BOLETÍN LITERARIO MINDONIENSE

Nº DOS (ENERO 2021)

1. POEMAS

2. EL ORÁCULO DE LEZAMA

3. LITERATURA GALLEGA Y LITERATURA EN LENGUA GALLEGA

4. UNA ANTOLOGÍA DE CUNQUEIRO

POR CÉSAR CUNQUEIRO

(https://cesarcunqueiro.home.blog/)


1. DESDE EL FONDO DEL MAR

POEMAS

I. Beatriz Pasa

Pasan los siglos, caravana insomne,

Vacuno que azuza el pastor del viento,

Barro, gritos, estruendo, confusión,

Mugidos, sin descanso, hacia las puertas

Del abierto recinto del olvido

Donde todo se calma y apacigua.

Un silencio sin noches y sin días.

Mientras, los que andamos sobre dos piés

La tierra, alzamos nuestra estatura,

Como un semidiós, a la muerte ajeno,

Y su fatal memoria no pensamos,

La vieja enemistad de sus archivos.

Vivimos en una dulce embriaguez,

Es la copa de Beatriz la causa,

Que nos aleja de la imagen clara

Del país que no sabe de retornos.

Es Beatriz un manantial de niebla.

No hay días en el siglo, ni en los días

Horas, en los que Beatriz no pase,

Beatriz pasa siempre, siempre cerca,

Hace ochocientos años de su paso

Por Florencia, suceso de inmortal

Recuerdo. Pero ha pasado antes

Y después, pasa y seguirá pasando.

Qué lugar en la tierra sin su paso?

Beatriz asomada en la ventana,

Beatriz en la calle y en las plazas,

Un sereno mirar y la sonrisa.

Beatriz es un enigma. Inútil

Preguntar por la variedad que muestra

En la figura, Beatriz se viste

De todas las respuestas que imaginas.

Y con todo, no habrá duda ninguna

Si pasa Beatriz y al pasar mira.

Entonces, un eco nunca oído,

Un repentino incendio de mil luces,

Brisas de puras, altas extensiones,

Se abre tu ser, las puertas se retiran,

Beatriz está en el umbral. Espera.

Un destino en sus ojos te interpela.

Cualquier tiempo anterior es cancelado.

Se funden dos en la mas grande imágen,

Dureza transparente de la piedra

Que se fija y se adentra en el espejo

Por senda solo por amor sabida.

Y no importa el romperse del espejo,

Los agudos cuchillos de sus vidrios.

Aunque los cubra sangre muy antigua,

Que traspasa los filtros del olvido,

Son huerto para el florecer del verso

Y el retrato del arte, la más alta

Memoria de Beatriz, testimonio

de una eterna belleza entre nosotros.

Por escuchar de Beatriz el canto

Seremos canción pese a la ceniza

Y haciéndonos brotar alas de fuga

Que quiebren un instante las oscuras

Servidumbres al polvo y a la muerte

Beatriz siempre seguirá pasando.

II. Manera de morir

(“La perfección muere

arrodillada” Lezama)

No quiero en lecho mi lugar de muerte,

Debilidad rendida del anciano

Que exhibe su final, anticipado.

Y no siendo oriental, arrodillado,

Disposición que pide una cultura,

Y también su horizonte de morada,

Que no siento. Quiero morir sentado,

Asiento que no sean mis talones,

Que añaden incomodidad al trance,

Si no cómodo asiento, mi sillón

De todo día, papel, libro y lápiz

En la mano, libros en el regazo

Y a mi lado, que muestren a la muerte,

Claramente, su atroz impertinencia.

Elijo horas de tarde de verano

De honda conversación con mis vecinos

En los alegres barrios de bibliópolis,

Ciudad natal. Su ordenado urbanismo

No excluye los rincones misteriosos,

En su sombra, quizás será la herida.

Una ola en mí, como el mar en la arena,

Me serena. Tener como testigos

Tanto amigo, de todas las naciones,

que en lenguas diferentes se lamenten.

Muchos años viviendo con los libros,

El color de su piel y su estatura,

Son sabidos. Y su olor que entrelazan

con el mío. Familia de papel!

Para no ver suceso tan tremendo

Sus ojos cubrirán con las cubiertas,

Mantos de colores. Cogido a ellos,

Perdido en la selva obscura, me guiaron,

Ahuyentando al error, que amenazaba.

No sé si quiero muerte perezosa

Que se enrolle despacio en mi costado

Gato negro egoísta y zalamero,

O hacha tierna y veloz, que decapite

O mezcla sabrosa, a voluntad, de ambas.

De la escena final no tengo dudas.

La cabeza inclinada sobre el pecho,

La mano que acaricia el libro amado,

Mis plumas como lanzas derrotadas.

III. Una inscripción antigua

Yo, Kúsar Kun.Ke.Í.Ru, servidor

De la casa de los libros, alcé,

En provincia lejana del imperio,

Este recinto para su morada,

Allí donde solo crecen la sombra

Y el silencio, fuera de los caminos

Que visitan la guerra y el comercio

Los años largos de mi vida ardieron

En el fuego del altar, sacrificio

A vuestra luz de extraños inmortales,

Centauros alados, hijos del hombre

Y de la nube que el saber de siglos

Alimenta. Con alegre fatiga,

Cada día, surgieron galerías,

Habitaciones, pórticos, columnas.

Al final, cuando todo fué dispuesto,

Os invoqué en las diferentes lenguas

Propias de los orígenes diversos,

Para habitar la ciudad ofrecida,

Que os acoge por barrios desde entonces.

En cómodo reposo las figuras,

Diferenciados órdenes y clases,

Sobre el misterio de ángulos oscuros

Sobrevuelan brillantes arcoíris,

Color variado en túnicas y mantos

Que causa por doquier un suave incendio.

En los dobles collares de los días,

Y en las perlas que cuelgan de sus horas,

Mis manos que no cesan, acarician

Vuestra cálida entraña desvestida

Y hacen brotar las voces y los cantos

De letras que se acercan, bailarinas,

Desde sus alfabetos prodigiosos,

En juegos malabares que me asombran.

Sediento bebedor del agua escrita,

Una sed que no sacia la bebida,

En embriaguez viví, sin observar

La pleamar de la extensión del tiempo,

La amenaza del Nilo en su crecida

Hasta la superficie indiferente

Y sin historia que cubre el latido

De una antigua esperanza sumergida.

Es el tiempo en que nacen las preguntas,

Angustia, inquietud nunca sentidas.

Borrado el templo y el rumor del culto,

Y el ágil ejercicio del incienso,

En su trapecio, cada vez más alto.

A dónde ireis, divinas criaturas,

Sin los fieles que por saber se inclinan?

La dispersión fatal a la procura

De antiguas melopeas y salmodias

Adormideras guardianes de sueños,

No veré. Pero conozco la arena

Y sé del viento eterno que la azota

Y de los restos que hay en lo más hondo

Donde la tierra sin esfuerzo olvida.

Escriba del final, en la piedra dura

He inscrito estas palabras, testimonio

De un instante vivido como eterno

Quitar su dicha no podrá la muerte.

IV. Inevitable Herencia

Modesta herencia habrá cuando yo muera,

Humilde y apartada habitación

En la infinita biblioteca humana

Y el eco de mis pasos cada día,

Entre las órdenes de libros, monjes

Con recia disciplina de silencio,

Sus manos sobre un pecho de secretos,

El saber alcanzado por sus vidas.

En la luz indecisa de las celdas,

Años, siglos quizá, fui también monje,

Inclinado sobre lo más difícil,

Sin procurar jamás ganancia alguna.

Pude así conocer lo más profundo,

El pensar de las razas de los siglos,

Abierto en luz al generoso esfuerzo.

Los años ya pasaron, o los siglos,

Ya la muerte es vecina de mi sombra,

Con paciencia sonríe a mis trabajos,

Ciegos a su deseo de mudanza.

Ellos alzaron alas en la antigua

Arquitectura, nuevos laberintos,

otros monjes se unieron a los viejos,

Con orgullo tranquilo los contemplo.

Yo quisiera vivir siempre a su lado,

Y un cuerpo de papel atravesado

Por flechas que disparan alfabetos

En vuelo de imposibles geometrías,

Figuras y ejercicios nunca vistos

De mágicos arqueros en palestra.

Ciudadano de la ciudad sin fin,

Libro entre los libros, fatal destino

Del sediento que busca el agua oculta

En grietas de la roca vueltas fuentes.

Pero soñar no es página que dure,

Una mano sin mano en el costado,

Un vacío sin nombre que disuelve,

Se abre común, inevitable herencia.

V. Elvira

Es imagen antigua, centenaria,

Fotografía de alguien de mi sangre,

Niña todavía, vestida en blanco

Ceñido a medio brazo y celosía

De bordados que cubre las rodillas,

La ternura se afirma ante el andar

Reciente. Máscara de nieve el rostro,

Óvalo de un saber secreto, fuente

Para mis preguntas, entre torrentes

De rizos negros. Es más que un retrato,

Es dónde escucho la voz de mi estirpe.

Reiteraron tu nombre con mi madre.

Elvira!, en afirmación de vida,

Puente sobre el vacío de la ausencia,

Herida dolorosa en la familia.

Pero también un saber la unidad

De ambas existencias, la necesidad

De satisfacer a los años breves,

Bajo la luz, de la primera hermana

Que exigían persistir, duración,

Y así encauzar la sucesión del tiempo.

La casa lo supo ayer, hoy fatal

Destino, lo sé yo. Herencia vuestra

Que me alcanza y designa sin opción,

Fatigar la memoria de las aguas

Que nos bañan, restaurar el espejo

De los quebrados espejos del río,

Su claro fluir, cancelar la niebla,

Es la tarea. Os miro, te miro,

Desde el alba y en las horas del día,

Breves, largas. Todo es inevitable

Encuentro, encrucijada conversada.

Vemos en los ojos que un mismo mundo

Nos alberga. Respiramos rumores,

Sueños, voces venidas de muy lejos.

Lo que está decidido, desconozco

Ni por quién. No importa. Materna lengua

Me interpela constante y solicita

Como guardián que soy contra el olvido,

Enriquecer la posesión antigua.

Firme llevado, lento voy ganando

El parecido, la mirada propia

Que en nosotros florece y se despliega,

Ya ocupo mi lugar a vuestro lado.

Pastor de la casa, veloz galopo

Sus caballos. Descansad, es mi turno,

Por mi voz habla ahora la familia.

Aguardo tu mirada, vuelto imagen.

Quién eres, no lo sé. No sé si existes,

La sucesión la encontrarás dispuesta

Si sientes, escogido, la llamada.

VI. El sueño de Teresa Vidal

Una ventana oscura en el barco de la noche,

Hundida en el reposo de un sueño sin luces,

Ciega a la luna, rueda visible del carro invisible

Que derrama su carga en suave incendio.

Al fondo, muy lejos de los caminos del cielo,

La llanura de un mar de piedra,

No ondula su calma la brisa nocturna,

Ancla el barco de la noche con abrazo inmóvil.

Silencio. Ni presencia alguna.

Pero si rasgas el frágil tejido del velo,

Si la luna golpea la piedra

Y desenvaina el resplandor de sus lanzas,

Aparecen sirenas que cantan en aristas duras,

Visten de sonrisas, y no ocultan, inocentes,

Dientes de sierra y garras agudas.

Defienden, el destino lo manda, el haber de la tierra.

De pronto, una luz,

En la ventana del barco de la noche,

Las hojas se abren, alas que vibran,

Una mujer en el marco de la ventana,

Mármol o pintura en el museo de la noche.

Belleza es la delgadez de su altura,

Y la pasión del rostro, hoguera

Que alumbran los ojos, con fuego de campamento nocturno.

Así dice admirada la hora profunda.

Un misterio pregunta en ese ser ardiente,

Embriagado por un anhelo antiguo,

Vuelo de ave, camino de luna a la que llama hermana,

Vencer, hada de la noche, los lazos terrestres.

Despliega sus brazos, se adelanta,

Ensayo de arrumbar inútil nido,

Casi una sombra, asomada a las ondas del aire.

La noche extiende tapices de magia,

El mar de piedra palpita y asciende,

Las sirenas llaman con dulces cuchillos.

No, no hay brazos que retengan el talle de Teresa,

No están los míos, no estorban los vuestros,

Pasajeros sumidos en sueños distantes.

Eres libre Teresa de incendiar el aire,

Ángel sin peso, en busca de flores que habitan muy altas.

Tu danza, sin apoyo en el suelo, detiene a la luna,

Tu mirada brilla con tesoros sin nombre

Que nombras por vez primera,

Oprimen tus dedos frutas azules de jardines no hollados

Y el rocío humedece tus labios.

Un sueño imposible se ha hecho posible,

Concedida la suerte del deseo más hondo.

La tierra, sorprendida, retrocede un instante,

Ante esta hija, vuelta familia del éter,

Pero sus celos gravitan con fuerza tremenda,

El mar de piedra se agita, alterado,

Vomita torrentes de olas con filo de hacha,

Rugen su canto las sirenas hambrientas.

“No serás criatura del aire”

Exclaman las voces de abajo

“Sino planta, de las más hermosas, crecida en mi seno”

A Teresa la acogen los cuerpos más fuertes, el amor más duro.

Rota estrella de mar,

Flotas, inerme, en aguas de piedra.

Se diría que acunas un bien muy querido.

Mientras, la sangre sella con rubí muy espeso

El pergamino herido de tu estirpe terrestre.

Ya no hay luces en el barco de la noche,

Ni ventanas abiertas para respirar infinitos,

Ya se aleja al alba la clausura oscura,

Surge el sol indeciso del cotidiano vacío.

Es el poema de un sueño de una noche de agosto,

Que duró mil noches. El despertar nos dejó tu ausencia.

Imágen brillante de jinete alado galopa, incansable,

La memoria, rueda la cabeza del olvido.

Historia tan clara no será ofendida.


2. EL ORÁCULO DE LEZAMA

Llevo tiempo ocupado y preocupado con los temas del signo lingüístico, la imagen y la realidad, también con los vehículos y viajes metafóricos y sus pasajeros y cargas, viajes a cuyo lado los viajes mundanales no ofrecen otra cosa que caminos banales y sin interés que no salen de lo mismo.

Por el estudio de la imagen en Lezama me incliné sobre su asociacionismo en la cadena sintagmática de sus poemas al predominar (en términos generales) la superficie del signo lingüístico sobre la imagen subyacente y oculta. Las distancias que salvan los tropos lezamianos son inmensas y no raramente nos falta la clave de ese viaje que salva la distancia (metafórico, pues toda metáfora, como cualquier tropo es un vehículo diseñado para un viaje). Pero como decía Lezama y así tituló su obra póstuma “Fragmentos a su imán”, el auténtico fragmento está imantado y busca a su imán. Reconocemos la imantación del fragmento porque trasplantado a nuestro propio imán se inserta en la dinámica propia de la imagen y exhibe su poder germinador. La imagen que vehicula el fragmento sacude y conmueve, incluso parcialmente incomprendida.

Creo que la sensibilidad a la imantación del fragmento, a su energía poética, es la prueba más clara de la autenticidad y grandeza de una visión poética.

Pero esto será tratado en un boletín futuro. “Lezama camino del paraíso” completará así lo tratado en el primer boletín “Lezama y Cunqueiro. La luz de un mundo que se aleja”.

Andaba yo algo ebrio después de tanto beber de la jarra de estas cuestiones. Paseaba nocturno por el malecón de mi ciudad, acompañado mi pausado andar del tranquilo y armonioso golpear del agua contra el muro. Una luna enorme y juvenil me sonreía, las mejillas incendiadas por una erupción naranja. Mis pensamientos se asociaban, promiscuos, con otros muy lejanos y en este andar aquí y allá me encontré con la noche pitagórica del Maestro Lezama y se me ocurrió que sería buena idea viajar a La Habana y visitar el templo de Trocadero 162. Podría consultar al oráculo que allí abre su boca cuando la claridad estelar llena de su mansa plata la oscuridad de la celda sita en la planta baja. Pensado y hecho. Subí a un vehículo metafórico de cercanías que instantáneamente me dejó en el malecón de La Habana. Las horas de espera, por la diferencia horaria, transcurrieron en lento abrazo con cariñosos rones que me hicieron olvidar la ebriedad del tropo. Cuando llegó la noche, y las estrellas ocuparon sus palcos, despedí a mis jóvenes amigos que me obsequiaron con un último regalo. Sin apresurarme, me acerqué al lugar sagrado. La calle estaba casi vacía. Empujé levemente la puerta que se abrió lo suficiente para permitir mi entrada. Un buen augurio ya que si la consulta al oráculo no se considera pertinente, la puerta permanece cerrada. Los sacerdotes al servicio del templo son los que brotan del espejo de las imágenes que lo configuran. La noche pitagórica que fluye a través de la ventana ilumina la habitación. Un sacerdote o lo que considero tal, con la cabeza afeitada como los antiguos servidores de Isis me señala una silla y en silencio me ofrece un pastel de canela. Mientras lo saboreo, sentado, se va precisando, al fondo de la habitación, la estatua sedente de un Dios mesoamericano, de vientre enorme, dispuesto en pliegues como serpiente boa enrollada que observa soñolienta por el ojo semicerrado del ombligo. Un cigarro gira en la boca de la estatua, en su extremo otro ojo, éste, brasa y tremendamente vivo, que palpita al ritmo de las inhalaciones. La hoja bebida libera nubecillas que se alzan lentas en el aire y que a la luz del resplandor nocturno forman una vía láctea de niebla que se pierde en los mundos más oscuros de los rincones.

Sé que el pago del oráculo consiste en una ofrenda de libros aparecidos después del viaje al Hades del viajero inmóvil y que por ello no pudo leer. Dentro de mí se forma una clara imagen de unos cuantos libros de mi biblioteca que suscitan el interés del cubano. Asiento y al momento aparecen en las manos del sacerdote calvo que desaparece con ellos.

El silencio se ahonda. Yo adelgazo mi pregunta a fin de que pueda deslizarse por la abertura más fina. Al cabo de unos minutos oigo mi voz, un poco ronca y un mucho conmovida que se extiende en un español cuya prosodia me proclama hijo de una tribu bien conocida de los oídos isleños. “Contemplar en las isletas del Puraná la pareja del árbol de coral frente al ojo del tigre”.

Algún fenómeno celeste vela la luz estelar. En la oscuridad arde con más fuerza la brasa del cigarro, con intensidad furiosa, caballo azotado por su jinete. Después, poco a poco se va reduciendo a un punto luminoso. Y entonces resuena en la habitación o es en mi interior, la respuesta a mi pregunta, una onda sonora y clara. Pero sucede lo que con todos los oráculos, sus respuestas son ambiguas. La particularidad del oráculo lezamiano es que responde con preguntas, como si toda pregunta necesitase un preguntar más hondo que abra un camino posible. Hasta cuatro veces pregunta Lezama. Al final de cada pregunta la interrogación vibra largamente, cristal de violines en caricia apasionada.

“¿Un objeto se salva por su reducción a forma?

¿Es la forma el final del camino?

¿La forma es un objeto?

¿El objeto creado por la forma es un fragmento?”

La brasa del cigarro vuelve a ser el centro ardiente de la noche. De nuevo el silencio. Fatalmente atraído por la hoguera circular, se arroja a ella y allí crepita en mil chasquidos que se dispersan como los ruidos sin padre de una casa en la noche. Me levanto y con una última ojeada a la figura oracular, abandono la habitación y salgo a la calle. Detrás de mí, muda, se cierra la puerta. Cojo el primer vehículo de mis sueños que aparece y de inmediato me encuentro entre mis libros, entre los que no noto la ausencia de los ofrecidos. En la mesa, el recado de escribir se halla dispuesto, albo folio, al lado de sus hermanos, el bolígrafo de tinta azul celeste entre los dedos y otro de espesa tinta violeta para las correcciones, la mano izquierda en funciones de apoyo variadas y los ojos vigilantes del proceso de labrado del campo de papel. Armonía admirable la de este recado de escribir puesto en marcha, papel, pluma, mano, brazo, ojos, cerebro. La escritura fluye como un río por el cuerpo, atraviesa y se adelgaza en el útil de escribir y finalmente vierte en el estanque de los folios cuyo nivel asciende sin cesar. Los manantiales de vagas ensoñaciones confluyen en corriente poderosa que al final se deposita en capas de precisa geometría. Ideas y palabras, riquezas que ignoraba poseía se derraman por la boca de la pluma, pluma que piensa como parte del cuerpo que piensa. El tiempo se extiende ante mí como los folios albos, sin límites, la primera pregunta del oráculo, con comodidad se instala en ellos. En su redondez perfecta me sumerjo.

“¿Un objeto se salva por su reducción a forma?” Después de pensar la pregunta, ésta no puede menos de sorprendernos. ¿Es posible hablar de un objeto antes de su reducción a forma? ¿Hay objeto que salvar si la forma no lo viste? O dicho más claro y hondo, ¿no es la forma el objeto? El corolario, sin forma no hay objeto. Pensemos la tercera pregunta: “¿el objeto creado por la forma es un fragmento? Dejemos de lado, por el momento, la parte posterior a la cópula, el atributo. Fijémonos solo en el sujeto de la fórmula ecuativa “el objeto creado por la forma”. Si el objeto es creado por la forma, no puede haber objeto que se salve por su reducción a forma. Pero, ¿qué quiere decir salvar? La forma, quizá, como caracola que alberga la untuosidad blanda y pegajosa de una objetualidad precaria. En realidad es una contradicción hablar de un objeto previo a la forma, un mero “Flatus vocis”. Cualquier objeto que nos regala su presencia tiene una forma que lo precisa como tal objeto. Pueden existir objetos, desconocidos hoy, que si llegan a nuestro conocimiento lo serán como formas. Si hablamos de seres monstruosos, ocultos en fosas primordiales, si son reales, tienen forma que en su momento podrá sernos ofrecida. Si su existencia es del ámbito del mito (como la del ave Simurg que desde el Cáucaso cuando cierra el ojo derecho ve los acontecimientos de los últimos mil años y cuando cierra el izquierdo ve lo que sucederá en los próximos mil). Entonces constituye un signo lingüístico, con su significante y su significado. En este último se halla presente un número variable de semas según los individuos y las culturas. Algunos siempre presentes, para que una comunicación sea posible. Y este signo lingüístico, no tiene, a diferencia del signo “Napoleón” o del signo “mesa”, un referente real, tiene como referente el texto mítico.

Más antes de seguir con el problema del referente que, a primera vista parece admitir la distinción real/no real conviene hablar de la imagen. Todo signo lingüístico, como tal signo, contiene una imagen. Imagen que, como todos los signos lingüísticos emitidos por los individuos es individual, de una riqueza siempre mudable y en general creciente, aunque pueda disminuir y casi desvanecerse por olvido. Pero todas las imágenes individuales comparten dentro de una cultura un conjunto, máximo común denominador, de rasgos imaginativos que posibilitan, por ejemplo, la comprensión del tropo, en una cultura determinada, máximo común denominador que adelgaza en la comunicación intercultural.

Una reflexión sobre el referente antes de seguir con la imagen. Decíamos que el ave Sigurj no tiene un referente real, a diferencia del signo lingüístico lobo. ¿Pero hay esta diferencia? Pensemos en una frase como “un lobo enorme lo atacó” contenida en un cuento. Desde luego no es el referente un lobo real. El niño que escucha absorto, cuando oye el signo “lobo” alza una pantalla en la que aparece una imagen dinámica (una película) y variable originada en toda su experiencia vital (lobos reales, textos escritos, sonoros, visuales, sensaciones…). Esa imagen es el auténtico referente del siglo lingüístico, interior a él pero abierta siempre al estímulo exterior, que la modifica y hace crecer.

Y si en vez del lobo del cuento o incluso del pájaro Simurg que es fácil imaginarlo, hablamos del alma, como muchos hablan todos los días, un puro signo lingüístico cuya pertenencia a la realidad se verifica a través del texto mítico, la imagen que vehicula es más flúida y evanescente. Si se hiciera una encuesta, la imagen reflejaría vagamente un vapor que asciende, un ave, una energía aérea…

Cuanto más abstracto el puro signo lingüístico, más evanescente la imagen, pero ésta siempre existe. Por el contrario, en cada cultura los dioses se presentan con ricas y sólidas imágenes, alimentadas por todos los textos de esas culturas. Cierto que el creyente en una determinada divinidad tiene por segura su existencia real. Pero claro es que de esta presunta realidad no dimana su imagen sino de los textos míticos, plásticos… de su cultura. Incluso puede pensar que la imagen cultural es un sucedáneo de una imagen en la que se manifiesta la realidad divina que cuando se hace visible es insoportable y aniquila al humano, como Zeus a Selene. Por eso el Dios del Antiguo Testamento se manifiesta en una zarza ardiente.

Sin embargo, el que haya seguido hasta este punto la exposición podría objetar: “Sí, pero si la frase “lo atacó un enorme lobo” se refiere a la noticia de un periódico o digo “mi perro corre” parece que en ambos casos el signo lingüístico tiene un referente real, el lobo concreto que quizá fue matado por los cazadores o mi perro lobo que se llama Orfeo y a quien vi crecer y morir. Y como el lobo de la noticia y el perro familiar, la inmensa mayoría de los seres y objetos que nos rodean. De estas existencias concretas podemos decir que son ingrediente decisivo en la formación de las imágenes de los mismos pero no, ni mucho menos, exclusivamente. En primer lugar es un ingrediente variable a lo largo del tiempo, variabilidad que proporciona múltiples estímulos, con frecuencia contradictorios. En segundo lugar, en la imagen de ese ser concreto influyen también ingredientes procedentes de todo nuestro horizonte cultural y los relatos de terceros sobre ese ser. Nuestra propia imagen de ese ser (amigo, lobo, perro, hijo) cambia continuamente. En virtud de los continuos estímulos que nos llegan de todas partes, muchas veces contradictorios, el referente de ese ser, por próximo que sea a nosotros y que es antes que nada un signo lingüístico con su significante y su significado, es la imagen que vehicula el signo, diacrónicamente un conjunto de imágenes en continua variación y retroalimentación. Todo ello, repito, sin perjuicio, de reconocer la importancia decisiva de los mensajes emitidos por ese ser (contradictorios con frecuencia) en la formación de la imagen y lo mismo si se trata de un objeto inanimado, sea un cuadro, una caja de música o una mesa. No hay pues ser u objeto reales y que nos sean conocidos que no tenga una imagen, es decir, que no sea un signo lingüístico. E igualmente ocurre con los seres y objetos fantásticos que pueblan los textos míticos o teológicos (texto en sentido amplísimo). Sin imagen no hay objeto. Operamos sobre los seres y objetos por medio de imágenes. La variabilidad de éstas hace necesario, para la eficacia de las operaciones, la aplicación de las subimágenes contenidas en un tramo medio de la banda de variaciones de la imagen, más allá del cual puede dificultarse o incluso resultar imposible el reconocimiento. Llamamos forma del objeto a esa zona media de la escala o espectro de variaciones. Decía que conocemos por imágenes, interviniendo en la realidad a través de la forma del objeto y teniendo en cuenta que esta intervención es social, a través de formas culturales (es decir, máximo común denominador de una cultura o de la interacción de varias, análogo al máximo común denominador semántico en la comunicación).

Los seres y objetos fantásticos de una cultura, puros signos lingüísticos, se agotan en su imagen una vez obtenida de los textos míticos. En ellos la forma puede ocupar toda la banda de oscilaciones de la imagen o la mayor parte, sin dificultar la comunicación o la acción. Forma e imagen pueden llegar a identificarse. Pero si hablamos de seres o cosas de la realidad, la distinción entre imagen y forma, como subconjunto de la primera es decisiva. Además los seres y cosas de la realidad no se agotan en la forma ni en el signo. Hay además su realidad. Pero esta realidad no es que sea desconocida. Ni tampoco que sea imposible de conocer. La esencia de la realidad es relativa, relativa a un aparato de recepción de la misma. En los términos más amplios posibles, “algo es para algo” (donde algo puede ser alguien) y el para es el fundamento. No hay la “cosa en sí” sino la “cosa para” y no hay ninguna dificultad lógica en pensar no solo la diacronía de los “para” sino su sincronía. Si, por ejemplo, desapareciese la especie humana o todos los mamíferos o la vida orgánica se abriría el reino de otros “ser para” incomparables con el “ser para” de nuestra especie.

