaporar la imagen una abundancia inabarcable.

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