Todo esto provoca reflexiones interesantísimas sobre la naturaleza relativa de la realidad y las consecuencias extraíbles, pero los desenvolvimientos nos llevarían muy lejos y quedan para otra ocasión. Sí quiero realizar unas observaciones sobre la relatividad “del ser para” aplicada a la idea de Dios, que en tanto ser fantástico de la cultura se agota en su imagen. Pero naturalmente cabe la posibilidad de que sea un ser desconocido pero real y que se revele en otro horizonte histórico. Pero si la esencia de lo real es su carácter relativo, no podría haber un Dios en sí sino que descansaría, al revelarse, en nuestra imagen. Un Dios dotado de todas las perfecciones, entre ellas ser en sí, independiente de todo “ser para” sería la nada. Por eso, si el Dios desconocido existe, será una divinidad mucho más humilde y limitada, un semidios.

Y no olvidemos que en sus operaciones sobre la naturaleza, las ciencias fundamentales no se preocupan ciertamente de conocer quiméricos objetos en sí, sino de construir modelos que funcionan en la realidad.

Decíamos que de la inmensa y cambiante riqueza de la imagen, no es utilizada, en la comunicación y acción social ordinarias, más que una parte, el máximo común denominador de los miembros de un nivel cultural o intercultural. Podríamos así definir la poesía o la literatura, como el arte en general, como el esfuerzo de patentizar esa riqueza, de manifestarla y de llevarla a la sociedad en un esfuerzo por elevar ese máximo común denominador de sus imágenes. Esfuerzo duro y sufrimiento. Es un destino manifestar la plenitud de la imagen. Así la primera y la cuarta interrogación lezamianas se resuelven en la primacía de la imagen y en el destino del poeta. Poeta es “el que consulta al oráculo” (Thewros), esto es “el que realiza el viaje”, la tarea esforzada por la que logra la altura de observación (spécula) que permite la contemplación de la imagen en su esplendor. Poeta es el que ve con esos ojos como hemiglobos del Auriga de Delfos.

Pero el oráculo planteó dos interrogaciones más, si la forma es el fin del camino y si la forma es un fragmento. Aunque esta última es la cuarta, es preciso responderla en primer término, ya que lo fragmentario busca su reintegración.

Todo signo lingüístico es un fragmento, lo es primariamente en el léxico y lo es como imagen. Imágenes y constelaciones de imágenes tan numerosas como las estrellas y las galaxias. Pero las imágenes no son mónadas aisladas. Si el signo supone una reducción al cortar el cordón umbilical para engendrar la imagen, inmediatamente se abre el proceso de la expansión de la imagen alimentada por todas las posibilidades biológicas y culturales de la especie. El coste de la reducción inherente al signo, la herida dolorosa del corte con la realidad se cancela y se cura con la abundancia de la imagen. Recordemos que de la castración de Cronos surgieron los Dioses a la luz. Lo que no es óbice a que permanezca la nostalgia por lo informe, por lo indefinido y sin límites, la nostalgia de un caos, abertura de un seno materno donde cielo y tierra yacían confundidos, la nostalgia de un paraíso perdido, paraíso que intentamos recuperar con el movimiento de la imagen en relación con otras imágenes, que pueden ser muy lejanas, distancias salvadas por el transporte metafórico, instantáneamente. Distancias inconmensurables, semejantes a las cósmicas que se anulan por la constante creación de constelaciones de imágenes. Al planeta de una imagen llegan visitantes de otro planeta muy lejano. Por medio del tropo y, en especial, utilizando el vehículo metafórico, una imagen entra en la gravedad de otra imagen o de una constelación de imágenes. Hay un comercio de rasgos imaginativos, enriquecimiento de la imagen, cruces e influencias, se normalizan relaciones y el viaje se vuelve banal. “Tiene dientes como perlas”: la imagen de los dientes ha viajado hasta el imaginado país de las perlas, ha entrado en su gravedad y, a su retorno, ha incorporado para siempre rasgos de la imagen visitada. La cartografía estelar ha sido precisada. “Tiene dientes como perlas” es ahora un viaje banal, casi sin rendimiento poético.

Hagamos dos observaciones al margen. La primera, que los viajes metafóricos no son arbitrarios. Del mismo modo que en la búsqueda de planetas compatibles con la vida, los viajes metafóricos buscan imágenes lejanas que posibiliten un comercio poético fértil. Claro que esa búsqueda será más exitosa cuanto mayor el rango y la riqueza de la imagen viajera.

Segunda. El “como” de “los dientes son como perlas” es un agujero en el neumático o en el mejor de los casos un freno en el vehículo del tropo que reduce su velocidad y su alcance frente al “sus dientes son perlas”. Aunque a veces este mecanismo está justificado, sobre todo en el supuesto de gran distancia interimaginaria donde el “como” es un freno de seguridad que permite un aterrizaje suave en el destino mientras que la simple fórmula ecuativa podría llevar al choque violento y al fracaso del viaje.

Toda relación de intercambio establecida en un viaje es recíproca, todo viaje es de ida y de vuelta. “Perlas” a su vez ha conocido la gravedad de “dientes” y a su vez puede incorporar rasgos imaginativos de los dientes a su imagen. Traigamos a colación los resultados de una metáfora cunqueiriana: “las croquetas se retorcían en la sartén como herejes en la hoguera” (magnífico ejemplo de la necesidad del “como” dada la distancia inmensa entre las imágenes de “croquetas” y “herejes” sin el “como”, se estrellaría el vehículo metafórico). Pues bien, como consecuencia de haber entrado en contacto las gravedades de “croquetas en la sartén” y “herejes en la hoguera” podemos ver en la imagen del hereje y sus movimientos algo de los movimientos de la croqueta en la sartén.

Sin embargo, y sin insistir en ello, apunto una intuición. El rendimiento del viaje de vuelta parece que debe ser muy inferior al de ida, precisamente por la naturaleza no arbitraria de éste. Y por otra parte, la repetición del viaje de ida (el viaje banal que dijimos) no produce riqueza poética salvo que la imagen transportada ofrezca una novedad o novedades (v.g. “mostraba una sonrisa de gastadas perlas artificiales”). Y exceptuada siempre la citación oportuna, invitación cortés al propio viaje metafórico de una feliz metáfora anterior, invitación que explicita y recuerda la ganancia lograda por la imagen.

Y si antes hablamos de la búsqueda de la imagen como destino, ahora procede mencionar al agente de esa búsqueda del enriquecimiento de la imagen: al homo loquens. Toda su vida como actividad lingüística en el seno de la comunidad es un viaje que dura lo que aquella con la finalidad de establecer mallas de redes entre las imágenes, establecer una cartografía estelar, en realidad crearla. Colectivamente, la tarea no tiene fin, es un destino de la especie que quizá busca anular, cancelar la nostalgia del caos anterior al lenguaje, que ve como paraíso. Cancelación por la vía de conectar el fragmento-imagen con otros fragmentos-imágenes, cada vez en mayor número, ampliando así el diámetro de las imágenes, buscando intersección que anule la distancia y el tiempo y, en el límite, posibilite el íntegro volcado de una imagen en otra, las transformaciones y metamorfosis generalizadas. Una pan-imagen que en el plano del homo loquens ocuparía el extremo superior de una escala sobre las imágenes puramente sensitivas, sin independencia del referente material inmediato antes de la aparición del lenguaje con el papel central del signo lingüístico. En el comienzo, según los griegos, estaría la abertura del caos, oscuridad sin imagen que paradójicamente da a luz realidades de las que a su vez surgirían alguna de las más hermosas imágenes del homo loquens. Todo se equivale en el caos original, equivalencia que aniquila el viaje discriminador y clasificatorio del hombre para lograr el dominio de la naturaleza. Pero al final, con la Poética y el tropo, se recupera, a otro nivel, y como proceso sin fin (mientras haya humanos) aquella equivalencia, ahora como equivalencia de las imágenes. Así, en el empleo del lenguaje, predomina, según los registros, la palabra como signo lingüístico o la palabra como imagen proyectada en el tropo desde su naturaleza de signo. Dominancia en la sincronía frente a la exclusividad diacrónica del proceso que libera el vuelo de la mariposa del seno de la crisálida.

A la literatura de la pan-imagen, en la que todas las imágenes se equivalen en una traducción ideal, la llamo literatura del paraíso, la parte más significativa de la literatura de Álvaro Cunqueiro pertenece en el más alto grado a esta literatura.


3. LITERATURA GALLEGA Y LITERATURA EN LENGUA GALLEGA

La pregunta “¿qué obras comprende la literatura en lengua gallega?” es como la pregunta por el color del caballo blanco de Napoleón. Tautológica, la respuesta está incluida en la pregunta. El preguntar correcto dice: ¿Qué obras forman parte de la literatura de Galicia? La respuesta es evidente, las obras que en el ámbito de la cultura gallega se escriben en cualquiera de las lenguas en las que se expresa la misma, el gallego y el español, lenguas maternas de los gallegos y, por lo que se refiere al español, muy diferente de los otros españoles existentes en el mundo y, concretamente del castellano de Castilla o de Madrid. Incluso pertenecería a la literatura gallega quien escribiese en otra lengua materna desde el ámbito de nuestra diferencia cultural, de igual forma que son parte de la literatura sudafricana (por poner un ejemplo) los que viven esa realidad y la describen sea en lengua bantú o en xoisan, en inglés o en afrikaner o en una lengua india. Lo decisivo es ese fenómeno complejo que es una cultura o la constelación de culturas estrechamente conectadas por el marco de una convivencia nacional. Un escritor kirguiz que desde Bichkek escriba en lengua túrquica o rusa pertenecerá a la literatura kirguiz, un nigeriano que desde su cultura materna escriba en swahili, kikuyu o inglés, es parte de la literatura nigeriana como es parte de la literatura irlandesa quien escribe desde Dublín en gaélico o en inglés. Esto en cuanto a los principios. Luego, la infinita riqueza cultural y lingüística del mundo impondrá ulteriores distinciones y matices, a la vista de cada caso concreto.

Cayó en mis manos, prestada por D. Xesús Alonso Montero, una antología de autores y textos de escritores en lengua gallega editado en Italia (Universidades de la Sapienzia y Pádova) preparado por la lectora de gallego, G. Álvarez Maneiro y el profesor Borriero, con un axeitado prólogo de Alonso Montero. La columna vertebral del libro es la lista de los que protagonizaron el día de las Letras Gallegas de cada año. De los autores, aunque hayan escrito también en español, solo se mencionan las obras en gallego.

En mi opinión el valor del libro es escaso en cuanto a formar un parecer solvente, sobre la obra de los diferentes escritores, en los eventuales lectores. Posee, sí, un valor informativo para encaminar a quien se enfrente por vez primera con el gallego y su literatura, valor que completan los apéndices y cronologías. Claro que el hecho de estar limitado el comentario de autores (y de sus textos) a aquellos a quienes se dedicó el día de las Letras Gallegas (desde el comienzo) y siendo requisito de dicha dedicación el transcurso de diez años desde el fallecimiento del correspondiente escritor, parte de la literatura gallega está ausente del presente manual. Como también está ausente el estudio demorado de los autores más importantes, lo que es normal en la mayor parte de las antologías y sobre todo cuando en trescientas páginas se estudian más de cuatro docenas de escritores, sin que haya un criterio claro que permita destacar cumbres en la llanura infinita. El lector italiano, deseoso de profundizar, en lo que merezca la pena, en la producción literaria en gallego tendrá que formarse ulteriormente su propio paisaje mediante las oportunas lecturas.

Pero lo que es grave y originó este comentario es la mutilación sufrida por algunos escritores que escribieron en gallego y en español. Menciono aquí a Blanco Amor y a Álvaro Cunqueiro y cuya obra, especialmente la del segundo, constituye una unidad inescindible, imposible de desarticular según la lengua del texto. Obras tan decisivas como “La catedral y el niño” de Blanco Amor o la producción en español de Cunqueiro, por ejemplo, “Fanto Fantini”, o “El año del cometa”, o los miles de textos narrativos breves (mal llamados artículos periodísticos) no se mencionan o estudian. Así, el que todo lo ignore sobre la literatura gallega, con la lectura de la antología comentada, no tendrá idea alguna de la grandeza literaria de ambos escritores a quienes, aparte la mutilación sufrida) la mediocridad de los comentarios sitúa en pie de igualdad con las medianías perfectamente prescindibles que abundan en el libro. Comentario en línea con la mediocridad habitual en nuestros lares hechos de tópicos, retazos y fichas, al estilo de una mediocre y olvidable historia de la literatura en lengua gallega que, camino de su quinto tomo, circula entre nosotros. Y algo tan grave o más que lo anterior. El eventual lector italiano nada sabrá de la literatura en español de Galicia, identificará Galicia y literatura en gallego y, si algo sabe, lo sabrá a través del prisma de otro canon (el castellano de Madrid, valga la simplificación).

Lo he escrito y dicho otras veces pero siempre hay que volver a repetirlo. Ante un escritor que alza su figura de gigante sobre una obra plurilingüe, el criterio puramente lingüístico para determinar el inventario de una literatura nacional es de una insuficiencia radical y siempre de importancia secundaria, operativo solo en ámbitos técnicos muy específicos de estudios lingüísticos, interferencias lingüísticas, establecimiento de una norma o de un lenguaje literario. Pero lo decisivo para la generalidad, dentro y fuera de una cultura determinada, es la visión de lo humano desde una humanidad concreta, la gallega en nuestro caso. Así, el criterio cultural, para determinar la literatura de una cultura singular, es el decisivo y a él se supedita el lingüístico.

Hace año y medio, con ocasión del comentario del entonces recién aparecido cuarto tomo de la “Historia da literatura galega” (del profesor Ramón Peña, uno de los máximos exponentes de la predominancia del criterio lingüístico, para el cual la literatura gallega en español no existe), escribí en mi blog sobre estas cuestiones, criticando la falsificación literaria a que conduce el criterio escogido. A ese comentario remito al lector interesado (queda incorporado como Anexo I). Aquí solamente añado o preciso lo siguiente:

Primero. Para evitar la contradicción que supone el no tener en cuenta una parte, a veces la más significativa de la obra de un escritor, se recurre en los artículos y manuales regidos por el criterio lingüístico a la omisión pura y simple (como si el silencio funcionase como “damnatio memoriae”) o a la desvalorización (“El año del cometa” sería un fracaso y en consecuencia no alteraría las conclusiones establecidas). Ambos métodos perfectamente conocidos como estalinianos.

Segundo. Es preciso reflexionar sobre las razones profundas de las que brota el dogmatismo del criterio lingüístico (unilingüístico, que delimita el ámbito de la literatura, no ya en lengua gallega, si no gallega simplemente y que con tanto fanatismo se defiende). Esas razones descansan exclusivamente en la defensa de intereses económicos y de influencia político-social y de prestigio de un grupo profesional muy concreto, el de los profesores, escritores y editores en lengua gallega, con frecuencia reunidas en Santa Trinidad en ellos las tres profesiones. Grupo que cuenta con cierta complicidad y apoyo de un poder político (PP/PSOE) de esencia centralista y que intenta compensar así sus tibios sentimientos galleguistas. Apoyo, en cambio, sin fisuras del nacionalismo político articulado en el BNG y sus organizaciones, complejamente entremezclados unos y otros, bajo el rígido paraguas del reduccionismo lingüístico.

Tercero. La defensa exitosa de estos intereses es vital para la supervivencia del grupo. El grupo de presión descrito solo puede sobrevivir en un compartimento estanco sin intercomunicación alguna con el mundo del español gallego, con la cultura gallega de expresión española, atribuyéndose la galleguidad en exclusiva y rechazando ese mundo a la esfera del centralismo español. Sin olvidar la colaboración de los medios de comunicación por razones análogas en parte a las del poder político, lo que ha permitido la infiltración del grupo en parcelas concretas (páginas especiales, suplementos culturales…).

Cuarto. Con la reducción de la literatura gallega a literatura en lengua gallega se logra un espacio literario semejante a otros espacios de análogo etiquetado (literatura en lengua estoniana, polaca, islandesa…) propias y exclusivas de un determinado espacio nacional, amenazado, en nuestro caso, por la irrupción centralista de un gigante (el español, presentado como castellano), ajeno a la nación y también convenientemente reducido. La variedad mundial de españoles (entre ellos el español gallego) se oculta bajo la denominación de castellano, inasumible en sus connotaciones e inexacta en lo denotado. Organizado así el espacio literario de la nación como unilingüe, con sus estructuras internas de enseñanza y externas de representación, sus mandamases pueden establecer su visión de la historia de la literatura gallega y un canon literario. Los textos en que se contienen uno y otra pueden variar en lo accidental pero coinciden en lo esencial, eliminación, por cualquier medio, de la literatura gallega de expresión española, en ningún caso reconocida como tal, con mutilación de la obra de los escritores gallegos en gallego y español y omisión de los que solo escriben en esta última lengua, cualquiera que sea su calidad y la riqueza de sus raíces culturales gallegas.

Dichos representantes de la literatura gallega organizada (en instituciones culturales, congresos, pen club,…), armados de su historia y de su canon y con las simpatías que provoca una lengua amenazada por otra políticamente más poderosa, desenvuelven redes internacionales de colaboración, de contactos, invitaciones de intercambios, políticas de traducciones que imponen con éxito en el exterior la visión de la exclusión y de la mutilación, éxito que evita la competencia con los grandes narradores y poetas gallegos en español y la comparación con los mismos, que serán estudiados en otro canon y en otra historia, a ellos uno y otra ajenos, la del “castellano de Madrid” por emplear una formulación caricaturesca.

Quinto. Además de las ventajas en el exterior de la eliminación de la competencia, la ganancia decisiva tiene lugar en el interior. Si de esa historia y de ese canon manipulados formasen parte la obra total de Blanco Amor y de Cunqueiro o la omitida de Valle Inclán, Torrente, Cela o Valente, por citar a los más grandes, quedaría eliminada de raíz la inflacción actual de escritores en lengua gallega, desaparecían de las historias de literatura al uso tanto nombre mediocre, bueno solo para listas de escritores locales o comarcales, en el mejor de los casos. Sobre esta inflacción de nombres no hay duda alguna, incluso muchos de los integrantes del sector que define al ámbito de la cultura y literatura gallegas reconocen en privado lo mediocre de muchos de sus escritores, incluso se atribuyen recíprocamente tal calificación. Pero jamás, salvo pocas excepciones, habrá auténtica crítica literaria en el espacio público. Nada más que críticas positivas o neutras, de carácter puramente informativo, pero nunca negativas o descalificadoras. Saben perfectamente los eventuales críticos que con una sana crítica se abrirían unas puertas que no podrían ya ser cerradas y que las fuerzas liberadas podrían arrastrar a cualquiera. El andamiaje reduccionista, construido con tanto esfuerzo, de su particular literatura gallega se derrumbaría como sacudido por Poseidón. Por eso no habrá, mientras se mantenga la situación actual, crítica literaria en Galicia, cuchillo de Buñuel que rasgue la ceguera interesada o no de tantos.

Sexto. El éxito del sector reduccionista y de sus estrategias criticados en este cometario ha sido desgraciadamente alto. Pero en su fortuna germina ya el fracaso histórico. Es tal la inflación de nombres en la narración y en la poesía, la mediocridad de muchos es tan patente y se multiplica de tal forma gracias a la paz crítica que otorga el mutuo perdón de la misma, que el tinglado acabará cediendo. Basta leer en diagonal obras como la italiana comentada o historias de literatura gallega como la de Pena para percibir el absurdo de tanto nombre destacado, mediocridad que también inza la dedicación del día de las Letras Gallegas. ¿Cómo en presencia de Cunqueiro o de Blanco Amor o en ausencia de Torrente o de Valente pueden llenar capítulos tanto narrador o poeta secundario o terciario o simplemente inexistente? Escritor/escritora pasa a ser hoy una etiqueta de cualquier profesor, periodista, editor o crítico que se precie. Muy pocos nombres quedarían si cacháramos el monte inzado de tanta mala hierba. Por mencionar únicamente alguno de los ya fallecidos. En una historia seria de la historia de la poesía en las lenguas de la cultura gallega o simplemente en gallego, ¿cómo puede aparecer con talla de poeta nacional de Galicia un vate tan menor como Manuel María? ¿O cómo puede figurar en ella “El misterio de María Mariño”? Fórmula consagrada en el canon, pero el único misterio es el de su aparición y tantos otros “cómos” referidos a vivos y muertos en prosa y en poesía, de los que sólo cito (porque no es necesario aquí para la firmeza argumental molestar a tanto vivo digno de olvido) la sobrevaloración de un escritor tan secundario y limitado como Neira Vilas. Un fenómeno corriente es la inserción en el mundo literario de personajes de importancia histórica por otros conceptos, pienso en D. Valentín Paz Andrade, de notable significación histórica pero poeta de divisiones inferiores. Pienso también en la sobrevaloración de obras de hombres destacados de nuestra historia como Castelao. Por ejemplo de “Siempre en Galicia” que hoy (y creo que ya cuando apareció) no se puede leer sin insatisfacción e incomodidad, en muchas de sus páginas. Y empleo esos calificativos siendo generoso. Obra citada, sin embargo, como sagrada biblia por nuestros reduccionistas o mutiladores de la cultura gallega o de Galicia, sin más (y sin perjuicio de la grandeza histórica de Castelao). Por no decir nada de la sobrevaloración acrítica del conjunto de la obra poética de Rosalía de Castro.

En general la literatura gallega y las obras de la cultura gallega extra literaria acarrean enormes dosis de sobreestimación, fruto de un funcionamiento en circuito cerrado propio de una historia militante.

Séptimo. Con todo lo anterior no elimino el lugar afectivo de muchos autores en nuestras pequeñas y entrañables historias locales (eso ha sido siempre así y nadie les disputa esos lugares a ellos reservados). Objeto simplemente el otorgarles una estatura que no les corresponde. La culpa principal es de profesores y críticos, que habiendo encontrado un objeto a la altura de sus capacidades lo estudian exhaustivamente en ediciones críticas que proyectan al investigado a un primer plano donde los primeros perjudicados son el acierto en el cánon y la capacidad para captar la grandeza, y también el concreto autor que en su nuevo pedestal ve resaltadas más claramente sus deficiencias. Paradójicamente, confrontados a un gran escritor, como Cunqueiro, los críticos no han prodigado páginas a la altura de su obra que se alza por encima del horizonte de los más. Esta insuficiencia crítica es particularmente evidente al estudiar su poesía, con frecuencia incapaz de captar el hilo de las metáforas cunqueirianas que tratan, como diría Borges, con instrumental clínico de forenses o refugiándose en la seguridad de los tópicos de lo sucesivo histórico, con ausencia siempre de espíritu poético.

Octavo. Finalmente, la relación de todo lo anterior con la política en Galicia. El éxito de las mareas hace años, fulgurante, que fue el éxito de un movimiento político transversal y, sobre todo, sin exclusivismos lingüísticos y aliado a fuerzas estatales, dejó claro las posibilidades que hay en Galicia para un nacionalismo abierto, sin sectarismos, respetuoso de la riqueza cultural y lingüística de la nación. Cierto que el éxito fue efímero, no por caducidad de la forma sino por suicidio originado en el particularismo castreño de las mentalidades, tan frecuente en el país. Pero ese éxito, incluso en su brevedad, mostró cual es el camino para lograr mayorías políticas en Galicia, que no luchen solo por la primacía de la oposición, sino que puedan acabar con la situación de subordinación. Y en ese camino a nadie se le puede exigir que renuncie a su lengua materna para incorporarse al mismo. Una mayoría progresista, amplia y de carácter permanente (y no coyuntural y fácilmente revocable) solo es posible (y es “conditio sine qua non”, aunque por sí sola no sea suficiente) si se lucha por ella en las dos lenguas de Galicia, español y gallego, es decir, si las dos lenguas (mejor dicho, su empleo) dejan de ser parte del problema para ser parte de la solución. Insisto en el carácter materno del español en Galicia, hoy lengua materna de la mitad al menos de los gallegos (quizá de la mayoría) lo que pone de manifiesto lo absurdo de la postura de los reduccionistas que no encuentra otra explicación racional que la defensa de unos muy concretos (y espurios) intereses materiales. Y en los honestos (que los hay y son los menos), la sumisión a una tradición y unos sentimientos que actúan como pre-juicios básicos. No olvidemos, por otra parte, la galleguidad del español gallego, tan diferente, como pueda serlo el español mejicano o el argentino del castellano (ahora sí) de Castilla que hace más de seis siglos invadió Galicia. De ese castellano nos hemos apropiado los gallegos y lo hemos convertido en nuestro español, diferente fonética, fonológica, léxica y sintácticamente y en el que lo gallego encuentra cauce natural y basta citar a Valle y a Cunqueiro. Pero este español gallego, mayoritario en Galicia, no representa ni representará nunca amenaza para la lengua gallega. La mayoría aplastante de los gallegos, cualquiera que sea su lengua materna o el uso que haga, según la ocasión, de cualquiera de sus dos lenguas, no concibe una Galicia de la que esté ausente ni el español ni el gallego. Reconocer la realidad bilingüe de Galicia (y las consecuencias que de ella se derivan) garantiza la estabilidad y permanencia de esa misma realidad, realidad social, con independencia, de usos individuales predominantes en una u otra lengua. Ello es seguro en una pequeña nación como la nuestra. Es precisamente la lucha por el predominio del gallego sobre el español, la opción por el unilingüismo gallego en Galicia, lo que implica una estrategia o estrategias en contra de la mayoría de los gallegos, el camino más corto para la desaparición del gallego y la realización de ese unilingüismo tan buscado, pero en español. No hay otra solución que la convivencia lingüística, solución querida y practicada por la inmensa mayoría de los gallegos, convivencia sin perjuicio, como dijimos, de la desigualdad de los usos lingüísticos individuales en los diversos contextos sociales. Las grandes lenguas del planeta son un enemigo demasiado poderoso para luchar contra ellas. Y es en la adecuación a ellas, con distinción de ámbitos y empleos donde encuentra cauce para afirmarse y expandirse el fenómeno universal de florecimiento y renacimiento de las lenguas minoritarias y de las comunidades que las hablan. Renacimiento y florecimiento que son compatibles con un uso desigual de las lenguas, por ejemplo con el predominio del español en Galicia, por otra parte inevitable. Si los defensores del unilingüismo gallego en Galicia renuncian a su vocación hegemónica (claramente imposible) y aceptan la normalidad y legitimación de una literatura gallega en dos lenguas, no me cabe duda de que ello contribuiría a afianzar la posición del gallego (probablemente secundario en su uso con respecto al español en términos generales pero predominante en determinados registros y situaciones) pero igual en la dignidad de su empleo lingüístico. Se estimularía también el uso de ambos idiomas por los escritores. Desaparecidos los prejuicios y las intolerancias lingüísticas que acarrearía la aceptación de la realidad, todos colaboraríamos apasionada y lealmente en el bilingüismo gallego. Surgiría un nuevo canon inclusivo de la creación literaria en ambas lenguas y una actividad crítica barredora de tanta mala hierba literaria. En esta situación, estoy seguro, aumentaría el número de gallegos lectores de obras gallegas, destacadas por un cánon literario solvente. Sin embargo, de momento esto parece un sueño lingüístico. A pesar de artículos recientes de profesores como E. Monteagudo (que habla de la “pérdida” del gallego en las nuevas generaciones, “pérdida que no es tal pues en realidad los padres no transmitieron la lengua a sus hijos”) o de Alonso Montero (“una lengua no se mantiene solo con militantes”) entre otros. No es que la situación lingüística en Galicia no haya sido analizada y mostrados los peligros que acechan la supervivencia del gallego. Quizá ha faltado sacar las consecuencias de esos análisis y proponer estrategias que impidan la catástrofe no descartable y por nadie deseada, de la desaparición del gallego. Pero el silencio se impone en los más lúcidos por temor a la reacción condenatoria del extremismo lingüístico que ocupa, como dijimos, posiciones de poder en las infraestructuras culturales y que, además, se presenta como legítimo heredero, político y cultural, de una tradición que le autoriza para la elaboración del único relato nacional aceptable y que condena al ostracismo o a la marginación cualquier voz discrepante. Pero no nos engañemos. Los miembros de éste sector son plenamente conscientes de la situación, no viven, por lo menos los más inteligentes, en un mundo de ilusiones. Pero ante una balanza, en uno de cuyos platillos colocan la satisfacción de sus intereses políticos y económicos y en el otro la situación desastrosa a la que llevan la lengua que dicen defender, con su estrategia, la primera pesa decisivamente. Y aunque al final los únicos lectores en gallego sean los que escriban, editen y expliquen literatura gallega.

Escrito lo anterior, recibo de un libro del que es autor el escritor y ensayista Joseba Gabilondo, editado por la editorial Navarra Txalaparta y titulado “Babel Aurretik. Euskal literaturen historia bat” (2020) y publicado antes en inglés “Before Babel: A history of Basque literatures” (2016). Libro importante que comentaré detenidamente en uno de los boletines posteriores. Pero quiero adelantar algunas de las afirmaciones que abren el citado ensayo: “hasta ahora solamente las obras escritas en euskera eran consideradas literatura vasca. Los vascos que escribían literatura en otras lenguas (castellano, francés o inglés) eran clasificados en los cánones de los estados de estas lenguas, dentro de las literaturas de España, de Francia y de Norteamérica. Esta situación de emparejar estado y lengua en nombre de una presunta unidad cultural e histórica no es solo privativo de Euskalkerria, sino también de Europa y en general de todo el mundo. Es asombroso, sin embargo, que después que los hermanos Schlegel hayan abierto en Alemania, a comienzos del siglo XIX, ese camino, todavía, en la investigación literaria, conserve fuerza la ideología nacionalista que se manifiesta abiertamente”… “En este libro encontramos una historia post-nacional de la historia de la(s) literatura(s) vasca(s). Así tomaremos en consideración todas las obras de literatura escritas en todas sus lenguas por los vascos y con esto al mismo tiempo dejaremos al descubierto las diferencias, los conflictos y la violencia que reflejan, representan y engendran estas literaturas…”. Poner en duda una historia de la literatura y un nacionalismo de Estado… Conforme a la ideología dominante, todo sujeto es nacional y, en consecuencia, en nombre de los estados-nación y de sus intereses, escribe: “las diferencias vascas, de esta forma se desvanecen ante esta ideología en los estados de España, Francia…”

“Una historia postnacional rompe el canon nacionalista de Estado” y por ello, por ejemplo, dos escritores como Unamuno y Martín Santos “en esta historia nueva postnacional, primeramente los tendremos como escritores vascos y, en un segundo nivel, como españoles. Claro que un canon subalterno…. adoptará un canon español”.

Es lógico que concepciones semejantes aparezcan en el País Vasco, donde, por ejemplo, tres currículos en la enseñanza (el enteramente en vasco es el seguido mayoritariamente, por delante, abrumadoramente, del mixto y en español), sin mayores conflictos lingüísticos. Y en donde es posible la publicación por la Euskaltzandia de una antología de poetas vascos (poetas en euskera y en español, traducidos a los idiomas respectivos que se consideran propios de Euskalherria [véase el Anexo nº Dos]).

La diferencia gallega es una diferencia cultural que no se puede identificar solo con el gallego o solo con el español o con cualquier otra lengua que utilice un escritor gallego. Donde no hay una diferencia cultural no hay una literatura propia y la que surja pertenece al ámbito de otro nivel. No hay una literatura vallisoletana, pertenece a la historia de la literatura española. Y obsérvese como colaboran en mantener el canon subalterno, concretamente en Galicia, la ideología dominante española y el extremismo de los que defienden una historia de la literatura gallega que excluya las obras escritas en español (o en portugués o en inglés). Valle Inclán y Valente (por poner dos ejemplos) quedan incorporados al canon español (que en este caso los acoge con entusiasmo, lo que muchas veces no es la regla si no el desconocimiento o la indiferencia). Mientras que en el canon de la literatura gallega permanece increíblemente ausente Valle Inclán, precisamente por esa identificación de lengua y nación, en nuestro caso, identificación con una de las lenguas de la misma. Para romper el actual canon mutilador y subalterno del extremismo nacionalista, aparte de todo lo que queda consignado, creo que es no solo útil sino imprescindible repensar el otro elemento de ese binomio exclusivista lengua/nación. No puede ser que en el siglo XXI, con la globalización, con los movimientos de gentes de todos los orígenes por todas partes, sigamos utilizando el concepto “nación” tal como fue concebido en el siglo XIX, y que se viva como un drama una nación sin estado. Una comunidad cultural, como la gallega, necesita poderes para defender su cultura de la aculturación pero de la necesidad de esos poderes no se deduce la necesidad de un estado, es suficiente una constitución que reconozca con amplitud las diferencias culturales y las facultades de las comunidades. En sí, el término nación es inocuo pero su empleo como antecedente de la demanda de un estado, abre una situación pasional en la que todos los exclusivismos son posibles y que dificulta el consenso en torno a soluciones racionales (y eficaces) pero carentes de épica.

Fijémonos en lo que realmente diferencia a Galicia, en la situación política actual, respecto de las otras comunidades llamadas históricas (Cataluña y País Vasco). No es el sentido de voto o la demanda mayoritaria de un Estado. Su diferencia cultural es tanto o más marcada que la catalana o la vasca y, a pesar de ella, no hay en la sociedad gallega una exigencia fuerte e insoslayable a las fuerzas políticas que la representan de facultades que permitan la autodefensa cultural, facultades que, como expusimos, no implican la necesidad de un Estado. Esto es lo realmente llamativo, el contraste entre la clara diferencia cultural y la débil (por no dominante) voluntad política de afirmarla. Para finalizar, démosle la vuelta a una frase famosa: nunca tan pocos han hecho tanto daño a Galicia y a la cultura gallega, incluso, triste paradoja, con la mejor de las intenciones.

Nota. Acabo de escuchar en TVG al presidente hablando en su peculiar gallego. El hecho se pasa por alto, cuando todo el mundo se reiría si fuese semejante su español. Finalizar con esta hipocresía del empleo ritual de un gallego incorrecto (y que nuestros reduccionistas obvian, a cambio de apoyo político) forma también parte de la lucha por la cultura gallega indivisible en sus lenguas.


ANEXO I

SOBRE UNA HISTORIA DE LA LITERATURA GALLEGA

En una librería hojeé largamente el tomo de “Historia da Literatura Galega” del profesor Ramón Pena, correspondiente al período 1936-1975. Sin perjuicio de una futura y detenida lectura, surgen de inmediato varias preguntas. Como se puede escribir una historia de la literatura gallega en la que se estudie solamente la obra en lengua gallega de los grandes escritores y nada más se mencione, de pasada, sus libros en español, caso, por ejemplo, de Eduardo Blanco Amor y de Álvaro Cunqueiro, que escribieron en las dos lenguas y en español alguno de sus libros más significativos.

Obras como “A Esmorga”, “Xente ao Lonxe” o “Os Biosbardos” son objeto de estudio, pero de “”La Catedral y el Niño” en mi opinión, su obra más importante no se dice otra cosa que fue escrita en castellano. Nada se dice de su obra de corresponsal, de las magníficas páginas sobre su estancia americana.

De Álvaro Cunqueiro se recoge la producción gallega, con una valoración especial de la trilogía “Escola de Menciñeiros”, “Os Outros Feirantes” y “Xente de aquí e acolá” (y que es una forma de empequeñecerlo). Del Cunqueiro en español nada se analiza a pesar de que en ella se hallan algunas de sus obras más importantes y sin las cuales no alcanzaría su altura definitiva: La genial “Flores del años mil y pico de ave”, “Las Mocedades de Ulises”, “un Hombre que se parecía a Orestes », « Fanto Fantini” y la última y decisiva “El año del Cometa” (por destacar las más importantes). Sin ellas, especialmente sin las dos últimas, Álvaro Cunqueiro no sería lo que es. Y sin embargo el autor de la historia recoge una opinión (y parece asumirla) sobre “Las Mocedades” y “El año del Cometa” según la cual ambas obras serían el síntoma de un fracaso y de un nivel inferior. Como recoge también y parece aceptarla, la opinión de la inefable Spitzmesser, que debería apellidarse Stumpfmesser y que relaciona a Merlín con Franco.

Nada se dice tampoco de las grandes recopilaciones de los artículos literarios del escritor (en su mayoría en español) que constituyen las páginas de un inmenso diario, parte decisiva de la obra cunqueriana e imprescindible para su cabal entendimiento.

Por otra parte, con independencia de cuál sea la obra u obras sobre las que recaiga el acento valorativo, todos  los textos de un escritor constituyen un cuerpo único, cualquiera que sea la lengua en que estén escritos. Estudiar únicamente los escritos en una lengua y eliminar los de otra u otras, es una amputación del “corpus”, un fraude y los resultados no pueden ser más que erróneos e intranscendentes por ideológicos. Si a esto se añade la fusión de datos políticos e históricos con los literarios (con predominio de los primeros) se acrecienta la insuficiencia de la actividad crítica sin que por ninguna parte sean visibles los óptimos resultados, (en expresión de Méndez Ferrín).

Otra pregunta surge de la utilización del “Lecho de Procusto” del cuadro cronológico 1936-1975. Nada hay que objetar a que el período de guerra civil y dictadura pueda ser estudiado unitariamente y globalmente como un corte transversal en la obra de los diferentes escritores y que muestre la actividad literaria y su resistencia o acomodo en años tan difíciles. Eso es una cosa pero otra es fragmentar o despedazar en varios tomos el cuerpo literario y amputado por la eliminación lingüística. En el caso de Álvaro Cunqueiro, primeras obras poéticas en el tomo anterior al de 1936-1975, su obra narrativa en el objeto de comentario y lo fundamental de su obra poética (que en su mayor parte fue escrita con anterioridad a 1975) queda para el próximo volumen de la serie. Obra poética cunqueiriana en español y en gallego, fundamentalmente en esta última lengua, pero necesitada, de completo estudio y que, además, mantiene complejas relaciones con la obra narrativa a lo largo de la vida del escritor lo que hace, si cabe, más inadecuada la primacía de criterios exógenos (cual el cronológico, aplicable a todos los escritores) sobre los endógenos (evolución incomparable, concreta de una obra singular) lo que no excluye, y no hace falta decirlo, la aplicación de los métodos de las diferentes disciplinas que estudian las sociedades, pues todo creador, como cualquier persona, se desarrolla en las tensiones y conflictos de la sociedad de que forma parte. Pero no olvidemos que la aplicación abstracta del criterio cronológico no es solo un error. Lo es, pero no es inocente, responde a fuertes prejuicios ideológicos, muy asentados en cierto nacionalismo gallego de izquierdas, prejuicios que dan un papel central en los años 1939-1975 al conflicto entre “la estrategia Piñeirista” y una izquierda de radicalidad política y artística y literariamente supuesta de “vanguardia” con la asignación de escritores a uno y otro lado lo que olvida el desarrollo auto centrado de la obra de los grandes escritores, banalizado por la exterioridad política.

Surge otra pregunta. Además de lo ya dicho, como se puede escribir una obra de historia de la literatura gallega que en realidad es una historia de la literatura en lengua gallega (insuficiente por lo expuesto). Se olvida que Galicia es una nación bilingüe, con dos lenguas, maternas para los gallegos, con desequilibrio creciente en la característica “materna” en favor del español, una lengua que hoy no hay que identificar con España y la cultura española pues es la lengua de muy diferentes culturas, cada una de las cuales imprime especiales características a su español (en sentido contrario lenguas muy diferentes pueden servir de vehículo a una misma cultura). La cultura gallega se expresa en dos lenguas, cualquiera que haya sido el origen histórico de esa expresión. Y en español escribieron, y mencionemos algunos, Pardo Bazán, Valle Inclán, Torrente, Cela, Castroviejo, González-Garcés … , tanto o más culturalmente gallegos como los que solo escribieron (y escriben) en gallego.

Una historia de la literatura gallega tiene que ser una historia de la literatura gallega en gallego y en español cuyos productos no aparecen en universos separados, en dimensiones que no se tocan, sino en el seno de una única cultura, que mantienen viva relación (aunque ésta no se quiera ver), que se influyen recíprocamente. Y el crítico tiene que descubrir y estudiar esos vínculos y esas influencias mutuas en una literatura que es única en sus dos lenguas, por otra parte tan próximas.

La concepción exclusivista que domina la obra criticada, debida a prejuicios nacidos en épocas de resistencia y hoy caducadas domina hoy en el gremio de profesores-escritores-editores, pero responde también a la defensa de unos intereses que se  piensan mejor defendidos alzando rígidos muros que impidan comparaciones y competencias. ¡Qué inmenso error! A una gran mayoría de los gallegos los deja sin una historia de la literatura gallega en español y sujetos a las historias imperfectas que se puedan escribir desde la cultura española que no lo hará o lo hará imperfectamente, ya que perciben de una manera acertada, que, aunque escritores en español, pertenecen a otra cultura. Pero la postura exclusiva lleva también al desastre a los intereses nobles o espurios, de sus protagonistas, a la disminución constante del lector en gallego y a la decadencia de la lengua gallega que quiere proteger. Solo historias globales, inclusivas, con nuestras dos lenguas en relación viva atraerá al lector gallego, con claros beneficios para nuestra cultura nacional y en particular para la lengua gallega.

Termino, por hoy, preguntándome como el autor, y los que con él comparten su postura, no ven que con ella regalamos a otras culturas, en concreto a la española figuras de primer orden, con premio nobel incluido, cuando son escritores culturalmente gallegos. No puedo imaginar una historia de la literatura irlandesa que recoja solamente a los escritores en irlandés y deje a Londres sus grandes narradores y poetas, de todos conocidos. No imagino una historia de la literatura peruana que solo estudie la literatura Qishua (muy importante) y abandone a sus grandes narradores en manos de la cultura de España. Podría multiplicar los ejemplos pero es suficiente. Parece que no se comprende que el español o el inglés no son hoy la “marca” de España o de Inglaterra sino que son cada una, lengua de una pluralidad de culturas que imprimen su sello decisivo en la lengua correspondiente (y sin perjuicio de la mutua comprensión). No se quiere ver que la literatura de Galicia en sus dos lenguas es un cuerpo único, vivo, coherente muy diferente de la literatura española, peruana, argentina…

Efectivamente, no se comprende y no se ve. O no se quiere comprender o ver. La postura exclusivista aparece dominante en los gremios indicados (no desde luego en la sociedad) con el apoyo decisivo de un poder político y de unos medios que, aunque denostados, se quieren hacer perdonar su real indiferencia hacia el gallego. Otro factor muy importante que contribuye al sostén de la concepción dominante es el silencio crítico, la ausencia de público diálogo sobre esta problemática, silencio que hace aparecer á aquella como algo natural, plenamente fundado y que no necesita justificación. Silencio al que contribuyen también los escritores gallegos en español que no sé si muchos tienen las ideas claras sobre estos temas de lengua y cultura o se sienten partícipes de una cultura gallega o, considerándose excluidos, miran a Madrid.


ANEXO 2

(ARTÍCULO PUBLICADO EN FARO DE VIGO EN 20/2/17)

DE LENGUAS Y CULTURAS

Por medio de mi amigo Gonzalo Allegue, el excelente biógrafo de D. Eduardo Blanco Amor, conocí el libro editado por la Euskaltzaindia, la Real Academia de la Lengua Vasca, titulado “Antología de la poesía vasca”, y subtitulado “Voz palabras, lenguas” (2010). En el prólogo, su presidente, D. Andrés Urrutia, dice: “Una voz, la nuestra, de este país… unas palabras, las de nuestros poetas que tejen nuestras lenguas, las que utilizamos todos los días en nuestra convivencia diaria y nos abren al mundo… vascos universales, cercanos y abiertos al mundo, testigos de una sociedad y de una cultura plural que no renuncia a todas y cada una de sus señas de identidad, especialmente las lingüísticas”, y añaden los editores, “pretendemos una muestra literaria en las tres lenguas de Euskal Herría, muestra de la literatura vasca”.

En esta antología se recogen poemas de poetas vascos de nacimiento, hayan escrito en español o en euskera. Por razones estrictamente estéticas no aparece ningún poeta vasco en francés. Se reconoce así la pluralidad de una cultura vasca que se expresa en tres leguas. Poco hay que añadir a lo dicho por el presidente, el Euskaltzainburua que refleja la madurez de un país, de un nacionalismo que no renuncia a ningún aspecto de su identidad y en especial a sus lenguas, sin perjuicio del esfuerzo prioritario por afirmar y dilatar el euskera en Euskal Herría.

Los poemas aparecen escritos en su lengua original, traducidos después a las otras dos lenguas del País Vasco y todas, al inglés. Magníficas traducciones, en general. Un libro muy bien editado en el que a la muestra elegida de cada poeta precede un breve y preciso estudio. Todos los traductores son nombres conocidos de la cultura vasca.

El trabajo realizado ha sido muy bueno. Los versos españoles de Blas de Otero, por ejemplo, lucen espléndidos en vasco o los de Lekuona, en inglés.

Consideremos ahora la situación en Galicia. ¿Sería posible aquí, un país que posee una cultura que se expresa en dos lenguas, un libro semejante, editado por la Real Academia Gallega de la Lengua? En este momento la respuesta es negativa, negación que traduce, sin prejuzgar el futuro, nuestra inseguridad nacional de la que son síntoma el conflicto vivido en la cultura gallega por los crímenes contra ella y sus lenguas. Dejando a un lado el acoso histórico al gallego, con la dictadura franquista como último avatar, es un crimen contra la cultura gallega el que amplias capas de la población gallega vivan de espaldas al gallego, no en el sentido de no hablarlo, pues uno habla su lengua materna y no renuncia en general a ella. Pero es tremendo que un gallego que vive en Galicia no se preocupe ni se ocupe de la cultura en gallego y que le sea indiferente el destino de la lengua.

Pero hay otros crímenes ejecutados desde el amor más profundo al gallego. Los peores excesos de la normativización lingüística son hoy un poco agua pasada y creo que ya estamos todos de vuelta. También parece haber remitido el conflicto lusista, “ein dolchstoss”, una cuchillada en el lomo de la lengua, dada, eso sí, con el más profundo amor y preocupación por el gallego. En su versión extrema es sustituir el gallego por el portugués, ya que los portugueses nunca aceptarían algo que fuese reconocible como gallego.

Es también crimen contra la cultura gallega (y que afecta a las dos lenguas de su expresión) el perpetrado desde el amor (excluyente) al gallego, el intento de amputación del español gallego, lengua de Galicia, sin que ahora importen las razones históricas de su presencia en Galicia, como antes la del latín.

Me pregunto por las causas de la ceguera de instituciones (empezando por la RAG), y editoriales, de profesores, escritores y críticos monolingües en gallego que les impide reconocer, como parte integrante de la cultura gallega al español de Galicia, y, concretamente, a la obra literaria en español, por citar solo a los fallecidos, de Valente, Pardo Bazán, Valle Inclán, Torrente, Cela, Blanco Amor, Cunqueiro, Castroviejo y tantos otros. ¿Podemos acaso imaginar una Galicia literaria sin ella? Cómo se puede amputar una cultura de un xeito semejante, entregar esa obra a la cultura de España. Esta exclusión de la que es culpable una gran parte de la “inteligencia” gallega perjudica al escritor gallego en español pero también se lo hace a la lengua gallega a la que esa mutilación amenaza de muerte por el daño irreparable a Galicia y a su cultura.

Aprendamos de los vascos. Las lenguas son inocentes, lo es su empleo por cada persona. La existencia de dos lenguas en Galicia es un resultado irreversible de la historia. Lo que importa es que esa obra literaria en español de esos grandes escritores gallegos es expresión de una auténtica y genuina cultura de Galicia.

Únicamente la aceptación de esta realidad insoslayable, una cultura vehiculada por dos lenguas, garantiza, paradójicamente, la subsistencia del gallego al que la política de exclusión y de lucha contra el español puede conducir a una evolución catastrófica de sus posibilidades históricas.

4. CRÍTICA.

El libro “Artículos periodísticos (1930-1981). Álvaro Cunqueiro. Al pasar de los años.”

Bajo el título indicado acaba de aparecer una antología de textos literarios de Álvaro Cunqueiro publicados en diversos medios, fundamentalmente periódicos, semanarios y revistas durante medio siglo. El autor de la dicha antología es el periodista, ya acreditado cunqueiriano, Miguel González Somovilla, quien, con este tomo, completa los dos anteriores “Álvaro Cunqueiro. Obras literarias.” de la biblioteca Castro y cuyos textos fueron preparados por Xosé María Dobarro Paz.

Desde el punto de vista del libro como objeto, este volumen es realmente bello. No solo la calidad del papel y de la visibilidad del texto (características que comparte con las demás publicaciones de la biblioteca Castro). También el acierto en el breve álbum fotográfico que figura recogido y del que brota un perfume de vida muy atractivo para el lector. A los doscientos textos de Cunqueiro introduce un largo estudio del antólogo (más de setenta páginas), una cronología minuciosa y una bibliografía esencial. Las 722 páginas del libro finalizan con un breve epílogo del mismo Somovilla, una entrevista a Cunqueiro de Umbral y artículos de Cueto y Carantoña escritos con ocasión del fallecimiento e inhumación del escritor.

Con los tres volúmenes de la biblioteca Castro tiene a su alcance el principal destinatario de este tipo de colecciones, un lector no especialmente familiarizado con la obra del escritor de que se trate en cada caso, una visión completa y satisfactoria para asentar pareceres y preferencias. Y en el caso de que el entusiasmo se haya apoderado de él, la sólida base adquirida le permitirá conseguir ulteriores profundidades. Por ello, y recogiendo lo que escribe el propio Somovilla “los libros de la biblioteca Castro no son ediciones críticas y anotadas”, este tercer volumen, en unión de los dos anteriores, cumple con eficacia, e incluso con exceso, las necesidades del usuario apuntado de la biblioteca. Con lo cual cabría poner aquí punto final, saludar la aparición del libro y felicitar a Miguel Somovilla por su trabajo muy largo y generoso en esfuerzos. Piénsese que los textos “han sido editados a partir de los respectivos originales impresos, disponibles en distintas hemerotecas. Una vez localizados y escaneados… se han transcrito de nuevo y se ha cotejado el resultado con las publicaciones primitivas. En ningún caso hemos realizado reproducciones directas de otras antologías periodísticas ya existentes…”

Esta actividad del antólogo ha recaído no solo sobre textos ya publicados en libros sino que, fruto de la misma, ha sido la recuperación de un número significativo que permanecía, inédito en libro, en periódicos y fundamentalmente en revistas, como “Jano” y “Tribuna médica”. Sin embargo, es evidente que Somovilla ha querido realizar y ofrecernos mucho más que lo demandado por las características de la biblioteca de Castro a las que se adaptan los dos volúmenes anteriores de “obras literarias” (basta una ojeada a los mismos para ver la diferencia de ambición). No es ciertamente una edición crítica pero por el esfuerzo en la fijación del texto y la intervención en el mismo (estudio introductorio y agrupamiento temático) el presente volumen excede la pura divulgación. Es por ese plus por lo que no procede poner punto final a la reseña crítica y por lo que se revela necesario entrar en diálogo con el antólogo sobre unas importantes cuestiones que su trabajo suscita sobre la comprensión del texto cunqueiriano. Aparte la problemática ínsita en toda antología, “una aventura” según gusta de repetir Miguel Somovilla.

Procedamos ya al examen del volumen preparado por Miguel G. Somovilla. Primero. Fijación del texto. Sin que ello naturalmente sea una crítica, haber revisado a partir de los originales impresos disponibles en las hemerotecas, con una labor de transcripción y cotejo y sin reproducir directamente el texto de antologías existentes e, incluso, de ediciones críticas magníficas (como las de los textos de “La noche” y de “Sábado gráfico”) se me antoja un trabajo harto arduo y sin que de tal esfuerzo derive una utilidad evidente. Sobre todo para ediciones, como la biblioteca Castro, en definitiva de divulgación. En otras colecciones de divulgación, como los textos clásicos de editorial Gredos se sigue el texto fijado en una edición crítica, cotejado con otros, eso sí, acompañado de abundantes notas que se echan de menos aquí, si se tienen en cuenta las necesidades de un lector medianamente informado.

Y, además, este esfuerzo de fijación del texto, con relación a los artículos de las revistas “Jano” y “Tribuna médica” no excusa tal trabajo en futuras ediciones críticas de los mismos, que serán necesarias al no realizarse el estudio y recogida íntegra de los textos, como es lógico en una antología. Pero ello pone más de relieve el esfuerzo enorme de fijación de textos ya conocidos y que pudo aplicarse, por ejemplo, a la anotación de los singulares relatos.

“Toda antología es una aventura”. Sobre todo si el escritor es poco conocido pues puede determinar, más o menos largamente, la visión que se tenga del autor. Este riesgo no existe en el caso de Cunqueiro, bien conocido de los especialistas y de los lectores apasionados. Por ello, en este caso, la aventura, lo es para el antólogo que asume el riesgo de proporcionar una visión insuficiente de la creación antologizada. Con frecuencia, la antología revela el sesgo que imprime la profesión del antólogo e, infrecuentemente, la rica variedad que justifica la pluralidad de interpretaciones del autor concreto. En el caso de la presente antología me sorprende una primera ausencia, la de los textos que constituyen la serie del “Imperio secreto” esparcidos aquí y allá, no muy numerosos (no llegan a las dos docenas, más si se incluyen otros que, sin ese título, entran en la gravitación de éste) pero que son fundamentales en la visión cunqueiriana del mundo. Ellos iluminan el pensar de Cunqueiro con luces otras que las del resto de su obra y ello, pienso, es una omisión relevante de la presente antología el hecho de que no figure ninguno. En cuanto a los demás textos recogidos (dejando aparte los de “Jano” y “Tribuna médica”, que figuran casi completos por ser la mayoría inéditos) es evidente que es riesgo y beneficio del antólogo su libertad de elección. Sí diré que, en mi opinión, predomina un punto de vista realista en la selección, en perjuicio de aquellos que constituyen el texto paradisíaco cunqueiriano, es decir, en los que reina el albedrío de la imagen, en los que el tiempo desaparece transformado en un espacio en el que se yuxtaponen, épocas, culturas, personajes, cosas, sucesos, espacios que a su vez se enrolla o desenvuelve como un tapiz. Los artículos que podemos calificar de periodismo literario de Cunqueiro, tienen una presencia acusada, sobre todo en el primer apartado temático “En el principio fue el verso”, también en el apartado de “La ruta Jacobea”. No obstante su interés y permanencia indudables, no dan cuenta cabal del auténtico Cunqueiro y no muestran la continuidad de las obras mayores y los relatos breves. Diría que la cualidad de periodista del antólogo ha influido decisivamente. En mi opinión es preciso separar en lo publicado por Cunqueiro en medios, no sólo los poemas, como es obvio, sino también lo periodístico (por importante que sea y digno de recogida) de los textos literarios, cuya significación queda diluida, en caso contrario en la masa inmensa de “artículos de Cunqueiro”. De estos diremos más a continuación.

Alguna reserva me merece la articulación de la antología en apartados temáticos. La objeción no incide tanto en el número de los mismos (el mismo Somovilla señala que podrían ser más o que un texto concreto puede plantear problemas de encaje) como en el principio mismo de articulación temática. Es claro que una edición crítica tiene que ser cronológica (sin perjuicio, quizá, de eventuales índices temáticos complementarios, de alcance variable según la índole de los textos recogidos). En el caso de Cunqueiro, ideal sería (pero casi imposible por razones obvias) realizar sobre la base de las ediciones crítico-cronológicas particulares, una edición que articulara cronológicamente la totalidad de los “artículos” cunqueirianos.

Pero también en una antología como la que comentamos la agrupación temática tiene sus riesgos, fundamentalmente el de no ser fiel al movimiento creativo del escritor y muy especialmente en el caso de Cunqueiro.

En Cunqueiro hay indiferencia (como en Lezama) a la distinción entre texto breve (artículo en sentido formal) y libro. Su diana es el relato breve. También en poesía lo primero es el poema, aislado o formando una serie. El libro es artificial en la poesía cunqueiriana, siempre debido a un impulso externo, y lo es también en parte de su prosa, atravesada siempre por lo que podríamos llamar “el descanso del camellero”, el placer de contar, rodeado de amigos o compañeros, lo que implica el acento en la brevedad de la narración y explica las escenas teatrales que entreveran sus obras. Por otro lado, sus textos en periódicos o revistas muestran relaciones con sus poemas, también publicados en medios, relación en primer lugar cronológica que se explica porque sus preocupaciones o entusiasmos de cada momento, reflejados en su prosa, exigen con frecuencia el poema, la destilación poética para la satisfacción de su expresión.

Creo que una parte esencial de los textos aparecidos en medios periódicos constituyen un inmenso diario (y a esa voluntad de diario aludió alguna vez Cunqueiro) que como tal no puede ser falseado por agrupaciones temáticas que no solo interrumpen sino ocultan el caudal vivo del diario ver y experimentar el mundo. Aparte de invisibilizar la mencionada correspondencia con la sucesión de los poemas. Las agrupaciones temáticas constituyen una suerte de libros artificiales no queridos por el autor que dependen del capricho del antólogo de turno y que cortan el cordón umbilical que une a todos los componentes de ese diario. Por ello, incluso en una obra de divulgación el principio cronológico es exigible, sin perjuicio en su caso de un índice temático. Principio cronológico al servicio de lo esencial, el mostrar el fluir de ese diario, el cunqueiriano, lo que elimina de la escolma o antología todo lo que no lo integre. Mientras la agrupación temática oculta la fina cintura por la acumulación de anillos e invisibiliza el vuelo de la flecha, sustituido por cómodas y banales áreas de descanso para el lector perezoso. Digamos también que el carácter multitemático de los textos de Cunqueiro sobarda o desborda el apartado concreto, convertido en lecho de Procusto o, en el mejor de los casos, por la dictadura del tema, se oculta la polifonía del texto.

Tengo que reconocer que mi rechazo a los apartados temáticos sufre excepciones: en el caso de series, como la del Imperio Secreto, que expresan fundamentales concepciones cunqueirianas, es necesario un estudio particular de las mismas, articulado, eso sí, cronológicamente. Por otra parte, en el caso de la antología de Somovilla, por un lado se recogen artículos, como los que integran la “Ruta Jacobea” claramente de periodismo literario y que constituyen una unidad por lo cual esa agrupación parece justificada (teniendo en cuenta, además, que cada texto figura con su fecha). Por otro, si recordamos lo dicho antes, sobre el predominio de artículos realistas, del género de periodismo literario, sobre los puramente literarios que llamo textos paradisíacos o literatura del paraíso en los que palpita la voluntad de diario, y donde vemos el fluir de la creación cunqueiriana, en el libro comentado, el riesgo de una mala comprensión o de una comprensión insuficiente de Cunqueiro se aminora grandemente. En fin, habría que estudiar caso por caso.

Pero en general, una antología temática, además del riesgo de infidelidad al autor, ofrece, se quiera o no, una oferta literaria, un buscador de citas, no en vano es la fórmula preferida por editoriales que rechazan, por no comercial, el criterio cronológico (experiencia por la que he pasado).

Otra observación en relación con la presente antología y el carácter de los textos cunqueirianos en medios, es su presentación y calificación como “artículos periodísticos” lo que resulta ya del título de la antología. Relacionada con esta cuestión surge otra, menor sin duda, pero que adquiere interés en virtud de un falso silogismo, es la de si Cunqueiro fue periodista: el silogismo: Cunqueiro fue periodista. Una parte de su obra aparece en periódicos en forma de artículos. Luego Cunqueiro escribió artículos periodísticos (por mucho que se emplee el sintagma “periodismo literario”). Se consuma así una apropiación desde el ámbito del periodismo y un tratamiento periodístico por profesionales del periodismo. Vayamos por partes.

Las fórmulas ecuativas “X es Z” de nuestras lenguas inducen a equívoco, confunden, diríamos, la profesión o el trabajo con la vocación o el destino. En las lenguas eslavas por ejemplo no se dice “fulano fue X” sino “fulano devino o resultó en…” (caso instrumental). En español o en gallego mejor diríamos en los casos de diferenciación entre trabajo y vocación “fulano trabajó como… pero fue X (v.g., escritor)”.

Sin duda hay la noble vocación del periodismo y entonces es legítimo decir “X fue o es periodista”. Siempre es magnífico que coincidan profesión o trabajo y vocación. Pero la no coincidencia del trabajo y de la vocación puede implicar un drama para esa última. En el caso de Cunqueiro trabajó como periodista (con o sin carné) y los periodistas pueden juzgar la idoneidad de su trabajo. Pero su vocación o destino fue ser poeta. El trabajar “como” no afecta al ser. Y no hay desprecio alguno a ese “como” si no un simple no confundir cosas radicalmente diferentes. La evidencia no necesita más explicaciones. En cuanto a los llamados artículos de Cunqueiro. Es obvio que Cunqueiro escribió numerosos artículos periodísticos. Unos, los menos, de compromiso o puramente coyunturales. Otros, los más, de valor permanente. Pero sin considerar tanto el número como la significación, la masa nuclear de esos textos, lo que llamé el diario de Cunqueiro es pura literatura y calificarlos de periodísticos supone ocultar la radical originalidad del proyecto de Cunqueiro. No hay que confundir el vehículo formal (el periódico o la revista) con el contenido (un poema, una novela publicada periódicamente, los textos literarios de Cunqueiro). No hay que preocuparse aquí de la distinción en cada caso de “periodismo literario” y literatura. La realidad de la distinción es evidente. Ignorarla en el caso de Cunqueiro es traicionarlo. Es obvio que Cunqueiro escribió y fue también un maestro en el género de lo que se suele llamar “periodismo literario”, nombre quizá no muy afortunado (otros serían preferibles, ensayo, crónica, textos breves literarios, también de otras disciplinas). Pienso que solo una parte de lo publicado en medios tiene carácter puramente periodístico, calificativo reservable para la mayor parte del trabajo de los profesionales de la información, en su actuación como tales y que en los demás casos se trata de ensayos, crónicas, retratos cuyo valor literario puede ser permanente, o lo más frecuente, digno de caer en el olvido.

La antología comentada insiste en el calificativo periodístico: desde el propio título en adelante: “el articulismo como una de sus actividades profesionales más genuinas”, “incansable escritura periodística”, “obra periodística”, “articulismo cunqueiriano”, “periodismo literario”, “colaboraciones periodísticas”, “universo periodístico cunqueiriano”, “despedida periodística”, “vida periodística de Cunqueiro”…

Quede claro que al negar el calificativo de periodístico a una gran parte de los textos cunqueirianos publicados en periódicos no se trata de menospreciar la escritura periodística ni, incluso, negarle su carácter, en los mejores casos, de género literario. Pienso, v.g., en la columna de Umbral y otras muchas, que merecen perdurar y ser recogidas en libro. Pero gran parte de los textos cunqueirianos son otra cosa, literatura, sin más. Lo dijo Cunqueiro “transformo la urgencia en literatura”. Y hay que atender a su afirmación de la “incompatibilidad de periodismo y literatura” en el sentido de que un ejercicio profesional, como tal absorbente es un claro obstáculo a la obra de creación. Pero también hay que tener claro que la utilización del vehículo del periódico por la literatura cunqueiriana no transforma a la parte más significativa de la misma en columna umbraliana de periodismo literario, por muy alta que sea la estima que éste nos merezca. Como no transforma en periodismo literario la obra de escritores publicada fragmentariamente en periódicos o revistas. En el caso de Cunqueiro cabe añadir, además, que la perfecta adecuación del texto cunqueiriano a las exigencias de espacio del medio favorece la asimilación por el calificativo de “artículo periodístico” que lleva después a la de “periodismo literario” y que es válida solamente para una parte del conjunto. Pero esta confusión olvida la razón de la adecuación. La metáfora, que crea el texto paradisíaco cunqueiriano, hace surgir la imagen “con su resistencia de piedra y transparencia de agua”, lo propio de la imagen es la brevedad de la llama. No podemos vestirla ni adornarla, lo escribió para siempre Juan Ramón, verbo de la rosa.

Por lo que respecta a otros aspectos de la antología comentada, hay que destacar la excelencia de la cronología y del largo texto introductorio en unión del breve epílogo que expone, actualizado y equilibrado, el saber tópico sobre Cunqueiro, tópico en el sentido de estado actual de la cuestión, sobre múltiples aspectos de su vida y obra, no sin aportaciones y enfoques propios. También es de destacar la ponderación de los criterios de edición.

En definitiva, la presente antología, no solo constituye formalmente, como ya dijimos, un hermoso objeto cultural que deja sin fundamento la ambición de dominio del libro electrónico y manifiesta, testigo irrefutable, el alcance de la pérdida si desapareciere el libro clásico. Cumple también, y con exceso, con las finalidades pretendidas por la biblioteca Castro. Recoge, además, un número significativo de “artículos” inéditos, cuyo texto queda fijado y que serán base utilísima para una futura edición crítica de los mismos. Por sus características, que comentamos, esta antología, que es mucho más que una antología, será objeto de lectura o consulta frecuentemente por los lectores de Cunqueiro, incluso en varios aspectos será útil para los especialistas. En fin, en cierto sentido, la presente antología se alza como la última antología cunqueiriana posible o necesaria. Corona el ya largo proceso antologizador de la obra cunqueiriana y al mismo tiempo lo clausura. A partir de ahora, y sobre la base del anterior se abre otro proceso, el del estudio del proyecto literario cunqueiriano: el estudio del mundo de Cunqueiro, su proyecto utópico y el de su texto como espacio de realización del mismo.

Desde el fondo del mar

Poemas

V Elvira

Es imagen antigua, centenaria,
Fotografía de alguien de mi sangre,
Niña todavía, vestida en blanco
Ceñido a medio brazo y celosía
De bordados que cubre las rodillas,
La ternura se afirma ante el andar
Reciente. Máscara de nieve el rostro,
Óvalo de un saber secreto, fuente
Para mis preguntas, entre torrentes
De rizos negros. Es más que un retrato,
Es dónde escucho la voz de mi estirpe.

Reiteraron tu nombre con mi madre.
Elvira!, en afirmación de vida,
Puente sobre el vacío de la ausencia,
Herida dolorosa en la familia.
Pero también un saber la unidad
De ambas existencias, la necesidad
De satisfacer a los años breves,
Bajo la luz, de la primera hermana
Que exigían persistir, duración,
Y así encauzar la sucesión del tiempo.
La casa lo supo ayer, hoy fatal
Destino, lo sé yo. Herencia vuestra
Que me alcanza y designa sin opción,
Fatigar la memoria de las aguas
Que nos bañan, restaurar el espejo
De los quebrados espejos del río,
Su claro fluir, cancelar la niebla,
Es la tarea. Os miro, te miro,
Desde el alba y en las horas del día,
Breves, largas. Todo es inevitable
Encuentro, encrucijada conversada.
Vemos en los ojos que un mismo mundo
Nos alberga. Respiramos rumores,
Sueños, voces venidas de muy lejos.

Lo que está decidido, desconozco
Ni por quién. No importa. Materna lengua
Me interpela constante y solicita
Como guardián que soy contra el olvido,
Enriquecer la posesión antigua.
Firme llevado, lento voy ganando
El parecido, la mirada propia
Que en nosotros florece y se despliega,
Ya ocupo mi lugar a vuestro lado.
Pastor de la casa, veloz galopo
Sus caballos. Descansad, es mi turno,
Por mi voz habla ahora la familia.

Aguardo tu mirada, vuelto imagen.
Quién eres, no lo sé. No sé si existes,
La sucesión la encontrarás dispuesta
Si sientes, escogido, la llamada.
 
 

VI El sueño de Teresa V.

Una ventana oscura en el barco de la noche,
Hundida en el reposo de un sueño sin luces,
Ciega a la luna, rueda visible del carro invisible
Que derrama su carga en suave incendio.
Al fondo, muy lejos de los caminos del cielo,
La llanura de un mar de piedra,
No ondula su calma la brisa nocturna,
Ancla el barco de la noche con abrazo inmóvil.
Silencio. Ni presencia alguna.
Pero si rasgas el frágil tejido del velo,
Si la luna golpea la piedra
Y desenvaina el resplandor de sus lanzas,
Aparecen sirenas que cantan en aristas duras,
Visten de sonrisas, y no ocultan, inocentes,
Dientes de sierra y garras agudas.
Defienden, el destino lo manda, el haber de la tierra.
 
De pronto, una luz,
En la ventana del barco de la noche,
Las hojas se abren, alas que vibran,
Una mujer en el marco de la ventana,
Mármol o pintura en el museo de la noche.
Belleza es la delgadez de su altura,
Y la pasión del rostro, hoguera
Que alumbran los ojos, con fuego de campamento nocturno.
Así dice admirada la hora profunda.
Un misterio pregunta en ese ser ardiente,
Embriagado por un anhelo antiguo,
Vuelo de ave, camino de luna a la que llama hermana,
Vencer, hada de la noche, los lazos terrestres.
Despliega sus brazos, se adelanta,
Ensayo de arrumbar inútil nido,
Casi una sombra, asomada a las ondas del aire.
La noche extiende tapices de magia,
El mar de piedra palpita y asciende,
Las sirenas llaman con dulces cuchillos.

No, no hay brazos que retengan el talle de Teresa,
No están los míos, no estorban los vuestros,
Pasajeros sumidos en sueños distantes.
Eres libre Teresa de incendiar el aire,
Ángel sin peso, en busca de flores que habitan muy altas.
Tu danza, sin apoyo en el suelo, detiene a la luna,
Tu mirada brilla con tesoros sin nombre
Que nombras por vez primera,
Oprimen tus dedos frutas azules de jardines no hollados
Y el rocío humedece tus labios.
Un sueño imposible se ha hecho posible,
Concedida la suerte del deseo más hondo.

La tierra, sorprendida, retrocede un instante,
Ante esta hija, vuelta familia del éter,
Pero sus celos gravitan con fuerza tremenda,
El mar de piedra se agita, alterado,
Vomita torrentes de olas con filo de hacha,
Rugen su canto las sirenas hambrientas.
“No serás criatura del aire”
Exclaman las voces de abajo
“Sino planta, de las más hermosas, crecida en mi seno”
A Teresa la acogen los cuerpos más fuertes, el amor más duro.

Rota estrella de mar,
Flotas, inerme, en aguas de piedra.
Se diría que acunas un bien muy querido.

Mientras, la sangre sella con rubí muy espeso
El pergamino herido de tu estirpe terrestre.
 
Ya no hay luces en el barco de la noche,
Ni ventanas abiertas para respirar infinitos,
Ya se aleja al alba la clausura oscura,
Surge el sol indeciso del cotidiano vacío.

Es el poema de un sueño de una noche de agosto,
Que duró mil noches. El despertar nos dejó tu ausencia.

Imágen brillante de jinete alado galopa, incansable,
La memoria, rueda la cabeza del olvido.
Historia tan clara no será ofendida.

23-06-2020 REFLEXIONES Y SARCASMOS DEL CONFINAMIENTO

ABRIL, 9. 2020

NOTICIAS DE LA CASA REAL

Felipe VI ofrece los servicios de la guardia real para luchar contra la epidemia. Equivale a decir, sus soldaditos de plomo. Qué generosa inutilidad. No ofrece una renuncia a una parte de su asignación y la de su esposa. Ni pensarlo. Hay que acumular para tiempos que vendrán difíciles. Tampoco imagina la Zarzuela como espacio de acogida para sanitarios que después de las horas del trabajo deseen evitar su domicilio para no contagiar a familiares. Y no hablemos de su esposa, voluntaria para consolar a los ancianos. Cuánto podrían hacer si de justificarse se tratara, pero no. Los tópicos habituales solamente: venceremos al virus todos juntos, todos juntos, sí pero los muros de mi paraíso bien cerrados, que una cosa es desear suerte y otra ser tonto.

ABRIL, 10

Qué alegría ver a Felipe enmascarado en la inauguración de nuevos hospitales. Felicita a los héroes del trabajo y, rápido, a su abrigado despacho desde donde llama a centros sanitarios para informarse de la gravedad de la situación. Aparte de interrumpir el trabajo de los médicos y gerentes, ¿para qué le vale y nos vale la información obtenida? ¿Aporta alguna solución o colaboración? ¿O se trata de presentar una imagen solidaria? Creo que la presente crisis proyecta al país una imagen desoladora de la jefatura del Estado, borrada y desaparecida por el presidente Sánchez, ya informalmente el primer presidente de la Tercera República. Mientras en un ala del Palacio de la Zarzuela del rey emérito (mejor sinmérito), en otra Sofía y en su coqueto y burgués chaletito, Felipe y Leticia con las infantas, “incapaces de hablar”, etimológicamente, todos confinados. Quizá piensen en un arresto futuro, un arresto domiciliario y provisional, antes de su mudanza a cómoda urbanización en cualquier parte.

Por lo que se refiere al rey sinmérito es probable que suspire un “cualquier tiempo pasado fue mejor”. Suprimida la asignación real y cualquier papel oficial de representación, pendientes amenazas de comisiones de investigación y judiciales, en soledad, sin cortesanos y sin las damas de antaño, espera sentado un final de camino de melancolía y tristeza. A quien traicionó a su padre por ambición, también por ambición lo traicionó su hijo, decidido a todo para salvar su trono. Con machete de explorador es un experto en cortar las lianas que en su profusión lo ahogan, amigos, hermana, cuñados, padre. Cortaría su propia cabeza para que su culo siguiese sentado en la jefatura del estado. Eso sí, como según el derecho sucesorio español, la renuncia a la herencia del causante es nula en vida de éste, se guarda lúcidamente las espaldas. Un gesto público “nada que ver con los millones de mi padre”. Pero si en el futuro recibo (in)merecida patada en el trasero de estos plebeyos desagradecidos, aterrizaré dulcemente en el colchón de aquellos (“rebus sic stantibus, negotia intelliguntur”) parece código civil pensado por previsor y devoto monárquico.

ABRIL, 12

APLAUSOS

Todos los días de este período de confinamiento a las veinte horas salen a los balcones los españoles de las diferentes tribus a aplaudir. Aplauden al personal sanitario de todas clases el cual, no se precisa decir, merece reconocimiento y gratitud por el cumplimiento sacrificado de su deber. Vocación en trabajos, del primero al último, imprescindibles todos. Sin embargo, dejando aparte el abuso hodierno de la palabra héroe, del que hablé tiempo hace en este diario, se me ocurre una lectura muy diferente de este aplauso y que me aparta del mismo. Se aplaude, creo, no tanto pensando en los teóricos destinatarios, como por diversión y distracción mínima, oasis en la monotonía del domicilio obligatorio. Encuentro visual y sonoro con la gente a falta de otras posibilidades.

Y por ello puede entenderse que aplaudimos a nuestros carceleros (gobierno y policía), caso único de aplauso unánime de los reprimidos a los represores que sonríen satisfechos ante ciudadanos tan bien condicionados. Estoy seguro que el cierre de Wuhán y de sus sesenta millones de personas abrió los ojos a los gobernantes de occidente, la posibilidad de una dictadura sanitaria, con la máscara de las palabras más generosas. Ahí es nada, encerrar a cuarenta y cinco millones de ciudadanos, la totalidad de la población del país, irla acondicionando para que responda mansa a las instrucciones benevolentes del poder, castrar cualquier atisbo de inmoderada libertad o anarquía, agradecimiento por el paternal castigo que solo puede traducirse en bienes futuros. La sanidad siempre ha sido llave eficaz para la represión social, como es sabido. Imagino el recurso futuro a toda clase de virus que del conjunto ciudadano haga masa moldeable y flexible para los objetivos de los más iguales que nos gobiernan.

ABRIL, 15

RUEDAS DE PRENSA

Expertos, ministros, policías, militares, fila impasible en el estrado tras los micrófonos. Partes de guerra, derrotas tácticas y victorias estratégicas, seguridad en el triunfo final “vencido y aniquilado el ejército vírico, la guerra ha terminado” más o menos, así será el parte final, a condición por supuesto de ser buenos soldados, firmes en las trincheras heroicas de nuestros domicilios. La consigna es la inmovilidad, la perfección en el ser tiende al reposo (Lezama) y morir arrodillado es tan displacentero como cualquier otra muerte y por lo menos expresa devoción y arrepentimiento.

Cómo no son conscientes los príncipes que nos gobiernan de la ridiculez del teatro. ¿Cómo el jefe del estado mayor de la defensa puede prestarse a tomar parte en tales carnavales? ¿No bastaría con un oficial militar médico o de logística? Producen juntos tan altos cargos la impresión de un duelo electoral televisivo que concediese el galardón de ganador al que pronuncie los tópicos más banales. Viendo la cartuchera de condecoraciones de los militares, surgen deseos de apoyar el dedo en la botonera del ascensor y enviarlos al último nivel en el espacio ¿Por qué siempre decepciona la mediocridad de gobernantes, carceleros y verdugos? ¿En verdad no hay nadie que en una situación de excepción hable palabras que nos muevan o, caso necesario, desenvaine la espada o alce el martillo con un gran gesto que iguale el sufrimiento provocado? Lo peor y más inútil es el dolor que causan los mediocres y recibir su piedad olvidadiza.

MAYO, JUNIO

MÁS SOBRE LA CASA REAL

Se anuncia una investigación judicial sobre el rey inmerecido, por presuntas comisiones ilegales y presunto blanqueo de dinero. La actuación de la fiscalía helvética ha sido factor determinante de la tardía puesta en marcha de la justicia española. Ya veremos sus frutos. Lo que era esperable es la negativa del congreso a investigar “al rey que no nos merecemos” con los votos de PP y VOX y, como no, del PSOE, siempre con sus temores y pudores virginales, apoyados en un dictamen de los letrados del Congreso, dictamen que muestra una vez más la proskinesis de los juristas ante el poder, y su uso de una técnica, como el derecho, tan maleable que permite argumentar a y su contrario. De todas formas el solo anuncio de la actuación fiscal es un ladrillo más que se arranca del edificio monárquico, en estado de conservación que presenta grietas evidentes. Eran impensables hace veinte años los ataques y las críticas que la institución recibe en el parlamento o por obra de los nacionalistas o de partidos de izquierda y que surgen también en el seno de la sociedad civil, incluso en la generalidad de la prensa y de los medios audiovisuales. Y lo más notable es que nadie realmente significativo sale en su defensa. Es de esperar que tanto golpe, asalto tras asalto, y en incremento progresivo, provoque el derrumbe en el momento más inesperado, como un boxeador sonado, del Borbón herido, cuya resistencia, de todos modos, es admirable pues con su aspecto perfumado y recién afeitado, reaparece lozano cada día, con un registro restringido de tópicos que pronuncia monocorde, tal el sacerdote que siglo tras siglo anuncia que “este es el cordero de dios”.

Una información reciente de la prensa extranjera, recogida por la española, nos informa del coste del lujoso viaje de novios de Felipe y Leticia. Más de medio millón de dólares, satisfechos a partes iguales por su padre y un vasallo. Hay que reconocer la razón de Felipe cuando dice que “juntos podemos”.

DEL CENTRALISMO DE MADRID

En nuestro país, cuando ocurre una gran crisis aparece inmediatamente el reflejo de recentralizar competencias, que olvida que somos un estado descentralizado, como gusta decir a la oratoria oficial, “más que Alemania”. Pero ello no ocurre en ese país, lo que demuestra que cuando se puede manipular el estado de las autonomías con tanta facilidad, en supuestos de crisis políticas o de salud pública, esa descentralización es más teórica de lo que parece y se aproxima más a una concesión revocable de un poder benevolente. 

Todo el mundo conoce las críticas que a este centralismo se han lanzado desde las comunidades autónomas. Solo diré aquí la pretensión ridícula de legislar desde Madrid sobre las realidades complejas y variadas de las comunidades españolas y por políticos que no ven más allá del horizonte madrileño. De ahí los múltiples errores que ocasionaron rectificaciones continuas, un día sí y otro también, con la correspondiente inseguridad jurídica. Sin olvidar que una reglamentación homogénea para todo el territorio y, en consecuencia, inadecuada, ha contribuído al aumento de víctimas y a un mayor desastre en la actividad económica. También factor de ineficacia el atribuir papel rector a un ministerio desmantelado por los traspasos a las comunidades autónomas.

Ha sido penoso, durante estos meses de confinamiento, escuchar en las cadenas de televisión, públicas y privadas, a periodistas, presidentes, ministros, policías, funcionarios, expertos, simples ciudadanos y payasos. Todas las excepciones que se quiera, pero qué carros de tópicos en sus labios, adjetivos deslucidos y deshilachados, los cantos a los héroes en inflación nunca vista, un neolenguaje con usos y expresiones ridículas, “nueva normalidad”, “cogobernanza”, “la desaparición del mundo que conocimos”, invocaciones frívolas y retóricas “a nuestros mayores” o a que “nadie quedará atrás”. Y por supuesto los omnipresentes “ciudadanos y ciudadanas”, un traje cínico para un pensamiento obeso.

Qué cómicas y absurdas parecen ahora, finalizado el confinamiento e instalados en la normalidad de siempre (eso sí, con amenaza de revocación) las opiniones tan frecuentes en los medios sobre la desaparición (o poco menos) de un modo de vivir y el surgir de uno nuevo. Bastaba con ver a los queridos conciudadanos (con su mascarilla) inclinados sobre la pantalla del móvil para darse cuenta de que su horizonte era el mismo. O escuchar a nuestros diputados en el Congreso, en las sesiones de control al gobierno, especialmente las intervenciones de los representantes del “PP o de VOX”. ¿Qué mundo nuevo puede surgir con esa gente? Yo tenía la sensación de estar en un centro de reclusión de alienados.

La época del confinamiento fue la hora de los burócratas de la administración, de la realización de sus sueños y fantasías más queridas. Experimentos psaméticos nunca realizados, reclusión de la población de un país, cuadricular el tiempo y el espacio, como cuadriculábamos de niños las hojas de papel para las batallas de submarinos. Franjas horarias arbitrarias y en su solapamiento, ampliamente infringidas. “Distancias sociales” (prefiero hablar de apostasía social) de metro y medio, dos metros, por qué no cinco o diez metros, que podrían también ser argumentadas. Una selva confusa de decretos, órdenes, instrucciones, aclaraciones que parecían que el confinamiento/desconfinamiento era un juego social o un experimento para comprobar la posibilidad de tener a millones de personas en un puño. “Presionemos aquí” dice uno. “Y si ordenamos o prohibimos X” dice otro. Gracias a Santa Epidemia ya todos se van enterando de quién manda. Pero no hay dictablanda benéfica completa sin el agradecimiento de sus beneficiarios. La manipulación del ciudadano (o ciudadana) del común es imprescindible para que surjan los aplausos.

Y si alguien no acepta la acción benevolente del poder, pues tendrá un encuentro con las no menos benevolentes fuerzas de seguridad, armadas con “la Ley Mordaza”, ley odiosa y destinada a la derogación según proclamaron desde su aprobación los partidos integrantes del gobierno pero que hoy es su juguete favorito para imponer sanciones desmesuradas. Más en general la ciudadanía ha respetado el confinamiento gracias al machaqueo y manipulación constante del poder y los medios que ha inculcado incluso un miedo irracional. Y no hay cosa peor que muchedumbres con miedo que segregan espontáneamente policía como la que se llamó “policía de balcón”, colaboradora entusiasta de la seguridad.

Una de las mejores cosas que nos ha dejado la presente crisis epidémica ha sido, aparte la ejemplaridad en el cumplimiento del deber, y más allá del mismo, del sector sanitario y, en general, de todos los que estuvieron a cargo de los considerados servicios esenciales, es la solidaridad que floreció en la sociedad civil. Aparte de las iniciativas individuales, la importancia decisiva de ONGs, bancos de alimentos, comedores sociales, organizaciones como Cáritas… Sin esa solidaridad (y no olvido el papel decisivo de muchos ayuntamientos) con aquellos con carencia de lo más básico, ¿qué hubiera ocurrido con la promesa del gobierno de que nadie quedaría atrás? Es el momento de responder a esa ejemplaridad y a esa solidaridad con medidas muy sencillas e inmediatas: fortalecimiento de la sanidad pública con revisión de la política de contratación del personal sanitario, hasta la fecha dominante; otra política en relación con las residencias de mayores y con las personas dependientes y sus cuidadores, regulación de la situación de los emigrantes ilegales, como hicieron Portugal e Italia, lucha contra el trabajo precario…

Pero más allá de los aplausos, de la concesión de premios Príncipe de Asturias o de funerales de estado por las víctimas, mucho me temo que las reformas con la amplitud que necesitan no se llevarán a cabo. Un botón de muestra: por una parte, se piden emigrantes para la recogida de la fruta, se les exprime en condiciones con frecuencia inhumanas (recuerdo con horror un reciente reportaje de TV sobre emigrantes de Malí en Andalucía) pero el gobierno, por boca del Ministro del Interior, ya se ha negado a regularizar la situación de los inmigrantes ilegales a nuestro país, no obstante ser indispensables para la actividad económica, sobre todo si consideramos nuestra evolución demográfica. Señalemos también las trabas y las demoras en la convalidación de títulos sanitarios de inmigrantes legales latinoamericanos.

Frente a la solidaridad social, la insolidaridad de la clase política, perdida en disputas lamentables e incapaz de renunciar a ninguno de sus privilegios, incluso a las dietas en el confinamiento. Una gran reforma de la clase política, incluidos la disminución de su número que sobrepasa al de Alemania y la supresión de chiringuitos y asesores y de inauditos privilegios en las pensiones de la Seguridad Social. Y una mayor simplicidad y menos boato en su actividad. Cuántos fondos podrían ser liberados y dedicados a la satisfacción de auténticas necesidades. 

Junio ya finalizado el confinamiento, surge la polémica sobre la creación de la comisión parlamentaria que investigue a Felipe González en relación a los crímenes del Gal. Solo diré que basta ver la evolución de los rasgos faciales del señor González hasta llegar a su rostro actual. Se comprende perfectamente quién es ese personaje.

Y acabo, como empecé, con la Casa Real. Don Felipe y Dona Leticia han iniciado una visita a las comunidades autónomas, una por una, para enterarse de primera mano de la situación y lanzar su “juntos podremos levantar este gran país”. Visita inútil por su falta de consecuencias, inútil el gasto y la pérdida de tiempo, visita patética por el intento de mostrar a la ciudadanía una actividad, que nace muerta, de la Casa Real. Mientras, la heredera del trono sigue pronunciando pequeños discursos en catalán, conocimientos lingüísticos que facilitarán su comprensión directa, y sin intermediarios, de los sentimientos de la mayoría de los ciudadanos catalanes con relación a la monarquía.

CUNQUEIRO Y LEZAMA

LA LUZ DE UN MUNDO QUE SE ALEJA

CUARTA PARTE:  “LA REALIDAD INVADIDA POR LA IMAGEN”

(La primera parte constituida por “Texto mítico griego”, “Preámbulo” y “Cunqueiro y Lezama, vidas paralelas” figura en la entrada del 23 de enero de este diario. La segunda, “Un mundo común”, apareció el 26 de febrero. La tercera, “Poética lezamiana y texto paradisíaco cunqueiriano”, lleva fecha 22 de abril de este diario).

El reino del total albedrío de la imagen no se halla limitado por las fronteras del texto paradisíaco. El paraíso se halla en su centro (Lezama) pero el paraíso lo desborda, el texto no puede contenerlo. El poder destructor de toda constricción espacio-temporal lo ejerce primariamente el poder de la imagen en el texto. Pero la densidad de su gravitación invade la vida del poeta, y no solo del poeta, también al conjunto del pueblo cuando aparece una “era imaginaria” cuando “al pueblo lo habita una imagen viviente”. El transporte metafórico produce la fusión en la imagen de dos o más signos lingüísticos en una imagen particular. Después, la acumulación imaginativa del texto paradisíaco tiene tal densidad que la gravitación que surge opera en un radio siempre creciente que abarca al poeta y a su mundo, “penetra la naturaleza”, y borra así la distinción realidad/irrealidad o la de posibilidad/imposibilidad. Ello es posible porque la imagen no sólo es anterior al texto ya que el poder metafórico es constitutivo de lo humano y derrama su poder en la vida del hombre y en su texto, sino que las equivalencias infinitas que alimentan el vientre de la imagen presuponen “la identidad del tapiz de fondo” lingüístico que tiene su análogo en la identidad del tapiz de fondo de la materia. Si la penetración de la imagen en la realidad es posible, se debe a que la realidad que somos y que configura nuestro habitarla es metafórica. Nuestro ser hombres nos determina en nuestra vida y mundo como una esencial vocación de imagen.

Arco en griego antiguo se dice Tokson. “Toksikon farmakon” era el veneno que se ponía en la flecha. De ahí nuestro tóxico. Tensar el arco de la metáfora, disponer la flecha para el lanzamiento implica un riesgo para el arquero, el riesgo de la enorme gravitación liberada por la ganancia de la imagen que lo embriaga. “Una embriaguez misteriosa”, la flecha disparada a la frontera dilatada del horizonte transporta también al arquero que en ese horizonte es penetrado por la imagen que lo ilumina “como un vitral reparte la luz primera”. Y tiene lugar “el desprendimiento del cuerpo de otro cuerpo clavado”. Y “las imágenes proclaman nuestro cuerpo”. Proclos en Paradiso: “cuando el hombre a través de sus días ha intentado lo más difícil sabe que ha vivido en peligro, aunque su habitar haya sido silencioso, aunque la sucesión de su oleaje haya sido manso”. Vivir la imagen como destino, ser por ella atravesado, es el mayor peligro, un peligro proporcional a un excepcional destino “vivir el éxtasis de la participación en lo homogéneo”. Un peligro doble. Por una parte, dejando atrás la pesada gravitación física, se instala la alada gravitación poética. “La piedra se borraba en el río para adquirir un nuevo cuerpo, transparente, el cuerpo aligerado por la luz” (río que impulsa, metáfora, y espejo que fija, imagen ganada).

El hombre atrapado, viviente en la gravedad de la imagen supone un cataclismo, el hundimiento de un continente, el advenimiento del paraíso: “las cabelleras se escapan de los frontones para nadar silenciosas”, “el rostro que desprendemos” para detenerlo en el recuerdo, el unicornio que atraviesa el sueño de Paulus. Por otra parte, el poeta guardián de la imagen realiza su destino en lo sucesivo histórico común, sometido a la incomprensión y a los ataques de las diversas tribus de caníbales que lo pueblan, que solo mastican y saborean lo real enervado de imagen, antipoético. Pero Cunqueiro y Lezama vivieron en la imagen y no la traicionaron. En lo histórico sucesivo su vida ha sido lamida por un oleaje manso, en los acontecimientos históricos no tuvieron participación significativa. Desde el horizonte del fragor de la historia pocas cosas llaman la atención en su biografía (pensamos en Joyce ocupado con la escritura de su Ulises al margen de la Primera Guerra Mundial). ¡Pero qué destino! Pastores de la imagen en la imantación de la naturaleza, apertura de puertas a la entrada de lo imposible en lo real y volverlo posible por su gravitación, habitar “la ingenuidad de un nuevo paraíso” hecho posible por esa gravitación de lo imposible sobre el mundo segregado por el hombre durante milenios y ahora en trance de desaparecer. Así una biografía de Cunqueiro y de Lezama debe de estar articulada en torno al proyecto que fue su destino, a su evangelio salvador de un mundo esencial para el hombre, a su ganancia de una posición de arquero que fija la flecha en el horizonte más lejano, en la creación de su texto paradisíaco y en su voluntad de habitar el paraíso, voluntad que desborda el texto. En esa biografía, las pequeñas contingencias de su vida histórica son despreciables por no aclarar nada y solamente merecerían ser recogidas cuando transparenten la imantación de la imagen. Una biografía centrada en esas contingencias es la mayor mentira imaginable sobre las vidas de Cunqueiro y de Lezama, no explica y enceguece, es como banal asteroide que cruza lejano la órbita de la Tierra. Pero es el fruto preferido de los caníbales que cualesquiera sean sus intenciones, amistosas u hostiles, pierden su tiempo en la acumulación de datos que nada pueden explicar sobre el reino de la imagen “que no es de este mundo”, del espacio hechizado que moraron. Aquí es de justicia destacar el ensayo de M. Gregorio González “Don Álvaro Cunqueiro, juglar sombrío”, 2001, quien, sin prácticamente entrar en la exterioridad de la vida de Cunqueiro, ilumina aspectos importantes del proyecto poético cunqueiriano, partiendo de sus textos orales y escritos y de otros testimonios sobre esos textos. Un gran ensayo que ilustra bien el tipo de biografía digno de Cunqueiro o de Lezama, aunque no podamos compartir su visión del “fracaso del proyecto cunqueiriano”, como veremos más adelante. Pero justamente ésta es la clase de biografías que los “caníbales” no aprecian, ellos buscan con ahínco las piedras con sangre y gargajos de la historia. Y olvidan o desconocen la advertencia lezamiana “el terrible lenguaje de lo oscuro. Si el hombre no tiene oscuro no tiene iluminaciones”.

Esta vida de Cunqueiro y de Lezama atravesada por la imagen, es decir, por las equivalencias “estelares” fruto del transporte metafórico, y digo estelares porque es el único transporte que además de disparar los objetos o, mejor, su signo lingüístico a otras órbitas gravitatorias, traslada incluso al arquero con su flecha (toksa en neutro plural decían los griegos para abarcar el ámbito del arco) sino que fija el horizonte en la dilatación extrema en lo invisible donde se encuentra con lo imposible. Este encuentro hace posible que lo infinito, lo irreal, busquen su transparencia en el texto, que “lo imposible al actuar sobre lo posible engendra imagen, ejerce gravitación”. Por eso señala Lezama que el gran tema de la poesía es la gravitación metafórica de la sustancia de lo inexistente. El poeta como guardián de la sustancia de lo inexistente. Y para este ser guardián se necesita oír y ver. Porque en el espacio hechizado de la imagen paradisíaca, lo invisible y dentro de lo invisible, lo irreal y lo imposible se manifiestan como susceptible de ser escuchado y de ser contemplado. Lo inexistente, entonces, se hipostasia en sustancia y el poeta se convierte en un ser imposible.

Este diálogo con lo inexistente por imposible y el sentir la fuerza de su gravitación es propio de Cunqueiro y de Lezama desde su adolescencia, desde el comienzo del despliegue de su ser poético, contemplador del paraíso y del que se desprenden como frutos su instalación en el mundo y sus textos orales y escritos. Cunqueiro en cartas de extrema juventud escribe del “aguijón sonriente de vida”, impulso para tensar el arco que le llega por el dardo de una palabra. Y añade “tengo palabras hasta en los dientes y en los oídos. Me suben y bajan las cosas por los ojos en ríos de colores y silencios” solamente con tal riqueza de palabras y de imágenes es posible comprender la creación cunqueiriana del texto paradisíaco. Porque Cunqueiro aparece ya desde el primer momento acertando con su disparo en el blanco fijado en el horizonte: “Sueño azul de gaviota cansada” (una carta que descansa en su mesa). Mucho más tarde escribió: “Nunca había sabido distinguir muy bien los límites de lo fantástico, es decir, donde lo fantástico se nos aparece como real”. Y Lezama le responde: “La realidad y la irrealidad están tan entrelazadas que apenas distingo lo sucedido, el suceso actual y las infinitas posibilidades del suceder, lo sucedido y lo soñado, imagen en la memoria”. Y una acción imaginada puede llevar en lo real a la inacción. Sobre el emperador Rodolfo Segundo escribió Cunqueiro: “Rechazaba todo actuar pues en la imagen ya la acción se había realizado” (cuantas páginas de biografía “caníbal” se podrían haber ahorrado, simplemente meditando estas frases). Como en eco, Lezama: “Las sílabas [de un texto] se alzan en dos patas, como los caballos, ante las letras aljamiadas del relámpago”. Los caballos del texto paradisíaco ambicionan galopar lo real. El paraíso se alza en el centro del texto cunqueiriano porque ha disparado tan lejos la flecha que ha apuntado a un horizonte de resurrección (los muertos habitan la ciudad cunqueiriana porque se vuelve del país de donde no hay retorno).

Pero como señalamos anteriormente es consustancial al arquero y a su actividad un alto grado de peligro, pues las imágenes que lo habitan a él y a su texto (la flecha apunta al horizonte y, también al arquero) se alzan en él como serpiente de enorme gravitación e inoculan su tóxico, potenciándolo, en un ser poético “ab initio”, sea del escritor o del lector.

Cunqueiro escribió sobre la dificultad de distinguir entre la realidad como soñada y el sueño pensado como realidad. Mi trato cotidiano con Cunqueiro me convenció de que, siendo él hombre realista y perfecto conocedor de la medida de las cosas, su vida práctica se veía invadida por oleadas de imágenes, resultantes de su poder metafórico, con la regularidad de las mareas. Muchas son las anécdotas que habitan mi memoria. Cunqueiro adolescente. Se encuentra en la solana de la casa de la que será su esposa con ésta y otros jóvenes amigos. De repente, Cunqueiro, iluminado, alza la voz y anuncia su capacidad de vuelo, su indiferencia a la gravedad. Sonrisas escépticas como respuesta. Sin vacilar asciende a un tejadillo que se alza a unos dos metros y medio de las losas del suelo. Abre los brazos y se lanza al aire que, inamistoso, lo rehuye. El suelo acogedor le cobra la fractura de un brazo roto. Recordaba mi madre: “Vi claro que él, en ese momento pensaba que tenía el don de volar y que no se hubiera extrañado si se hubiera mantenido en el aire”. Y, añado yo, cayó porque las alas de su sueño no tuvieron suficiente potencia. Análogamente, Paulus murió porque dejó de soñar. Los cuadernos de su juventud o, mejor, sus fragmentos, muestran que la distancia entre la posibilidad imaginada y la realización ha sido cancelada. En otros términos, el acto que clausura, la intervención eficaz, se hallan ínsitos en la posibilidad y no añaden nada esencial a ésta. La realización no necesita desprenderse de la matriz imaginativa que la piensa. Un libro pensado es un libro ya escrito y entregado para su publicación. Y claro es que la experiencia cunqueiriana alimentaba este pensar performativo, pues la facilidad en la carrera del corcel de su pluma en el hipódromo de la página en blanco dejaba atrás a cualquier ganador mítico de las carreras de carros en la Antigua Grecia. Una lengua saboreada en cualquier gramática, texto bilingüe o diccionario con prontitud le revelaba sus secretos (recuerdo sus quejas sobre las traducciones shakespearianas de Astrana Marín). El efectivo saber le parecía entonces de importancia secundaria, y que alcanzaría en lo histórico, por otra parte, con poco esfuerzo. Una nota al margen de lo decisivo, el horizonte por él contemplado. Un mundo, el cunqueiriano, en el que se introducía el paraíso sin necesidad de salvoconducto. Es preciso volver una y otra vez a su novela más importante, “El año del cometa”, que pequeños y oscuros profesores de su polis gallega, sin estudiarla por su lengua española, califican de fracaso. Allí Paulus/Cunqueiro o Cunqueiro/Paulus ha dicho palabras claras que solo necesitan ser escuchadas: “Mentía porque lo inventado era más coherente con su imagen del mundo que lo real que destruía. Su impulso más secreto era destruir. Pero si en un instante se pudiera recoger todas sus <<mentiras>> nos encontraríamos en un mundo más hermoso y variado, regido por leyes poéticas, los grandes secretos desvelados, transmutadas las edades”.

“La ciudad cabacea y se vuelve ondear marino”. Cunqueiro habitaba un Mondoñedo nuevo cada día. “La ciudad despertaba sus días todos con todos los que la habitaban. O se dormía en la dulce noche de agosto con los que ahora vivían en ella. Todo pendía en quien soñase y qué. Se mezclaban las edades, los dolores, las canciones, los nacimientos y las muertes. Los fantasmas se encontraban asimismo cuerpo humano y los humanos presentes podían confundirse con la niebla que subía desde el río, lamiendo las fachadas de las casas. Los Malatesta se arrimaban a los tapices, se adentraban en ellos, se escondían tras los árboles del fondo…”. En sus paseos cotidianos “las casas se apartan y se arremolinan unas con otras, abriéndose como plazas”. Una ciudad que contenía todas las ciudades que pudiere soñar. También en esa ciudad hay tardes de niebla y llovizna. Suena melancólica la campana de una iglesia. Es la hora de los visitantes tenebrosos, “los visitantes tenebrosos de la tarde que existen y son hermosamente tenebrosos. Al aparecer por la ciudad pueden crear una belleza tenebrosa allí donde miran. ¿No hay medicina? Sí, morir”. Pero morir es avatar de volver, del regreso, de la vida luminosa bajo el sol que se abre generoso sobre la ciudad al siguiente día y calienta a vivos y resucitados. “Pues de todos los países se regresa, ¿de todos?, de todos, y también de aquel del que las gentes dicen que nunca volvió nadie”.

La ciudad paradisíaca, es decir, la ciudad creada por la imagen, es la salida del laberinto existencial del hombre. Con el camino atado a la cintura, sale Paulus/Cunqueiro del laberinto de lo histórico para entrar en el laberinto del paraíso de la ciudad cunqueiriana. “Dentro del laberinto hay una ciudad y en el medio y medio un pozo en el que canta una sirena”. El laberinto de la imagen supone la cancelación de todo laberinto, salir del laberinto deja de ser pertinente pues ya siempre se está en él, en una de las infinitas formas en que lo configuran los sueños de su creador, el soñador. La ciudad paradisíaca es todo tiempo y toda geografía, cualquier urbanismo pensable. No hay puertas y caminos allí donde todo es puertas y caminos. Ni encrucijada donde todo es encrucijada ni horizonte donde todos los horizontes son posibles. La ciudad paradisíaca es otro nombre del infinito y en ella es posible esconderse y no ser nunca hallado (¡Jordán escondido!) salvo quizá en un sueño paralelo. “Otras veces Paulus se escondía y no lo encontraban en la casa, María sabía que estaba allí, a su lado, pero no alcanzaba a saber dónde. Paulus le había dicho más de una vez que no lo buscase, que andaría vagabundo por los países otros…”

Es la promesa de la imagen al hombre: “Tendrás todo cuanto sueñes”. El caracol imagina las metamorfosis inagotables de su caracola que puedan acoger la estatura de sus sueños, incluida en aquellas la desaparición. “El más secreto impulso de Paulus era destruir”. En todo soñador se alza su contrario. Un duelo diario entre una creación y otra. La luz de un sueño la aniquila otro. De ahí la inclinación cunqueiriana a habitar posiciones diferentes en un argumento, defendiéndolo o atacándolo, creando y destruyendo mitos como un jugador de ajedrez que gira el tablero para defender la apertura que con anterioridad atacara. Reconozco que en lo histórico sentía veces tal actitud como contradicción, molesta contradicción, sin comprender entonces la fecundidad de la simultaneidad paradisíaca de A y su contrario. Cuando el hombre de la capa negra retira la sábana que cubre el cadáver de Paulus, aparece otro hombre. “Haría esto cien veces y cien aparecería un hombre diferente”. Habiéndosele preguntado por una explicación científica, responde que hay una poética de grado superior. “Este hombre pasó por los sueños de una mujer y él mismo soñando. Una mujer que no sabe que este hombre está muerto se pregunta por dónde andará. Lo que veis son las respuestas que la enamorada se da a sus preguntas y el hombre a sus sueños. Si pudiese reunir en un repente todos los sueños suyos, este hombre resucitaría. Quizá éste sea el gran secreto de la vida futura y eterna”.

Dejar de soñar es morir, es renunciar al milagro de la resurrección, palabra clara a Cunqueiro y a Lezama. Paulus muere porque sus sueños cesaron. Solo en el espejo luminoso de la imagen puede ser acogida la infinita población de sueños de un viviente. La vida de Cunqueiro/Paulus está atravesada por la penetración del puñal de la imagen, una herida siempre abierta. Con una palabra “Vanna” agrietó la torre prisión para que la hermosa prisionera pudiese escapar en la grupa de su caballo. “El nombre de una mujer hermosa, del ser amado dicho con fiebre de amor puede partir una torre en dos”. Paulus grita “¡María! y se abrían todas las puertas”. En el horizonte cotidiano de los humanos el amor es la imagen que impulsa la flecha de la metáfora que los atraviesa. Un humilde humano, atravesado por la flecha del arquero y por ella aniquilado, resucita como un Dios. El amor que nos mueve es uno de los más potentes manantiales de imágenes que invaden lo real. De ahí la ambivalencia de la sociedad frente a la pasión amorosa, a su reducción a una reserva controlable, su enemistad con el ejercicio del poder o su utilización por éste para afianzar los mecanismos de imposición. Como ya se ha dicho, operar con imágenes es peligroso y la imagen semidivina del amado, una persona o una organización transformada en imagen puede ser destructora, para el soñador y para la sociedad.

En la constitutiva apertura de la existencia cunqueiriana a la imagen, se introducen para satisfacer su sed de cuerpo las más extrañas criaturas de la cultura humana, que han obsesionado a los humanos durante siglos y milenios. Por ejemplo, el unicornio, triste y delicado, en la ambivalencia de un destino de hombre y de caballo, frecuenta la ciudad cunqueiriana. “El unicornio, apoyando la cabeza en el regazo, cerró los ojos y se durmió. La virgen cruzó los brazos sobre el cuello del cérvido y se durmió a su vez. Como es sabido, ambos tienen el mismo sueño”. Paulus/Cunqueiro dominado por esta imagen, viste cabeza de ciervo y en el regazo de Melusina sueña y deja su baba de oro. “Ambos se encuentran bebiendo a un tiempo en el remanso de un río”, sus imágenes se funden en una. Recuerdo ahora las dos cabezas disecadas de ciervo en la pared del comedor de la casa de mi infancia y mi deseo de niño de introducir mi cabeza en una de ellas y, hombre ciervo, pisar vacilante un mundo desconocido. Se interroga Cunqueiro: “¿Sería posible continuar viviendo de los sueños y en los sueños? ¿Qué era lo que él quitaba o añadía en la vida cotidiana? Todavía ahora distinguía lo que vivía y lo que soñaba. También vivía lo que soñaba, lo que vivía tomaba la forma de sus sueños. Añadir un adjetivo provocaba una mutación. Era en la acción, en la situación imaginada donde se encontraba a sí mismo”.

Es paradójico que consideremos literatura el arbitrio de la imagen en el texto y el mismo arbitrio en la realidad, mentira. A la luz de la imagen, lo que llamamos mentira en la vida cotidiana es la invasión del lenguaje por la flecha de la metáfora que lo inviste como horizonte y transforma la realidad en texto paradisíaco el cual, en la consideración profunda que exige, es verdad, si bien habría necesidad de un tiempo histórico interminable para que resplandezca la verdad instantánea de la imagen. La realidad social rechaza la irrupción en su seno del paraíso del soñador cuando la aceptación sería revolucionaria en lo sucesivo histórico. Se vuelve patente la naturaleza antipoética de la organización social que reduce a sus márgenes al soñador y pone coto a la acción de la imagen amorosa y sin embargo acepta la mentira colectiva de la religión como institución, como iglesia y su paraíso prometido que nada tiene de paraíso. El creyente, en tanto que miembro de una iglesia, es un soñador que se niega como tal. La iglesia y sus fieles, firmemente anclados en el sueño de lo histórico, con sus imágenes petrificadas que construyen en la realidad, intentan desde ésta y con sus instrumentos anclar en lo existente lo invisible trazando una línea sin solución de continuidad que une este mundo y el pretendido otro en una fisicidad grosera y sin matices. La ciudadanía histórica del creyente se prolonga, sin sobresaltos en la otra ciudadanía ultraterrena (es indiferente a estos efectos pertenecer a la ciudadanía infernal o a la divina). En realidad para la creencia de las iglesias cristianas y, en especial de la católica, son uno los dos mundos que se interfieren en una misma historia dominada por las mismas categorías y expedientes burocráticos de admisión y denegación. Frente a la imagen poética que disuelve las constricciones de la realidad y crea el paraíso, la iglesia condena y crucifica la imagen primigenia en aras de su sed inextinguible de realidad, de su afán de instalarse en la historia como una realidad más al lado de otras realidades, en lucha por el predominio entre los poderes. Para esa ambición no necesita de soñadores ni del arco de la metáfora, en realidad inútiles y perjudiciales. La ambición histórica de las iglesias es evitar la mirada de Acteón que vuelve fértil el vientre de Ártemis, es decir, detener, cegar la fuente de imágenes. Entre el vivir hechizado de Jesús penetrado por su imagen de hijo de Dios y lanzándola a sus contemporáneos (que lo crucificaron, buen ejemplo del vivir en imagen en el plano histórico) y Pablo, secretario de organización (es decir, petrificador y enterrador de la imagen), la iglesia, lógicamente, no ha vacilado pues no es otra cosa que organización y solo organización, puramente histórica, que trata de impedir por todos los medios el surgimiento de la fuerza corrosiva de la imagen y el contacto directo con ella del soñador creyente. La petrificación uránica sobre la matriz fecunda de la imagen. Así, la herejía (de hairesis, escoger) no es otra cosa que la castración de Urano y la liberación del flujo de imágenes. Brujas, alquimistas, heresiarcas, demonios han roto los muros de la prisión dogmática que los asfixiaba. Una población habitada por imágenes mesiánicas y poéticas fue decapitada o purificada en las hogueras. Por el contrario, frente a la iglesia oficial, el creyente como individuo que vive poéticamente, como destino, las imágenes de su creencia, es otro gran ejemplo de enamorado y, por ello, de vida peligrosa en la imagen. A Cunqueiro le gustaba citar al poeta Max Jacob, pobre en posesiones terrenales pero rico en la imagen poética, que vio, y siempre lo reafirmó, el rostro de Jesús en una pared de su casa. Esas visiones, que hay que merecer, no pueden serle arrebatadas al soñador ni tampoco refutadas como verdad poética que son. Y quiero recordar aquí a un humilde canónigo del tiempo de mi primera juventud, organista de la catedral de Mondoñedo, don Jaime Cabot, de gran familia mallorquina pero absolutamente pobre, pues todo lo repartía entre los necesitados, físicamente una sombra y cuya tumba pisamos en el suelo enlosado de la catedral. Desbordante de bondad y brotándole imágenes como alas, le decía a mi madre: “Doña Elvira, en la noche, extendido en mi lecho, veo a los pies la imagen de Jesús en la cruz”. Esas imágenes, como las de Max Jacob y Jaime Cabot, siempre serán ajenas a la iglesia oficial que solo se encuentra cómoda con pseudo imágenes colectivas, sujetas a policía y debidamente comercializadas como “Fátima” o “Lourdes”. Y, aún así, su ideal sería que ni eso tuviera lugar.

Y es que ni el poder que gobierna lo sucesivo histórico ni la iglesia que organiza lo que sigue a la desaparición de éste, pueden admitir la extensión de la imagen fuera del texto, su salto a la realidad que los pone en peligro de extinción. Frente a lo que ellos llaman la mentira de la imagen, oponen su verdad histórica que no es otra cosa que la organización social de la mentira. Y como consecuencia, han renunciado a ver. “He visto cosas” dice el replicante de Blade Runner, y ha logrado de golpe la inmortalidad. “He visto”. Y ese ver, por encima de la desaparición del cuerpo físico, crea tal gravedad poética que esa imagen sobrevivirá, con empuje decisivo a la emergencia del potencial metafórico de los seres, del despliegue de su vocación de arquero.

Sabemos que hemos entrado en la imagen cuando sentimos su gravedad. Desprendemos entonces una evaporación densa, que afecta a todo cuanto pensamos y amamos e incluso hacemos. El soñador, como creador de un texto oral (y eficaz) en la realidad, dominada por poderes hostiles, los caníbales de lo sucesivo histórico, es un profeta que anuncia el paraíso como posible en la historia, al subvertirla. Misionero que ambiciona que el mayor número comparta su vivir hechizado. Exhalamos imágenes con vocación de infectar, con el fin de abrir el acceso al paraíso, al reino de la eterna sorpresa.

El hombre es un ser para la poesía, ser metafórico, cuyo destino es la imagen y el traspasar la realidad “con una penetración dura como piedra y transparente como agua en el espejo” (Lezama). En ningún caso es un ser para la muerte (zum Tode) que no es más que una contra imagen, el grado cero de la imagen. Por ello no es posible “un estilo de morir” (Lezama). Solo hay estilos de vida en cuanto vida mortal. Como seres metafóricos, somos cíclopes que trasladamos en imagen los más pesados objetos al horizonte más lejano donde edificamos nuestros sueños. Por este ojo ciclópeo que nos hace habitantes de la imagen, rechazaba Cunqueiro la angustia y la muerte como destino. Y hubiera asentido a las palabras de Lezama: “Dance la luz reconciliando al hombre con sus Dioses desdeñosos. Ambos sonrientes, diciéndoles los vencimientos de la muerte universal y la cantidad tranquila de la luz”. “Morir luego con los ojos abiertos” (Unamuno, a quien aplaudía Lezama). Saber escuchar todas las voces y los suaves pasos de la gran mudanza. Evitar la confusión al cruzar la puerta que no lleva a parte alguna. La base biológica de nuestro ser metafórico nos regala al final esa luz blanca, poblada de amadas sombras. Es la última metáfora. Privilegio de gozar de la gravitación de la última imagen.

Pese a los ataques e incomprensiones con relación a su vida y a su texto, de los pequeños caníbales de la historia (los grandes caníbales detentan el poder y son ajenos a la poética) Cunqueiro tenía la seguridad de “habitar la ingenuidad de un nuevo paraíso”. Nunca se permitió traicionar su destino, ser arrastrado fuera del reino de la imagen que él llamaba “el dulce reino de la tierra”. Y es quizá la dialéctica entre el reino de la tierra y el golpear del martillo de la historia la mejor explicación de las complejidades y perplejidades cunqueirianas. Supo él siempre, sin embargo, de la prevalencia de la imagen, de su infinita fuerza compasiva que, al transformar lo real, vuelve inocente al hombre, es decir, libre del mal de la historia. “Inocente”, palabra muy cunqueiriana y por él amada. “Edipo”, escribió, “un inocente”. “Max Jacob, el último episodio de la degollación de los inocentes” (asesinado por los nazis). Acaso él mismo también un inocente como todo aquel que supedita lo temporal a la imagen prodigiosa.

Finalmente, es el momento de examinar algunas de las afirmaciones y conclusiones del ensayista M. Gregorio González sobre “el fracaso cunqueiriano” contenidas en su brillante ensayo “Don Álvaro Cunqueiro, juglar sombrío”, 2007, en el que reflexiona bellamente sobre el proyecto literario cunqueiriano a partir de sus textos, sin los recursos del conocimiento personal y sin entrar en la exterioridad de la vida cunqueiriana (con excepción de un conocido episodio, significativo no obstante por lo que revela sobre el habitar en la imagen del mindoniense). Ensayo brillante, repito, conmovedor, con frecuencia, es contraejemplo para tanto biógrafo caníbal de la historicidad que no levanta sus ojos de la carroña si no es para disputarla. Su defecto, quizá, no contemplar en toda su amplitud la dilatación del horizonte cunqueiriano, “el proyecto de habitar la ingenuidad de un nuevo paraíso”. No habría entonces avanzado las afirmaciones que en mi opinión hacen perder el rumbo a tan hermosa obra, no habría hablado del “fracaso cunqueiriano”. Cito algunos párrafos que explicitan la posición del autor: “El lector comprueba con asombro y desánimo que el viejo ideal cunqueiriano, la imaginación… viva en las veredas del siglo, va sucumbiendo a una pesadumbre que quizá sea tributo a la época o desmayo de una biografía creciente y fatigada… Cunqueiro cantor taciturno, oficiante sombrío, dulce escribano de la gratitud y la dicha pero lastrado ya por el férreo pesimismo de su siglo… Misterio patente y abisal, la alegre nostalgia, la serena derrota de cuanto imaginó y sedujo al mindoniense… “El año del cometa” como la obra menos cunqueiriana… El amargo reconocimiento de una derrota de la imaginación… Nada queda de la fe en el hombre, en su trascendencia, en la bondad perdida… La quiebra definitiva de un espejismo. Paulus muere… Porque ha dejado de soñar… Suicidio literario… Muere el soñador y lo soñado… Fracaso de Cunqueiro… Cunqueiro juglar sombrío…”

Es lástima grande que ensayo tan brillante se vea desvirtuado por unas conclusiones equivocadas. Si el autor hubiera conocido el texto oral que se desprendía de Cunqueiro, la imagen que evaporaba, no hubiera sacado las conclusiones expuestas del texto escrito de “El año del cometa”, última obra narrativa de Cunqueiro y no la menos cunqueiriana sino, yo diría, al revés, la más cunqueiriana, la meta de su camino narrativo, en la que se contienen y se explicitan elementos sustanciales de la autopoética cunqueiriana que iluminan toda su prosa anterior. “El año del cometa” nos proporciona y aclara en su profundidad el horizonte que exige la lectura de la narrativa cunqueiriana y en ello reside la principal diferencia respecto de las obras anteriores. Las reflexiones de Paulus/Cunqueiro sobre el soñador, sobre sus sueños piensan desde este último texto los anteriores y muestran en toda su complejidad el proyecto literario cunqueiriano. Última novela, “El año del cometa” debería ser la primera en la lectura de los textos de Cunqueiro. Se evitarían así muchas interpretaciones banales.

Cunqueiro no abandonó nunca los sueños, nunca se reconocería en una frase como la “derrota de la imaginación”. Incluso en su propia vida personal, asaltado por la dolencia final, Cunqueiro siempre fue fiel a la imagen como destino. Hasta una llaga que supone normalmente una mutilación, fue tratada para su curación cunqueirianamente. Se abstuvo de mirarla, como el almirante japonés por él recordado (y por Lezama también y separadamente) quien, con un despliegue de su abanico, hacía desaparecer la flota enemiga. Y sólo miró su cuerpo, como el almirante el mar, cuando la llaga había desaparecido.

Se olvida cuando se habla de “biografía creciente y cansada” que “El año del cometa” es de 1974, época de plena salud para él, de vigor físico y mental. Cosa que también olvidan algunos que se inclinan sobre la que llaman “su poesía última” cuando la casi totalidad de sus poemas son fruto de años anteriores, con frecuencia de muchos años. No hay, salvo algún poema, poesía escrita en la enfermedad y próxima a su muerte. Pero incluso los textos literarios publicados hasta el día de su fallecimiento, los mal llamados “artículos de periódico” no muestran diferencias con los de otras décadas de su vida. Y como paciente nunca se dejó abatir. Siempre imaginó la curación y cuando el horizonte final se hizo evidente lo aceptó con serenidad y melancolía desde el pleno disfrute de sus facultades mentales hasta la última hora. No, no hay “ningún desmayo en su creciente biografía”. Siempre supo Cunqueiro de las dificultades de su proyecto de restituir lo armónico del hombre que le ha sido arrebatado y devolverlo en la imagen, en el contexto de un mundo sometido al dominio progresivo de leviatanes que los textos sagrados mostraban sepultados en oscuros fondos primordiales.

Las presiones sufridas en su vida creadora por incomprensiones de lo sucesivo histórico son incomparables con la anécdota de la enfermedad personal. Ni unas ni otra afectaron a su visión de habitar el paraíso, el dulce reino de la tierra al que es consustancial la visita de la muerte de cuyo país se retorna como claramente afirma su prosa y su poesía. Quien como él cree que hay un doble celeste de cualquier existente terrenal (¡un Umia celestial!) sabe que el hacha de la muerte no alcanza a decapitar la esperanza de la imagen. Y añado que los muertos son entre nosotros “os nosos difuntos” cuya presencia en Mondoñedo, ciudad de vivos y muertos, dura siempre, pase el tiempo que pase, están extrañamente presentes.

Lo que Cunqueiro mostró en “El año del cometa” no es la derrota de la imaginación sino que la capacidad de soñar, de inventar, es decir, de hallar, es condición indispensable para la habitación en el paraíso. Y que el ser metafórico que somos corre el peligro de ver sepultada su vocación de arquero bajo el peso asfixiante de monstruosas evoluciones globales, ciegas a esa salvadora posibilidad humana. Porque Cunqueiro conoce perfectamente el carácter terrible de las bestias que una deriva de la sociedad ha dejado escapar afirma el reino de la imagen para cancelar la amenaza. Y en su obra muestra el camino de salvación. Siempre mantuvo la posición de arquero, con el arco tenso apuntando a un blanco muy lejano, un arco semejante al de doble curvatura de Eurytos, que recibió de los griegos, y cuya flecha abre el paraíso.

Todo “El año del cometa” es una advertencia sobre la dejadez de posibilidades esenciales del hombre. Paulus muere porque ha dejado de soñar, quizá solo un momento, cegado por los monstruos que resoplan en el horizonte de nuestra época, y concretamente el dinero. Paulus recibe un disparo cuando va en busca de una bolsa de monedas. Julio César, David o Arturo ofrecen el retrato lamentable de las páginas de “El año del cometa”, sarcástica caricatura de la visión ferozmente antipoética de ciertos desarrollos contemporáneos. El mismo Paulus, afectado por ella, pierde el camino de la imagen y se pierde él mismo. La ciudad de Paulus, sumergida en la niebla de una “era imaginaria” se sobresalta al oír los disparos de los guardias, una autoridad desconocida en paraíso. Claro que Cunqueiro conoce las condiciones, los desarrollos adversos de su siglo que presionan y dificultan su proyecto de restablecimiento de una armonía humana. A veces, las dificultades e incomprensiones pueden ocasionar un pasajero desmayo, una tentación, no de renuncia, pero sí de cansancio. La pregunta <<¿Dios mío por qué me has abandonado?>> siempre está presente y puede surgir… Para ser inmediatamente cancelada.

Sí, siempre fue fiel Cunqueiro a la imagen en su existir luminoso, siempre “la picadura de un aguijón sonriente” borraba todos “los conjuros negativos”. Por supuesto que desde el humor sarcástico cunqueiriano en la descripción de César, David o Arturo, no tiene sentido extraer consecuencias de carácter general sobre la posibilidad de su proyecto. Completando lo antes dicho desde otro punto de vista, estados o cualidades como la ancianidad, la fealdad o la enfermedad forman parte inseparable de cualquier imagen del hombre. La ciudad paradisíaca cunqueiriana la habitan con la misma legitimidad jóvenes y ancianos, atletas y jorobados, héroes y enanos, príncipes y mendigos, seres hermosos y deformes, todos tienen idénticos derechos y obligaciones como habitantes del texto paradisíaco, sea el cunqueiriano o el mítico griego. Su esencial igualdad implica la fertilidad de todas las uniones, en Cunqueiro y en Hesíodo. La identidad del tapiz de fondo implica la continuidad fértil de la belleza y de la monstruosidad, “la superación del ámbito de la especie por lo germinativo” (Lezama) en el texto paradisíaco.

Es precisamente nuestra época antihumana la que es incapaz de ver esa complejidad de la ciudad cunqueiriana y la reduce a decadencia y a muerte de los sueños y derrota de la imaginación. La incomprensión de M. Gregorio es la incomprensión de su siglo.

En la construcción de su texto paradisíaco, revela Cunqueiro la plenitud de su compromiso con la humanidad, la radical democracia de su ciudad paradisíaca, la esencial igualdad de seres, animales, cosas en continuas cadenas o series metamórficas o germinativas que cancelan las discriminaciones específicas. Y siempre su visión y su escritura en el ámbito de la luz de la aurora griega.

Desde el fondo del mar

Número 4 (Julio 12)


Número 4 (Julio 12)
 
Inevitable Herencia
 
Modesta herencia habrá cuando yo muera,
Humilde y apartada habitación
En la infinita biblioteca humana
Y el eco de mis pasos cada día,
Entre las órdenes de libros, monjes
Con recia disciplina de silencio,
Sus manos sobre un pecho de secretos,
El saber alcanzado por sus vidas.


En la luz indecisa de las celdas,
Años, siglos quizá, fui también monje,
Inclinado sobre lo más difícil,
Sin procurar jamás ganancia alguna.
Pude así conocer lo más profundo,
El pensar de las razas de los siglos,
Abierto en luz al generoso esfuerzo.


Los años ya pasaron, o los siglos,
Ya la muerte es vecina de mi sombra,
Con paciencia sonríe a mis trabajos,
Ciegos a su deseo de mudanza.


Ellos alzaron alas en la antigua
Arquitectura, nuevos laberintos,
otros monjes se unieron a los viejos,
Con orgullo tranquilo los contemplo.
Yo quisiera vivir siempre a su lado,
Y un cuerpo de papel atravesado
Por flechas que disparan alfabetos
En vuelo de imposibles geometrías,
Figuras y ejercicios nunca vistos
De mágicos arqueros en palestra.


Ciudadano de la ciudad sin fin,
Libro entre los libros, fatal destino
Del sediento que busca el agua oculta
En grietas de la roca vueltas fuentes.
Pero soñar no es página que dure,
Una mano sin mano en el costado,
Un vacío sin nombre que disuelve,
Se abre común, inevitable herencia.
 

Desde el fondo del mar, 20.6.20

Una inscripción antigua

Yo, Kúsar Kun.Ke.Í.Ru, servidor
De la casa de los libros, alcé,
En provincia lejana del imperio,
Este recinto para su morada,
Allí donde solo crecen la sombra
Y el silencio, fuera de los caminos
Que visitan la guerra y el comercio

Los años largos de mi vida ardieron
En el fuego del altar, sacrificio
A vuestra luz de extraños inmortales,
Centauros alados, hijos del hombre
Y de la nube que el saber de siglos
Alimenta. Con alegre fatiga,
Cada día, surgieron galerías,
Habitaciones, pórticos, columnas.
Al final, cuando todo fué dispuesto,
Os invoqué en las diferentes lenguas
Propias de los orígenes diversos,
Para habitar la ciudad ofrecida,
Que os acoge por barrios desde entonces.

En cómodo reposo las figuras,
Diferenciados órdenes y clases,
Sobre el misterio de ángulos oscuros
Sobrevuelan brillantes arcoíris,
Color variado en túnicas y mantos
Que causa por doquier un suave incendio.

En los dobles collares de los días,
Y en las perlas que cuelgan de sus horas,
Mis manos que no cesan, acarician
Vuestra cálida entraña desvestida
Y hacen brotar las voces y los cantos
De letras que se acercan, bailarinas,
Desde sus alfabetos prodigiosos,
En juegos malabares que me asombran.

Sediento bebedor del agua escrita,
Una sed que no sacia la bebida,
En embriaguez viví, sin observar
La pleamar de la extensión del tiempo,
La amenaza del Nilo en su crecida
Hasta la superficie indiferente
Y sin historia que cubre el latido
De una antigua esperanza sumergida.

Es el tiempo en que nacen las preguntas,
Angustia, inquietud nunca sentidas.
Borrado el templo y el rumor del culto,
Y el ágil ejercicio del incienso,
En su trapecio, cada vez más alto.
A dónde ireis, divinas criaturas,
Sin los fieles que por saber se inclinan?
 
La dispersión fatal a la procura
De antiguas melopeas y salmodias
Adormideras guardianes de sueños,
No veré. Pero conozco la arena
Y sé del viento eterno que la azota
Y de los restos que hay en lo más hondo
Donde la tierra sin esfuerzo olvida.

Escriba del final, en la piedra dura
He inscrito estas palabras, testimonio
De un instante vivido como eterno
Quitar su dicha no podrá la muerte.
 

CUADERNOS ZOÑÁN DE APUNTES Y NOTAS DE LINGÜÍSTICA. Nº UNO.

MAYO, 25

PRESENTACIÓN

Utilizando el vehículo de este diario pero independiente de su contenido aparecerán periódicamente unas fichas lingüísticas bajo el título, sin duda demasiado ambicioso, con la ventaja, sin embargo, de cubrir todos los temas tratados, de “correspondencias vascoeuroasiáticas y universales”.

No van dirigidas, en general, a los eventuales lectores del diario. Alguna etimología o algún argumento sobre relaciones lingüísticas puede ser de amplio interés, pero la mayor parte de los temas que serán tratados en principio apuntan a los interesados en lingüística histórica.

Las fichas llevarán un número correlativo acompañado del día, mes y año de entrada en el diario que se recogerá en las posteriores. Las eventuales modificaciones implicarán la sustitución de la ficha correspondiente u otra nueva con la remisión oportuna. También en las mismas se publicarán índices para una fácil localización de los temas.

El objetivo de las mismas, como se desprende del título, es el estudio del vocabulario vasco en relación con otras lenguas o familias de lenguas así como, en general, correspondencias léxicas entre lenguas o familias lingüísticas, en principio muy alejadas y que apuntan a un vocabulario común que puede ser muy antiguo, surgido en las muy diferentes y larguísimas etapas de la dispersión de la humanidad desde la salida de África.

Las correspondencias y estudios tipológicos no estarán ausentes como tampoco diversos aspectos etnolingüísticos.

En general se procederá por la simple exposición de los hechos y las hipótesis explicativas de autores y diccionarios etimológicos (si las hay y me son conocidas) y las razones por las que parecen insuficientes. Hipótesis alternativas, en general, solamente en un segundo momento, cuando la cantidad y calidad del material recogido, lo permita.

Son estas notas fruto de largos años de estudio de muy diversas lenguas de las más diversas familias lingüísticas, estudio que abarca, como mínimo, la gramática, la historia de la lengua y un vocabulario básico no inferior a dos mil palabras.

Es consciente el que esto escribe de su carácter de autodidacta, de “amateur éclairé” y, en consecuencia, carente de formación académica en la disciplina. Al lado de conocimientos extensos, que permiten asociaciones inesperadas, la existencia de inevitables lagunas y la ausencia de la tecnología, bibliotecas y equipos de los que goza un investigador en su departamento o instituto.

El contenido de estas notas puede, incluso, haber sido ya debatido, en mayor o menor parte, por los estudiosos en sus centros. Por todas estas razones no habrá formulaciones categóricas, solamente exposición de hechos que juzgo de interés, en su caso, la insatisfacción sentida ante las explicaciones habidas e indicación modesta de hipótesis alternativas.

No necesito decir que recibir pareceres y opiniones que enriquezcan lo por mí aportado, confirmatorios o discrepantes, será bienvenido.

Lo que no puedo negar es el enorme placer sentido en estos largos años dedicados al estudio de la variedad lingüística humana, que verdad la del griego: “Paideia toîs mén eútujesi kosmos, toîs dè dustejesi katafugé”.

Fichas lingüísticas números uno (segail), dos (ainoa), tres (alu), cuatro (urtxintx), cinco (kaio) y seis (orein). Las seis integran este primer cuaderno que completan unas notas lingüísticas divulgativas, meramente informativas, sobre pidgins y sobre la formación de palabras en indonesio por procedimientos de abreviación de sintagmas y otra sobre aspectos lingüísticos y culturales melanesios y polinesios.

FICHA LINGÜÍSTICA Nº UNO

Vasco Segail.a (BN, R): “cabra de un año”.

Otros términos vascos: segail (AN, G), sekail (C) (alto, espigado, esbelto, airoso, delgado). Segailtasun.a (esbeltez, gallardía (S)). Segaildu (C), sekaildu (L): hacerse esbelto. J. Corominas/J.A. Pascual, Dcech, Tomo RI/X, página 187-190, voz Segallo/-a “animal cabrío en el segundo año de su vida”. Al estudiar dicha voz y sus variantes ibéricas, dice “voz pirenaica común al aragonés con el catalán y el vasco, de origen incierto, quizá prerromano”. Pero si, como parece, está emparentada con el vasco “segail, sekail” (descarnado, esbelto, airoso) en el sentido de animal flaco, habría que suponer que es palabra de origen romance, alterada fonéticamente en vasco y propagada luego por pastores de lengua vasca, pues dicho adjetivo parece ser préstamo del bearnés “secalh”, catalán “secall” (persona seca y delgada)… el origen prerromano de segail.a (cabra de un año) y el parentesco con el adjetivo “segail”… me parecen ambos posibles… A modo de disyuntiva pues salta a la vista que sekail/segail no es otra cosa que el bearnés “secalh” (personne maigre, sèche, osseuse et mince, branche morte, bois mort…) catalán secall… derivados evidentes de “siccus”. Añade que ello es compatible con la idea de Rohlfs de derivar de ahí “segalla, cabra pequeña” pues los vascos han desempeñado un gran papel en el pastoreo pirenaico… nuestro vocablo “segallo”, cualquiera que sea su etimología remota, es pues un término pastoral vasco o vasconizado que el pastoreo ha propagado hasta Cataluña y Andalucía”. Considera que el sardo “sakkaya/-ayu”, forma moderna “saccaia” (pecora o agnello di un anno, capra di un anno) es probablemente un antiguo catalanismo y es verosímil que resulte del romanismo vasco “sekail” aunque una etimología prerromana no puede descartarse.

Otros datos posibilitan plantear una hipótesis diferente sobre el origen de la palabra vasca segail.a (cabra de un año).

El Oseta es la lengua de la república de Osetia del norte de la federación rusa. Sus dos variantes principales, iron y digor, pertenecen a la rama nororiental de las lenguas iranias. El oseta, no obstante las múltiples influencias lingüísticas a través de los siglos, continúa directamente la lengua alana, una parte de cuyos hablantes invadieron en el siglo V n.e. Francia y la Península Ibérica, en unión de suevos y vándalos. No son pocos los topónimos que hacen referencia a la presencia alana en Francia y no faltan en España (alanis, alano, alange…). Precisamente en el escudo de armas de la ciudad de Alano figuran dos perros de esta raza, que acompañaban a los guerreros alanos (noticia de L. Arys-Djanaïéva). El nombre propio “alain” también abunda en Francia.

Pues bien en oseta-iron, cabra es “saegh” (ae, una a breve tirando a è y gh, una r “grasseyée”). Y en oseta-digor, “saeghae”. Desconozco si esta raíz se encuentra en otras lenguas iranias (no en farsi, v.g. donde cabra es “boz”).

En Bernard Le Calloc’h “Des asiatiques en Hongrie” y en L. Arys Djanaïéva “Parlons ossete” figura un corto léxico alano-húngaro, de un monje misionero húngaro, enviado a traer al redil de Roma a los alanos húngaros establecidos en Hungría desde hacía más de dos siglos (estamos ahora en 1442). Estos alanos eran los jász del monte Pilis (jász.ok, en húngaro) y eran paisanos-soldados, al servicio del rey.

En este léxico, la mayor parte de los vocablos son muy semejantes a sus correspondientes del oseta moderno y en especial al más arcaico digor. La forma para cabra es saka, muy semejante a los términos oseta actuales y también al segail.a vasco.

Podría pues afirmarse, como hipótesis, que una palabra igual o semejante para cabra fue traída, cuando las invasiones bárbaras, por los alanos. Como en vasco el término para cabra es a(h)untz, bajo la influencia del adjetivo segail, sekail, tan parecido a las formas alano/osetas (y por la fácil extensión de su significado a un ser, en concreto un animal, delgado y de poca carne por su pequeñez) en contacto con la palabra bárbara se aceptó para cabra joven, en el caso, de un año, la palabra alana, modificada fonéticamente por el vasco segail. Así tenemos el par a(h)untz.a (cabra adulta), segail.a (cabra de un año).

Y aquí podríamos finalizar, por lo de ahora, esta ficha. Sin embargo quiero aportar los datos de otras dos lenguas, muy lejanas en el espacio y en el tiempo histórico de lo consignado. Se trata de dos lenguas africanas. Una, el pular, lengua de los pastores peul, pastores de bóvidos, procedentes, según la mayoría de los especialistas, del valle del Nilo, en época muy antigua, prehistórica, a través de un Sáhara húmedo. Los grabados rupestres de Tassili y de Hoggar se atribuyen a ellos o a sus antepasados. Hoy constituyen una diáspora en el espacio geográfico sudano-saheliano.

En el pular de Guinea (pular de Fouta Djalon, único del que tengo datos, entre las seis áreas dialectales pular) carnero es “sākā.ri” (ri es el grado 2º del sufijo de clase ndi) y macho cabrío (bouc) es sīkūli.ri. La semejanza de los signos lingüísticos pular (del significante y del significado) con los lexemas considerados anteriormente, salta a la vista. El pular forma parte del West Atlantic Group.

Veamos ahora el soninké, perteneciente al grupo de lenguas mandé, y que se habla en un rectángulo sobre Malí, Mauritania, Senegal y Gambia.

El vocabulario soninké que interesa a esta ficha es: sugu “caprino”. SuGu-yaxare (a(h)untz, cabra). Yaxare significa mujer y sirve para distinguir el género del animal. Sugu.llemme (cabrito, chevreau), sugu.nu (têter, sucer). Podemos contemplar sintéticamente las semejanzas en un cuadro:

 VASCOOSETAALANOPULARSONINKÉ
CABRAa(h)untzsaegh,saeghaesakasākā (carnero) sīkūli (macho cabrío)sugu
CABRA UN AÑOsegail   sugu

Explicaciones caben varias, por la vía de los préstamos que pueden ser antiquísimos, teniendo en cuenta el papel fundamental de los rebaños de ovicápridos en la historia de la civilización.

EXPLICACIÓN DE ABREVIATURAS:

  • AN, BN (Alto, Bajo Navarro)
  • B, G, (Bizcaíno, Guipuzcoano)
  • R, L (Roncalés, Labortano)
  • S (Suletino)

En relación con lo anterior, menciono el nombre en burúŝaski de la cabra: tsigir. Pero es puramente especulativa, la causa de la mención, como diría J. Caro Baroja es el “sonsonete”, pues sobre la fonética histórica del burúŝaski, lo poco que se conoce, lo desconozco. Y tener ese nombre en cuenta, sin más, podría llevarnos a la falsa y archiconocida comparación del inglés “bad” y farsi “bad”, ambas “malo”. Otro caso análogo es el alemán ziege/tsīge/cabra, resultado de las leyes de mutación consonántica (lautverschiebung) del germánico y del A. A. A. Pie*/deiĝheaz (M. E. Huld “Basic Albanian Etymologies”, 1984, pág. 59). Comentario a albanés DHI “she goat”. Relación con (glosa de Hesiquio) griego dialectal didsa (aiks, goat) y con alemán ziege.

A. Dolgopolski “The Nostratic Macrofamily”, 1998. Nº 43 *Diqa(goat)pie * Digh/*Dik griego dialectal didsa, albanés dhi, A. A. A. ziga. 

Para una revisión de los nombres euroasiáticos de la cabra, la ficha que será dedicada al vasco a(h)untz, cabra. También queda para otra ocasión la relación entre el “sugu” soninké y el latín “sūgū” (chupar, sucer), verbo que solo se encuentra en el indoeuropeo occidental.

FICHA LINGÜÍSTICA Nº DOS

SOBRE EL NOMBRE PROPIO AINOA Y SU SIGNIFICADO.

1.     Nombre propio vasco, con origen en el país vascofrancés (Iparralde).

2.     Nombre de un pueblo del Labour.

3.     Epiclesis mariana de un santuario en dicho pueblo.

Comencemos con Ernout-Meillet, DELL, páginas 748-749. “Ūnus-a-um (de oinos…). Un, un seul, unique… S’oppose à alter, à duo, en général à tout nombre pluriel; a servi à designer l’unité, sens dans lequel il a supplanté la racine X sem… et, par contre, dans le sens de seul a été éliminé par sōlus ou renforcé par lui: ūnus sōlus… L’utilisation secondaire de ūnus pour désigner l’unité, le nombre un, explique que les adverbes et les adjectifs ordinaux et distributifs soient empruntés à d’autres racines… L’ancien nom de l’unité, qui subsiste dans des mots tels que simplex, singuli, a disparu à l’état isolé. Pour obtenir une expression plus forte, on l’a remplacé par le mot significant unique, de même qu’en celtique, en germanique et en baltique… Lat. ūnicus est fait comme v. sax. ēnag (seul)…”

Por lo que hace referencia al griego antiguo, P. Chantraine, DELG: voz eīs (página 326): ”nom de nombre, un, etc… Sens: un, parfois unique… On a peu a peu et en grec tardif l’emploi de eīs comme indéfini…”. Voz óinh (página 784): “L’as au jeu de dé… Radical expressif, signifiant unique, distinct pour le sens de * sem de eīs, un…”.

BÁLTICO LETÓN

Número cardinal viens, viena: uno (1). Vienīgi (únicamente, solamente), vienīgais (solo). Viens, viena también se emplea con el significado de solo-a y de alguien.

LITUANO

Víenas, vienà (numerativo cardinal uno, 1). Víen (únicamente), tìk (solamente).

URÁLICO. LENGUAS FÉNICAS.

A) Estoniano: üks (un, uno, una). Üksi (a solas). Üksik (solitario). Üksindus (soledad). Y ainus (sólo, único). Ainus kord, poeg (única vez, único hijo). Ainuke (único). Ainuabielu (monogamia). Ainsus (singular). Ainult (solamente). Ainulaadne (único, excepcional, singular).

B)  Finés: yksi (un, uno, una). Yksiainoa (uno solo). Yksinomainen (exclusivo, único, solo). Yksiainoa tapaus (un único caso). Ainoa (único, solo). Ainoastaan (solamente, solo). Ainokainen (ainoa lapsi) (hijo unigénito). Ainutlaatuinen (señero, singular, extraordinario, único en su género). Ainut laatuisuus (unicidad, singularidad).

DAVVISÁPME (Same del norte).

Okta (1). Dušše (solamente, únicamente). Beare (solamente). Pero áidna (único).

HÚNGARO

Egy (1, un, uno). Egy emberként (como un solo hombre). Csak egy.re kér (no te pido que una cola cosa). Egyedül (solo). Egyedüli (único, solo).

KOMI (fínico-permiano).

Öti (1). Ötik (único).

LENGUAS ESCANDINAVAS. Por ejemplo:

Islandés: einn (1). Einka- (mono/único).

Sueco: ett (1). -e)n/-e)t (artículo indefinido). Enastående (único, excepcional). Enda (solo, único). Endast (solamente).

Noruego: en (1). En/et (artículo indefinido). Eneste (solo, único).

ALEMÁN

Ein, eine. Einzel. Einzig… Antiguo alto alemán (A. A. A.): ein (uno, alguno). Einag/einac/ainac/einec/einig (único). Eino (solo).

Gótico: ains, aina (femenino): 1 (cardinal) usado en plural significa solo.

TURKO

Bir (1). Biricik (único).

ESLAVO

Por ejemplo:

–         Ruso: odín (1). Ediniǐ (único).

–         Croata: jedan (1). Jedini (único). Jedino (únicamente).

VASCO

Bat (1) y (uno, una). Bakar (único). Bakarrik (solamente).

K. Mitxelena “Fonética histórica vasca”, 1990, página 105: “el diptongo ei ha dado i, sin excepción, en inicial absoluta…”.

Conclusión de los ejemplos consignados.

Vemos como en latín y griego surge una palabra más fuerte y expresiva (por las causas resumidas) con el significado de único. En báltico, escandinavo, húngaro, komi, turco, eslavo y vasco, vistos en sincronía, una sola raíz con diferentes sufijos derivativos o raíces próximas, con modificaciones diversas, reflejan la distinción un-una-uno/único. En estoniano y finés, las raíces urálicas reflejan predominantemente la unidad mientras que en Ainoa o en los compuestos con Ainoa se destaca fuertemente el valor “único, singular, señero”. En same o lapón del norte hay una raíz para la unidad, dos para la idea de soledad y otra, áidna (para único). 

Si ahora consideramos las variantes germánicas para “único”, me atrevo a hipotizar un préstamo del término “aino” en finés y estoniano de una lengua germánica. Y en el caso del nombre propio Ainoa, una epiclesis o epíteto mariano, de origen germánico, que se mantuvo, sin ser comprendida por la población vascófona. Quizá la a final sea el caso nor de *aino. Así Ainoa significaría “la única”. Probablemente el nombre del santuario nombró secundariamente a la localidad. En cualquier caso, el nombre propio presupone la epiclesis mariana. Naturalmente el nombre propio, tal como nos ha llegado, ha sido fonéticamente adaptado al vasco.

FICHA LINGÜÍSTICA Nº TRES

VASCO: alu (vulva) alu.keria (coito, cópula. Faena, putada). Calificativo despectivo: auto alu hau berriz gelditu da (esta mierda de coche se ha parado de nuevo). Sasi.kume alua! (maldito bastardo). Alua! (aproximadamente francés: con!).

Palabra, si no me equivoco, aislada en el léxico vasco. Para una pronunciación de alu con L retroflexa, ver K. Michelena “Fonética Histórica Vasca”, 1990, pág. 550.

Lo primero es examinar si es palabra patrimonial vasca (con independencia de que pueda ser un préstamo de una lengua euroasiática) o un préstamo del latín o del romance. 

En el primer caso, teniendo en cuenta el paso de L antigua a R entre vocales, habría que postular una L fuerte que no sufrió el proceso de lenición de la L tenue. En el segundo caso, si fuese un préstamo antiguo del latín, valdría la misma explicación que no sería necesaria en el supuesto de un préstamo reciente o del romance. En cualquier caso, como alternativa a la L fuerte, podría pensarse en una L tenue mantenida por un especial uso expresivo o interjectivo del vocablo. Una duda que surge, previa del examen del étimo latino que podría ser la fuente del préstamo, es si la A de alu es original o alterna con K inicial desaparecida. *Kalu la vincularía directamente a la base o bases que veremos después, sin pasar por el latín. La vocal inicial original nos remite a latín aluus-i (vientre o más bien cavidad intestinal del ser humano o de los animales, también útero: “aluus, venter feminae”. Ver Ernout-Meillet, DELL, pág. 25). Antiguo nombre técnico. No hay derivados romances. “Emparentado sin duda con el griego aulós”.

Griego antiguo aulós. Pierre Chantraine, DELG, pág. 140: “Tubo hueco y alargado. Empleo con diversos significados técnicos. Clásico”. Neogriego aulós (flauta).

En relación con latín aluus y griego aůlós: latín, caulis, (Ernout-Meillet, DELL, pág. 107). “En baja época caulus: tallo de las plantas, después por metonimia, la misma planta. Y todo objeto parecido a un tallo, especialmente la verga, como griego kaulós. Antiguo. Usual. Un préstamo del griego es poco probable”.

Sobre el griego kaulós (P. Chantraine, DELG, pág. 506) “tallo por oposición a stélejos que se dice de los troncos de árbol. Pene. Término técnico. Antigua palabra que se encuentra en latín y en báltico. “No se saca nada del hecho de que aulós rime con kaulós”. Pero en el comentario a aůlós, concluye: “se han observado los dos pares paralelos aulós/kaulós y lituano aūlas y káulas. ¿Se trata de un azar o de un procedimiento de formación?” Aunque la alternancia vasca de K/cero en posición inicial se deba a caída de la oclusiva y, por lo tanto, no tiene que ver con el par griego y un eventual recurso utilizable en la formación del léxico, reclama la atención sobre la variabilidad en esa posición y que según las diversas lenguas afecta a diferentes fonemas.

Procede ahora examinar una base o segmento fónico que como palabra independiente se halla presente en lenguas de las familias más diversas y que podemos llamar base universal, al encontrarse aquí y allá, un poco por todo el planeta. Y digo base por lo siguiente: si llamamos radical a una raíz que puede existir independiente como palabra, raíz, a la que necesita necesariamente afijos de flexión y tema, a una raíz con sufijos derivativos, a menudo en sincronía no estamos seguros de cómo transcurrieron las cosas diacrónicamente. Una palabra actual puede haber sido afectada por procesos de derivación y de composición o fusión con otras palabras o partículas o de supresión o añadido de segmentos fónicos. Cuando partimos del nivel cero de las lenguas históricas, seguimos luego por el nivel 2 de reconstrucción de una protolengua (v.g., el germánico, pasando por niveles intermedios, 1 o más, entre la lengua histórica y la protolengua), continuamos con el nivel 3 indoeuropeo (que a su vez se subdivide) y finalizamos con algunos en el nivel 4 del nostrático, las raíces presentadas, sobre todo a partir del nivel 3 y ya no digamos, si nos situamos en el nivel 4 del nostrático, son símbolos de correspondencias y no segmentos fónicos reales. Los investigadores del vocabulario nostrático, con un ojo en las lenguas históricas y otro en las reconstrucciones de los diccionarios del tercer nivel, correspondientes a las diversas familias, indoeuropea, urálica, dravídica… muestran listas de “Nostratic words” que luego encuentran en las lenguas actuales. Encuentro inevitable pues el círculo vicioso es patente. Por no mencionar las grandes diferencias entre los resultados de dichas investigaciones. ¿Cómo podemos estar seguros de la existencia de una palabra nostrática con una determinada realidad fónica? La respuesta es que no podemos estarlo. Ni siquiera de la existencia de esa palabra en tanto que nostrática por la ausencia de pruebas convincentes que acrediten la existencia de la lengua nostrática con sus descendientes indoeuropeo, urálico, dravídico… Los críticos con la hipótesis nostrática han argumentado abrumadoramente en contra, poniendo sobre todo de relieve el papel sobresaliente del préstamo lingüístico y de sus asombrosos efectos en la difusión de vocablos. Sin perjuicio de dedicar futuras fichas a la cuestión nostrática, me apresuro a escribir que negar la realidad histórica del nostrático no implica negar la validez de las correspondencias recogidas entre las diversas lenguas. Al contrario. Estas en conjunto son innegables, y no sólo debidas al préstamo o, en su caso, al azar. Resulta que esas correspondencias se encuentran abundantemente en lenguas que nunca han sido consideradas nostráticas por los nostratistas. De hecho, se podría afirmar que todas las lenguas, incluido el vasco o el vitota (lengua hablada en Colombia) son nostráticas, lo que aniquila la hipótesis. Traigo aquí unas luminosas palabras de Ch. Ehret, autor de un diccionario etimológico de raíces nilosaharianas. En “Nostratic: examining a linguistic macrofamily”, 1999, pág. 109 y siguientes, escribe: “Hipotizamos la existencia de un lenguaje protohumano original. La historia usual del vocabulario en las lenguas reales consiste principalmente de remorfologizar raíces existentes, reconfiguración del alcance semántico de las palabras existentes en el lenguaje, abandono de palabras por el uso y adopción de palabras de cuando en cuando de otros lenguajes. Comenzamos con un lenguaje humano original, con un léxico inicial de quizá diez mil/veinte mil palabras, como es característico de lenguajes hablados en épocas más recientes. Este lenguaje proveería la mayoría de los materiales para ser reorganizados y morfológicamente modificados de varios modos en el resto de la historia de la humanidad. Proveería las palabras retenidas en un particular lenguaje. Sería también la última fuente de palabras prestadas de un lenguaje a otro en tiempos más tardíos. Ocasionalmente nuevas palabras podrían ser creadas completamente de nuevo, y en el tiempo largo de la historia del lenguaje el cuerpo de palabras así creado podría llegar a ser relativamente numeroso. Pero incluso incluyendo acuñaciones onomatopéyicas, este elemento no sería probablemente dominante en la contribución que viniera del “stock” original de palabras”. Suscribo íntegramente lo anterior, únicamente pondría mayor acento en la creación de nuevas palabras, aparte las onomatopéyicas, al encontrarse los pueblos en el curso de su vida histórica con nuevos referentes, palabras en las que el vínculo inicial con el “stock” de partida, en virtud de complejos fenómenos de la historia del lenguaje, resulta invisible. Pues bien, en ese trabajo, Christopher Ehret presenta una lista, convincente lista de más de doscientas raíces nostráticas y sus correspondencias en nilosahariano y congo-níger (bantú). Del resultado se deduce “la inclusión del nilo-sahariano y níger-congo en el nostrático” con el mismo fundamento que otras familias que siempre se han considerado que pertenecen a él. Lo que revelan estas correspondencias es “la posibilidad de realmente estar tratando con un vocabulario humano muy antiguo”. No llamemos nostrático a lo que realmente es universal o pan humano.

Y añade Ehret que las correspondencias constatadas son demasiadas y demasiado específicas para tratarse de azar (demasiado valorado por algunos antinostratistas que arrojan al río la cesta con el contenido).

Entresacamos de Koldo Mitxelena “Lenguas y protolenguas”, 1990, las siguientes afirmaciones. En relación con los problemas planteados con la reconstrucción de las protolenguas: “Confusión entre lo ontológico y lo metodológico… Ciertas características del indoeuropeo se siguen de los métodos empleados en su restitución… Notaciones algebraicas de la protolengua y no las formas reales…” “Ciertas características de los resultados a que llegamos están prefiguradas y contenidas en los métodos que usamos para alcanzarlos… Los métodos que se utilizan para su restitución, están concebidos desde su raíz para conseguir una protolengua uniforme… Una protolengua es incompleta por constitución… ¿Hasta qué punto es verosímil que hayan existido estados de lengua de los cuales pudieran deducirse nuestras formas reconstruidas mediante la aplicación de unas reglas de transformación?… Si… nos interesa estudiar las propiedades generales de las protolenguas reconstruidas… más cómodo y eficaz es estudiar los métodos de que nos hemos valido… Ingenuo pensar que estos no han tenido intervención en las propiedades de un objeto que han modelado a su propia imagen y semejanza… La posibilidad de descuidar a partir de cierta distancia la distinción entre formas heredadas y préstamos”. Pág. 54 “si queremos adivinar cómo eran en cuanto a sus características generales las lenguas prehistóricas cuyo conocimiento directo nos está vedado, no tenemos que mirar a ninguna reconstrucción, por ingeniosa y relativamente completa que sea. Lo que debemos contemplar es algo que está mucho más cerca de nosotros, las lenguas que se hablan… Las que una larga serie de testimonios históricos ofrece a nuestro estudio. Podemos asegurar, sin mayor temor de errar, que las lenguas prehistóricas no podían ser muy distintas de éstas”.

Antes de proceder al examen de la base indicada al comienzo de esta ficha, “en las lenguas que se hablan” y, en general, en las lenguas históricas, surge una cuestión previa: con relación a una lengua concreta, muerta no conocida en su desarrollo a través del tiempo, ¿cómo podemos saber que la igualdad de dos formas de sendas lenguas no es fruto del azar y, sobre todo, de una evolución desconocida de una forma en origen muy diferente? Un ejemplo muy conocido es la palabra bad en inglés y en persa. En ambas significa “malo” pero, aparte el parentesco IE de ambas lenguas, la palabra farsi es fruto de una diacronía que transformó una raíz muy diferente en una palabra idéntica a la inglesa. Esto ocurre con frecuencia. Por ello la respuesta es que en un número de casos no lo sabemos. Pero el desconocimiento afecta a una raíz concreta, no a la totalidad de la muestra. La verdad del conjunto es estadística. Y cuanto más amplia es la muestra, más asegurada está la existencia de la base, no afectada por lo que pueda suceder en los casos concretos.

Veamos entonces esa base que calificamos de universal. La muestra, como es evidente, al tratarse de un trabajo individual y sin medios tecnológicos, se halla limitada por el horizonte de conocimientos de quien esto escribe. Pero abarca lenguas muy diversas y creo que es significativa y susceptible de aumentar grandemente si se examinase un mayor número de lenguas, y más a fondo las estudiadas. Se trata, pienso de una base muy antigua en el lenguaje humano, antigüedad asegurada, no ya por su extensión, sino por su semantismo fundamental para los humanos. 

Su semántica comprende desde la denominación de seres y parientes femeninos hasta la de genitales y en general “partes pudendae” o “aidoa” de ambos sexos, especialmente femeninos (incluído el útero).

DRAVÍDICO

Kurux: alī (woman). Gond: ālī (wife). Ku: ālu (woman). Telugu: -ālu (sufijo femenino). Āli (wife). Tamil: -al (sufijo femenino), il(l)āl (house wife). (También kurux: al (man) y tamil: āl (persona).

HURRITA (relación con lenguas caucásicas ?!)

Ēl = ardi (parientes femeninos). Alla = i (dama, reina). Eli (hermana). Šali (hija).

ČEČENO-INGUČE (caucásico del nordeste).

Nuskel, nuskal (prometida). Qal sag (mujer)

RUTUL (caucásico del nordeste)

Xhîle (mujer)

GEORGIANO

Tsoli (wife). Kali (mujer). Tsiali (womb). Asuli (fille).

COPTO

Alo, aloy, plural alaye, arooye (doncella).

POLINESIO

  • Maorí

Pali (sexo de la mujer). Ure (pene)

  • Hawaiano

Kali (vagina)

  • Tuvalu

Ule (pene)

BURÚŠASKI (lengua aislada del norte de Pakistán)

Ṣuli (prepucio)

SUMERIO

Gal4 (-la) (pudicia, vello púbico, genitales femeninos). 

Sal (mujer, esposa).

DJOLLA (importante lengua de Casamancia, Gambia y Guinea Bissau).

Ale, ahle, alin (mujer), al (esposa), aly.om (un hermano a su hermana y viceversa) frente a aty.om (un hermano al hermano o una hermana a la hermana).

URÁLICO

  • Finés: käli (cuñada, hermana política), elin (órgano anatómico).

                        Kalkku (testículo).

ESTONIO

Käli (cuñado/a)

ALTAICO

  • Turco: gelin (novia, nuera)
  • Vigur: Kelin (id).
  • Kirgiz: alîš (canal), ayal (mujer).

                        Kalîň (prix dela fiancée).

                        Kelin (joven nuera, prometida, muchacha).

  • Oseta (iranio): sîl (femelle).
  • Kaqčikel (maya): ?ali? (nuera).
  • Nahua.tl: auil.li “juego, placer sexual” (li es formante nominal)

LATÍN. GRIEGO.

Además de aluus y aůlós, examinados al comienzo de esta ficha:

Latín

Glōs, glōris (cuñada) (ver Ernout/Meillet, DELL, pág 277).

Griego

Galóos (esposa del marido) P. Chantraine, DELG, pág 208: “término de parentesco que distingue, según sistema indoeuropeo, la familia del marido y de la mujer”.

Ambos citan eslavo zŭlŭva, hoy ruso, zolóvka y cróata zaova (cuñada)

También latín oulua (las glosas solo conocen uulua), (vulva, matriz). Ernout/Meillet, DELL, pág 751: “ōs mātricis, mulieris natura”. Término técnico y popular. Tiene otros significados. No etimología clara. También latín glāns y griego bálanos y sus correspondencias en armenio y viejo eslavo, hoy ruso žëlud’ (glande, bellota) y neogriego válanos (bálano).

Nostrático de la macro familia nostrática se considera, en general, que forman parte las familias afroasiática, oravídica, kartvélica (caucasiano meridional), urálica, altaica, indoeuropea, gilyak, chukchi-kamchatkan y eskimo-aleutiana. Su “homeland” se sitúa, según los autores en Anatolia central u oriental o en el “fértil creciente”, “justo al sur del Cáucaso” (A. Bomhard). Según este autor (véase “Reconstructing protonostratic”, 2008, volumen I, pág. 241: “The unified nostratic parent language” puede ser fechado entre 15.000 y 12.000 a.n.e. Alrededor del 12.000 a.n.e. comenzó su expansión y, alrededor del 10.000 a.n.e. varios grupos dialectales distintos.

Quiero expresar que, si bien aquí no es objeto de examen la hipótesis nostrática en toda su complejidad, solo en lo necesario a los efectos de la base considerada, la cronología fijada es insoportablemente corta y un argumento importante, la necesidad de una cronología mucho más larga, contra la misma. Lo veremos en fichas futuras.

Pues bien, parte de las bases mostradas anteriormente son agrupadas por los nostratistas bajo diferentes raíces nostráticas. Por citar dos investigadores: Aharon Dolgopolsky, “The nostratic macrofamily and linguistic paleontology”, 1998, pág. 85-86, entrada nº 109. “*Kälu/ü. A woman of the other exogamous moiety (female relative in-law, bride)”, con reflejos en hamito-semítico, kartvélico, indoeuropeo, urálico, altaico y dravídico. “The meaning bride groom, male relative in-law are demonstrably secondary and are due either to broadening of meaning (by eliminating the semantic element of female sex) or to back formation”. Allan R. Bomhard en “Nostratic examining a linguistic macrofamily”, 1999, pág. 65, dice que “ésta es una fuerte etimología”. El mismo Bomhard, en su obra monumental antes citada, volumen II, pág. 372: nº 352 “*Khal, female in law (reflejos en protoasiático, dravídico y urálico. Y pág. 445: nº 421, “*k’el, female in-law, husbands sister” (reflejos en indoeuropeo y altaico).

Pág. 529, “* q’aly/q’ðly. Sexual organs, genitals, private parts male or female”. Reflejos en afroasiático, kartvélico, urálico, chukche e indoeuropeo (*k’el-th/kḷ-th (vulva, womb)).

Como puede fácilmente compararse, la base que hemos recogido en las lenguas de las más diversas familias lingüísticas y que nombramos kali/ali por su más general ocurrencia sin pretensión de reconstrucción científica alguna, simplemente para identificarla provisionalmente en un inventario de bases universales de “un lenguaje humano muy antiguo” (Ehret), coincide aproximadamente con los términos nostráticos reconstruidos. Pero, repito, aquí no interesa si kali/ali (palabra independiente o segmento de otra, con su espectro de variaciones en las diversas lenguas) es el resultado histórico de la evolución de una o más raíces emparentadas o no (lo primero es lo más probable) y si éstas pueden ser reconstruidas en los diversos niveles de las protolenguas. Lo que nos interesa es la búsqueda de “universales” que revelen niveles muy antiguos en la evolución del lenguaje humano, en una larguísima historia de relación lingüística de decenas de miles de años (salida de África) de todas las lenguas humanas, en consideración de la cual la separación de las lenguas aborígenes de América, por el cruce del estrecho de Behring, hace veinte o veinticinco mil años, se puede considerar reciente.

Por otro lado, al desbordar ampliamente la base dicha el ámbito del nostrático (recuérdense las reflexiones de Ehret), se deduce o que todas las lenguas son nostráticas (lo que acaba con la hipótesis nostrática) o se contraargumenta que el nostrático comparte términos con otras familias o macrofamilias lingüísticas por lo que habría que remontarse al nivel de otra protolengua más antigua. Sin olvidar las palabras de K. Mitxelena, me parece difícil probar un núcleo privativo del nostrático, una raíz nostrática que no sea reconocible con claridad en las más diversas lenguas.

Finalmente volvemos a nuestro alu vasco. El vasco, lengua no nostrática, presenta como veremos en próximas fichas, términos comparables a los nostráticos y que no se deben a la mediación indoeuropea. En este caso concreto pienso que es probable un préstamo del latín aluus, con un significado técnico, y que posteriormente adquirió un valor interjectivo, ya en ambiente vasco. El no rotacismo de la L quizá se explique por la historia particular de una palabra de significado técnico, sin derivados romances.

FICHA Nº CUATRO

VASCO

Ur.txintx.a (ardilla) (/určinč/). En realidad UR es la raíz objeto de comparación, pues /činč/ es una parte del nombre compuesto, a modo de un epíteto o atributo, y A es el caso nor, mal llamado artículo.

Suletino: üršanč (ardilla), an/činča/mari (sanguijuela), G/činč/.a (columpio, balancín), B/činč/ (alerta, atento, vigilante).

Vasco común: txintx egin (sonar las narices), BN: ur.čiz (/s/) (estornudo, también vasco común ur.txintxa, estornudo). Estos significados de estornudo de /činč/ seguramente se deben a una confusión con una base onomatopéyica /čis/.

An. Kata.p.urtxinx (ardilla). Katu (gato).

ESPAÑOL

Ard.illa. Corominas, dcech, TM a-ca, pág. 319-320: “ard.illa, diminutivo del antiguo harda, palabra común al castellano, bereber, hispanoárabe y el vasco, de origen no latino” señala que en la documentación peninsular aparecen formas con aspiración y sin ella y que las formas valencianas confirman el carácter aspirado de la H inicial de harda. La comparación con el vasco, gipz. katarde, se limita a este vocablo que él mismo reconoce que no está demasiado bien documentado. Por lo que se refiere a las formas vascas encabezadas por urtxintx, manifiesta que “tampoco está clara su etimología. Es una madeja enmarañada”. En relación al bereber, consigna el lexema ?a¿árda/?agárda, ratón campestre, ratón. Y considera razonable agregar el castellano garduña. Recoge “hardones” como las crías que pare la harda.

(Antes de seguir adelante, quiero recordar una observación de R. Dor quien en su obra sobre el kirgiz recuerda una distinción de W. Quine “partes del animal” y “momentos del animal”, y escribe que el nombre no recoge con frecuencia una característica física de X sino “derrière de lièvre dérangé dans son activité favorite” o “devant de lièvre broutant paisiblement”, es decir, una imagen de un estado o actividad característica).

Veamos en primer lugar los datos del griego y del latín.

GRIEGO ANTIGUO

Skíourus (ardilla), que puede hacerse sombra con su cola, compuesto posesivo de skiá y ȯurá. Que pasó al latín (sciūrus) (Pierre Chantraine, DELG, pág. 1017). Ernout/Meiller, DELL, pág. 603: del latín popular *scūriolus, disimilación del diminutivo *sciūriolus, el francés écureuil.

Nombre científico: sciurus vulgaris. Los nombres romances de la ardilla (salvo el español) tienen ese mismo étimo latino: catalán, esquirol; italiano, scoiottolo; gallego, esquí(l)o; portugués, esquilo.

Neo grego, skīourus. Inglés (a través del francés), squirrel.

LATÍN

Vīverra

Ernout/Meillet, pág. 742 del DELL. Nombre de mustélidos (furet, belette/hurón, denociña). Cita también *vīverrica (belette) y *vīverrula (écureil) que sería el sentido antiguo. “Pero los nombres de los animales salvajes están mal fijados”. “Palabra expresiva que recuerda nombres de la ardilla en lenguas indoeuropeas”. “Formas redobladas de tipos varios cuya raíz es *wer. La raíz podría ser la que figura en griego a(╒)eíro (elevo) y aǐωrā (balançoire, balancín o columpio) (vasco txintx!).

GRIEGO ANTIGUO

Aeíro. P. Čantraine, DELG, pág. 22, “ático aïro. Elevar, tener suspendido… Es necesario vincular con áïro un cierto número de términos notables por el redoblamiento expresivo ╒ai y el vocalismo radical omega. Hay que partir de *╒ai-╒or-éω, empleado sobre todo en pasiva, estar elevado, suspendido… al activo, balancear. Aiwra (balancín, hamaca o acción de balancearse) en lo que concierne la etimología IE, la A inicial de ‘a╒er es una prótesis o un ǝ2. Ninguna etimología establecida”.

LENGUAS URÁLICAS

Finés: or.ava.

Estonio: or.av (ava, av tiene seguramente la misma relación con OR que en vasco /činč/ con UR).

Komi (lengua urálica de la Federación Rusa): ur.

Mordvino mokša (lengua urálica de la Fd. Rusa): ur.

Pero udmurto (lengua parecida al komi, pero con un vocabulario que puede ser muy diferente): kon’î.

Davvisápme (Same del norte, Laponia): oar’re.

LENGUAS ESLAVAS Y BÁLTICAS.

Salvo el ruso y el búlgaro, las correspondientes denominaciones de la ardilla son descendientes de la forma redoblada de raíz IE, que se recoge en el comentario del latín vīverra.

Checo: veverka.

Eslovaco: veveritsa. 

Esloveno: véveritsa.

Cróata: vjeveritsa (vérati, trepar).

Polaco: wieviór.ka (ka es sufijo formación nominal).

Letón: vávere.

Lituano: voveráite.

Excepciones:

Búlgaro: kateritsa (katèrya, escalar, trepar). Debe ser un turquismo: v.g., kîrgîz: kötör (elevar, trepar). Lo mismo albanés, ketri.

Ruso: bélka (ardilla). Béličiį (adj. propio de ardilla). Vertetétsa (kružitsa) kako vélka v kolesé (dar vueltas como la ardilla en una rueda).

LENGUAS GERMÁNICAS (también provenientes del IE)

Anglosajón (compuesto): Ac. weorna. 

Noruego: ekorn.

Danés: egern.

El alemán eichhorn (holandés eekhoorn) se debe a una etimología popular (Ernout).

*Germánico: aįkwerna/īkwerna.

OTRAS DENOMINACIONES

El húngaro mokus: ¿relación con moka (broma, bufonería) o con mohó (ávido, glotón)?

Qechua, de San Martín (qechua 2): waywaš (ardilla), anotada sin pretensión alguna comparativa, simplemente por la curiosidad de una forma que parece redoblada.

Nostrático: A. Dolgopolski, “The nostratic…”, 1998, pág. 49. – Nº 5/?/h ur▼(-ba) [▼, símbolo por vocal no identificada], squirrel or similar animal”. Reflejos afroasiáticos, urálicos, indoeuropeos, dravídicos. Bomhard en “Nostratic…”, 1999, en el comentario a esa raíz la considera “no convincente”, y de hecho no la recoge en su “Reconstructing…”, 2008.

A la vista de todo lo anterior, queda sin decidir si la raíz urálica y la indoeuropea están relacionadas y, si lo están, el tipo de relación. En cuanto al vasco UR me parece que no tiene nada que ver con el hard de ardilla. Parece probable en cambio una relación, con el urálico or/ur, probablemente un préstamo. Incluso el paralelismo del “epíteto” /činč/, ava, av, tenga /činč/ el significado expuesto o el onomatopéyico de imitación de varios ruidos (que escribe Traskl). En cambio para el ard con aspiración que se halla en la base de ardilla y de garduña (Corominas) me atrevo a proponer un acercamiento a un término afroasiático de tierra (v.g., afroasiático *?(e)r, árabe card, tierra). (Corominas: harda común al hispanoárabe y al bereber).

Starostin, en “Nostratic…”, 99, pág. 146, en el comentario a la base de Dolgopolski recoge un *örke túrquico “ground squirrel”, genérico para roedores terrestres (en turco, ardilla es sîncap).

En fichas muy posteriores, cuando el material recogido lo permita, expondremos una hipótesis sobre las condiciones geográficas e históricas de la posibilidad de préstamos en vasco del urálico (y del báltico).

FICHA Nº CINCO

VASCO

Kaio (gaviota argéntea).

Otras clases de gaviotas: kaio beltz, kaio hega.zuri, kaio illun, kaio moko-ori, kaio moko.zorrotz.

¿Vocablo patrimonial vasco o préstamo latino/romance?

Corominas, Dcech, Tm. 6/MA, pág. 130: después de mencionar el latín gāvia como palabra no clásica, quizá creación onomatopéyica del lenguaje de la decadencia, señala que vasco kaio procede del latín gavia o de un romance gavi(n)o, más que de gaius.

Ernout-Meillet, DELL, pág. 265: El latín gāius (francés geai, arrendajo) y el latín gāia (urraca, francés pie) denominaciones nuevas y muy tardías que reemplazan las antiguas de grāculus y pīca. Expresa la duda de si el cognomen gāius es el nombre del arrendajo utilizado como tal o viceversa.

Pág. 268, gāvia, ae. gaviota: palabra expresiva, no clásica.

G. Giacometti, “La lingua falisca”, 1963, pág. 179: “Kaios es exactamente el paralelo del latín gāius y del etrusco Kae”.

M. Lejeune, “L’anthroponimie osque”, 1976, pág. 131: “Nombres (prénoms) que latín y osco han heredado en común de un viejo stock itálico: *gāvyo, osco gavis, latín gaius”.

Descendencia romance

Catalán: gavina (gaviota), gaig (de gāius), arrendajo.

Italiano: gabbiano (gaviota), del latín gavǐa(m).

Gallego: gaivota (gaviota), gaivoteira (roca o lugar de la costa donde anidan las gaviotas), gaivotón (gaviota más grande).

Portugués: gaivota (gaviota), gaio (del latín gāius), arrendajo.

El tardo latín larus, relacionado o préstamo del griego láros: Pierre Chantraine, DELG, pág. 621: “pájaro voraz, probablemente gaviota”. Recoge la opinión que estima que pertenece a una familia léxica que significa “crier” (gritar), y que pertenece a una lengua de substrato. A. J. Windekens, DECL 6, pág. 139: láros lēros: “Vains bavardages” (parloteos vanos). Las dos palabras, láros y lēros, se vinculan en griego mismo a una raíz onomatopéyica *lā, lǝ1, de suerte que láros sería el “schreier” (el que grita). Piensa que en las dos palabras hubo una disimilación L – L → L – R, por lo que las dos formas se pueden unir a laléo (bavarder, parler) y lálos (bavard). “Hay así una explicación en griego mismo (por lo que es superfluo recurrir a comparaciones fuera del griego”.

Nombre científico: larus argentatus.

Neo griego: glaros (gaviota). Palabra antigua pero no clásica. Quizá cruce de láros con otra palabra como glarωnω (lo que explicaría la gamma inicial).

Examinemos a continuación el nombre de la gaviota en algunas lenguas de Eurasia:

  1. Vimos los descendientes romances del latín.
  2. El francés mouette es diminutivo del antiguo francés maoue, mauve, del germánico. Anglosajón, māev; alemán, möwe; holandés, meeuw; noruego, måke; danés, måge. El término germánico pasó al polaco, mewa.
  3. En varias lenguas urálicas hay un lexema muy semejante al vasco kaio: 

Estonio: kaja.kas (gaviota). También kaja (eco), kajama (resonar). (En kaja.kas, kas es un diminutivo).

Livo (lengua urálica de Letonia): kaja.gôz (gôz equivale en livo al estonio kas).

Komi (lengua urálica de Rusia): kaj (pájaro, volátil).

En báltico, tenemos el letón: kaija (gaviota).

En Davvisápme (Same del norte): mearra.lóddi (gaviota), es simplemente “pájaro del mar” (cfr. rumano… Di mare. Inglés: sea.gull. Vasco: kalatxori (gaviota), o sea, pájaro de la cala o caladero.

Podemos añadir el čukče (lengua paleoasiática del grupo luoravelan y hablada en la región autónoma de su nombre en el extremo oriente siberiano: j?ajak).

En quechua 1 de Ancash, gaviota es qiw.lla. Tal vez mongol, tsax.lǝg (lǝg es un antiguo sufijo).

  • Lenguas eslavas:

Ruso y búlgaro, čaįka.

Eslovaco, čajka. 

Como dice A. Tovar en su “Cuaderno de antiguo eslavo”, 1949, pág. 17: “Todas las africadas eslavas proceden siempre de guturales ie. Č, de KJ o de K ante vocal de la serie anterior ». Parece evidente una relación con el grupo anterior (ver también mordvino-šokša (lengua urálica): /čavkaks/ (un ave próxima a la corneja)).

Cróata: gaviota, srebrnasti galeb (argéntea X, no identifico el significado de galeb, relacionado seguramente con golub (paloma)).

  • Otras lenguas:

Finés: lokki.

Húngaro: sirály /širá.i/

Checo: racek.

Lituano: žuvedras.

Rumano: pecǎr.uș di mare.

Albanés: pulëdardhë.

Los términos lituano y rumano son transparentes, relacionados con la actividad de pescar. El lokki finés quizá esté relacionado con loddi (pájaro) en davvisápme. Pájaro es lintu en finés, lind en estonio. O con loika- (saltar, brincar), loikkia (dar saltos, brincos), movimientos típicos de las gaviotas.

El húngaro sirály, tal vez con una raíz sir (que implica quejido, lamento). Pájaro en húngaro es madár. El fonema /š/ húngaro continúa el correspondiente urálico. En checo ray.ka significa “ave del paraíso”, y en eslovaco, ray.ka es “garza real”. El albanés pulëdardhë, nombre compuesto, refleja la semejancia física con las gallináceas.

Apunto la hipótesis de que en turco, en el que gaviota es martî, el término kaja /kaya/ (roca, peñasco) que aparece también en uzbeco y en vigur, tenga con el urálico kaja, kai, la misma relación que gaivoteira con gaivota. Menciono también el hidrónomo rusomeridional kajala. En cambio el finés kallio (roca, peñasco) y el estonio kalju (roca, peña) se consideran un préstamo del germánico (cfr. gótico hallus (roca) de: heall (roca). Bonhard, obra citada, 2008, nº 401: *k’al (stone, rock)).

Me parece probable un préstamo del estonio o del livo en el letón kaija. En cuanto al vasco kaio no creo en un préstamo latino o romance procedente de gavia o gavi(n)o (kavea → había). En caso de ser un préstamo latino, gaius aparenta ser mejor candidato (con cambio semántico implicado), pero también es perfectamente posible un préstamo del urálico. En cualquier caso queda pendiente de explicar la relación, si no es fruto del azar de los términos latinos e itálicos en general con la raíz urálica y otras con ella relacionadas que vimos anteriormente. Finalmente, a la vista de los datos itálicos, no me parece que latín gavia sea creación onomatopéyica.

FICHA Nº SEIS

VASCO

Orein (ciervo). Orein andi (alce, “ciervo grande”). Elur.orein (reno, “ciervo de la nieve”). Adar (cuerno).

Este vocablo, evidentemente, no plantea cuestión alguna de préstamo, latino o romance. El problema es otro, su eventual relación con alguna de las designaciones euroasiáticas del ciervo. También hay que tener en cuenta para fijar la etimología de nombres de animales salvajes u objetos de caza, que es frecuente la prohibición de pronunciarlos, golpeados por un tabú, lo que supone su sustitución por nombres noa, con procedimientos de sinécdoque o metonímicos. Como escribe R. A. Miller “Languages and history”, 1996, pág. 17: “With animals names the world over, tabu-avoidance has frequently been responsible over the millennia for great amounts of lexical displacement, borrowing and reborrowing”.

En primer lugar, unas breves notas de fonética histórica vasca. K. Mitxelena “F. H. V.”, 1990, pág. 253: (en vasco) “La inicial es la posición de máxima inseguridad para la reconstrucción comparativa”. Pág. 252: “A pesar de que el vasco, al menos reciente, no es lengua prefijante, la inicial de cada forma nominal llegó casi a ser considerada como algo modificable, si era consonántica, y como un hueco susceptible de ser llenado por distintos pseudo prefijos, si era vocálica. Otra observación suya es la extraordinaria frecuencia en vasco de inicial vocálica precedida o no de H.

Sin detenernos ahora en las consideraciones de Martinet (oclusivas sordas lenes realizadas sin aspiración en posición inicial se sonorizaron. Y las oclusivas fuertes sordas realizadas con aspiración, P T K, pasando por espirantes sordas, llegaron regularmente a H y a cero, calificadas por Mitxelena (pág. 244, F. H. V) de verdad estructural). Constatamos la alternancia en vasco en posición inicial de K y cero (pág. 244). Michel Morvan “Les origines linguistiques du basque”, pág. 234 y ss. (y en relación con el urálico y el altaico), después de afirmar que “la cuestión de la aspirada inicial en vasco es extremadamente compleja” y “que es muy difícil saber si una H inicial es o no etimológica, formula que una H inicial remonta a K-, G-, Ġ- (dulce). El protovasco tendría K o Ġ inicial que puede desembocar en G o en H (en vasco antiguo y moderno) y que puede concluir su evolución en ø.

Tengamos en cuenta antes de examinar el nombre del ciervo en Eurasia que su nombre se cruza con frecuencia con el del reno, pues una denominación aplicable a un animal de determinada zona ecológica, por difusión y préstamo pasa a aplicarse a otro semejante de ecología diferente. También se nos aparecerá el nombre del alce.

En primer lugar tenemos el latín cervus-ī (Ernout-Meillet, DELL, pág. 117. Sobre cervus, cerva (fm.): es nombre noa, designa al ciervo por su cornamenta, “cornudo”. El nombre IE era *elen (“frappé de interdit”). Cornū/ūs (cuerno). “Quizá antigua metátesis de *krw-n o de una contaminación de *kr-n y de *kr-u. Emparentado con el griego kéras”. (pág. 20) Alcē-ēs (es)/alx-cis, pl. alcēs (alce, élan): origen germánico. (Pág. 677) Tarandrus-ī (reno). Del griego “palabra escita”).

Del latín cervus proceden los descendientes romances: francés, cerf. Español, ciervo. Gallego y portugués, cervo. Italiano /červo/. Catalán /sérbul/. Rumano, /čerb/.

Los nombres del reno, en último término, de una antigua palabra finosame. Y los del alce, del latín, salvo el francés élan, del alto alemán, a su vez del lituano elnis. El francés biche (cierva) del latín popular “bistia” por bestia.

Sobre el francés antiguo rangier, latinizado en rangifr, de donde castellano rangífero, ver J. Corominas, DCECH, Tm. Mere, pág. 875, en la entrada reno: “parece que de la antigua forma correspondiente hreindêjri se tomó el término francés”, pero viejo prusiano ragingis, de ragis (cuerno), que puede haber llegado al francés a través del alemán (alto alemán).

GRIEGO CLÁSICO

P. Čantraine, DELG, pág. 1093, tárandos/tarandros/tárandrus. Préstamo. Recoge el parecido con la designación del reno en lenguas finougrias. Pág. 333: “Ȅlafωs. Atestado en micénico. Debe reposar sobre *elṇ.bho.s”. Keraós (pág. 517): “Portador de cuernos”. Dicho de un ciervo “se trata de una vieja palabra *kera.╒ós (cfr.cervuus)”. Alkh (pág. 62), préstamo germánico en griego y en latín. “Partiendo del viejo noruego elgr se piensa en un germánico común *alzi, A su lado, una forma con acento inicial *álx explica los términos del griego y del latín”.

Neogriego: elafi (na). Alki. Tárandhos.

Las lenguas eslavas recogen la raíz IE del ciervo:

Viejo eslavo: jelenĭ.

Ruso: olén (ciervo, venado)

Búlgaro: elen (ciervo)

Checo: jelen.

Eslovaco: jeleň (ciervo).

Cróata: jelen (ciervo).

Polaco: jéleń (ciervo).

El nombre del reno varía desde el búlgaro, el cróata y el ruso (ciervo nórdico), al polaco (ren, renifer [ya comentado con anterioridad]), pasando por sob del checo y eslovaco. La variación es mayor en la designación de la cierva, pero no afecta a la finalidad de la presente ficha. El nombre del alce, los en checo, eslovaco y cróata y los en polaco, está relacionado con la raíz de alce.

BÁLTICO

El lituano élnias (ciervo) y el letón alnis (alce).

Lituano: briedis (alce) y letón bríedis (ciervo). (Cfr. Topónimo brundisium cuyo puerto (Estrabón) se parece a la cornamenta de un ciervo. Glosa de Hesiquio Brendon/elafon. Albanés brini, cuerno).

LENGUAS GERMÁNICAS

Anglosajón: heorot (deer).

A. A. A.: hiruz, hirez, hirz (ciervo); hiru.z (cornudo, sobre *keru.d).

Danés: hjort (deer, orein).

Holandés: hert.

Alemán: hirsch.

(Todos nombres noa como el cervuus latino).

El nombre del alce y el del reno no presentar particularidades (origen germánico y vieja palabra urálica (v.g. alemán, elch y rentier, respectivamente)).

URÁLICO

Finés: poro (reno).

Komi: Kör (reno), iöra (alce), iör (recinto, enclos, clôture).

Quizá livo (préstamo del balto): kōra (piel de animal, fourrure). 

Davvisápme (lapón o Same del norte): boazu, plural bohccot (reno(s)). Pelei (reno de tiro).

El húngaro para la designación del ciervo emplea un término de origen iranio: szarv (cuerno), szarvas (cornudo, ciervo). Compárese estonio: sarv. Y finés: sarvi (cuerno).

Para el reno, emplea un nombre compuesto, uraloiránico: rén.szarvas.

El nombre del alce en finés es hirvi (hirv en estonio para designar el ciervo), palabra de origen báltico (pero véase la observación que recoge Ángela Marcantonio “The uralic language family”, 2002, pág. 190, acerca de que un número significativo de los considerados préstamos bálticos en urálico proceden de viejos dialectos satem indoeuropeos). En estonio: pôder es alce, y pôhja pôder (alce del norte), reno.

Čunče (lengua hablada en la región autónoma de Chukotia en el extremo oriente ruso): reno es ḳora-ņî (ņî es sufijo de absolutivo que se pierde a menudo en la declinación). Plural: ḳora.t (T permite formar plurales sin contenido semántico).

OTRAS LENGUAS

Mongol: reno es bugǝ (solamente hay renos en Mongolia en un extremo cerca de la Taiga siberiana). Relacionadas con el mongol están las denominaciones del ciervo en Kazako: buĝî, y del alce en kîrgîz: bagîš, ambas lenguas túrquicas. La denominación mongola del yack es sar. Lðg (lðg es un sufijo que incorpora el contenido del radical.

En Sakha /saxa/, lengua túrquica, influida por el mongol y el evenko y hablada en la inmensa República Siberiana de Yakutia, de la Federación Rusa, alce: taįakh. Reno: taba.

En Oseta, lengua irania del Cáucaso: sag (ciervo). Y en georgiano: iremi (ciervo).

En turco, ciervo es geyik, y en farsi, gávazn.

Un término muy interesante y que recuerda la vieja y fuera de uso raíz urálica de reno (como también el orein vasco) es albanés dreri (gego drêni) (ciervo), del griego dialectal dranis (élafωs), según la glosa de Hesiquio (ver M. Huld “Basic albanian etimologies”, 1984, pág. 159).

Si ahora acudimos a los investigadores del nostrático (en la ficha tres alu se distinguió entre la verosimilitud de las correspondencias y la propia hipótesis nostrática), nos encontramos con, en primer lugar, A. Dolgopolski, “The nostratic macrofamily…”, 1998. Nº 5 (pág. 21): * ¿oru (antelope (male) deer) (se simplifica la complejidad dolgopolskyana de signos diacríticos). Además de los reflejos afroasiáticos y dravídicos, se recoge:

Cušítico dahalo: ¿ārōle (alce). Altaico: mongol clásico: orungu, buriato orongo (a kind of small dark antelope with long flat horns). Tungús *oron (reindeer). Ewenki: oron. Nanay: orō (domestic reindeer). Manchú: oron.buxu (id). El segundo miembro o epíteto parece ser el mismo que los términos mongol-kazako-kîrgîz antes vistos.

R. L. Trask, “Nostratic…”, 1999, pág. 171: señala con relación a 5?oru “Basque orein (deer) looks a splendid match, better than some of the comparanda cited”.

Dolgopolski. Nº 36, pág. 41: *gurha (antelope, male antelope) entre los reflejos de esta raíz: coreano medio: korani (deer). Mongol clásico: xgūran (antelope, roebuck).

Nº 37: *¿eli (deer). Entre sus reflejos, el nombre indoeuropeo del ciervo, que vimos antes, y raíces altaicas semejantes como “old turkic elik” (roebuck).

Nº 38: *boča, (young) deer. Uralic: *poča (reindeer). Norwegian lapp (davvisápme boazu, bokccot). Tungusic *butyan (a kind of) deer”. S. A. Starostin (pág. 145 de “Nostratic…”) precisa que las formas tunguses citadas por Dolgopolski en nº 38 son un préstamo del mongol bugu (hoy bugǝ), que vimos antes.

A. Bomhard (“Reconstructing…”, 2008, pág. 611. Nº 580) ?il/?el (deer), iex ?el, y altaico xēlv (khv) (deer).

Como conclusión de este recorrido por las lenguas del norte de Eurasia vemos que la palabra vasca para ciervo orein se deja comparar con facilidad con términos urálicos, altaicos (tungús, mongol) chukche, hasta el coreano. Estos términos pertenecen a un substrato cultural muy antiguo de Eurasia oriental y seguramente han sido objeto de difusión y préstamo a larguísimas distancias, variando el animal referente según la geografía que alcanzaban. Hoy el vasco orein, en el extremo oeste de Eurasia, frente al extremo oriental coreano y chukche, cierra un arco histórico y geográfico inmenso.

NOTA INFORMATIVA Nº UNO

Leo un libro dedicado a los pidgins y creoles, editado en 1995 en Ámsterdam y Filadelfia, conjunto de colaboraciones de varios autores, breves noticias sobre lenguajes mixtos, jergas o pidgins (su estatuto no resulta claramente de aquellas, en todo caso, un pidgin no extendido) que fueron empleados por los marineros vascos que faenaban en Islandia y Norteamérica, para comunicarse con las gentes que habitaban las costas de los mares por ellos visitados. Por ejemplo, durante el período 1550-1650 en New Found Land (Terranova) y golfo de San Lorenzo se utilizó un pidgin vasco-montañés (indios montañeses). Y a finales del siglo XVI y comienzos del siglo XVII, otro vasco-micma en el S. E. del Canadá. No trae el estudio ejemplos de oraciones y por ello no resulta cuál es la lengua lexificadora y a cuál pertenece la gramática. Pero sí trae breves ejemplos de otras jergas o pidgins utilizadas por los pescadores vascos, concretamente de lo que denomina vasco-islandés utilizado en el s. XVII en las aguas de Islandia. En realidad, el ejemplo que muestra resulta un pidgin anglo-vasco en el que el vocabulario común es vasco (lengua lexificadora) y la gramática, germánica. Seguramente el inglés de los marineros británicos del mar del Norte no era desconocido a los islandeses. El texto vasco dice: eman (dar) ieza.da.zu (aux. imperativo. A mí. Tú) (dame) esne bero.a (leche caliente. Determinativo) eta (y) gurin berri.a (manteca o grasa reciente o nueva. Determinativo).

El texto del pidgin: “presenta for mi berru.a usni.a eta berri.a bura”.

Como se ve el orden adjetivo + nombre es el germánico, contrario al nombre + adjetivo vasco. Hay también adaptación fonética de algún lexema vasco.

En el libro comentado hay un ejemplo de jerga vasco-romaní. Romaní, idioma de los gitanos emigrados en el s. X del N. W. de la India y próximo al punjabí. En este caso el romaní es la lengua lexificadora y la gramática es la del euskera, lo que paraleliza nuestras jergas de canteros y otros oficios especializados y armoniza con el deseo de no ser entendidos y ocultar, en lo posible, un lenguaje secreto. El texto vasco dice: gose.ak ia (hambrientos casi) hil.e.an (en muerte) gabiltza (andamos) (estamos casi muertos de hambre). La jerga “Bakalu.ak.mautu.an gabiltza” (lo subrayado con línea continua pertenece al vocabulario romaní, lo otro, a la gramática vasca).

Poco más sé de la cuestión, que me interesa extraordinariamente y de la que procuraré mayor conocimiento.

Al socaire del estudio de las lenguas malayas en general y, sobre todo, del indonesio, surge un tema que me parece de gran interés: la formación de nuevos lexemas o palabras por el empleo de las técnicas del acrónimo y de las siglas en la composición. Así como la abreviación de vocablos, empleados después aisladamente o en unión de otros. Todas ellas pueden combinarse y de hecho se realizan en una gran variedad de supuestos.

Si uno ojea un periódico, cualquier periódico de nuestro país, se observa fácilmente que las palabras-sigla y las palabras-acrónimo (o su combinación) se muestran en ámbitos muy específicos, sobre todo en el lenguaje político, económico y administrativo-institucional y con un número de ocurrencias perfectamente tolerable para la fluidez y comprensión del lenguaje escrito: PP, PSOE, UP, PC, ONU, BCE, URSS, OTAN… Estas palabras-sigla se pronuncian o se leen en general tal como están escritas, salvo las que resultan equívocas (v.g. UP) o no muy corrientes para la generalidad (BCE).

Palabras compuestas por unión de fragmentos (iniciales o no) de otras, son menos frecuentes que las palabras-sigla. Aparecen sobre todo en el ámbito institucional (el militar, especialmente) donde están plenamente justificadas por la longitud de los sintagmas (Instituto para el Desarrollo de la Paz y la Cooperación Internacional puede escribirse y pronunciarse “Indepacóin”, por poner un ejemplo). Así encontramos IMSERSO, JEMA,… Una palabra formada en parte con una sigla (palabra escrita UVigo) se lee normalmente como el sintagma “Universidad de Vigo”.

La abreviación de las palabras es cosa del lenguaje oral (y coloquial o familiar): tele, bici,… que según la ocasión más o menos todos utilizamos otras como “porfa” en vez de por favor, de uso, me parece mayoritariamente juvenil y femenino, son francamente rechazables. Si hay una tendencia a la abreviación de bases léxicas hay que ponerla en relación con el lenguaje de los mensajes enviados por móviles. Hay una evidente retroalimentación en un sector de la población. En general todas estas nuevas palabras son mulos, es decir, estériles. No presentan derivación, salvo excepciones, y también pocos morfemas (vg. el de plural “los pces”).

Los países que han estado sujetos en Europa a las dictaduras nazi y comunista presentan un número mucho mayor de este tipo de palabras. Destacan la Alemania de Hitler y especialmente la URSS. Hay una clara relación entre un Estado dictatorial y la utilización de acrónimos y siglas que facilitan ocultar con su aspecto neutro, siniestros significados. Utilización que manifiesta también una clara voluntad de poder y de destruir por el totalitarismo la democracia natural de la lengua.

Recordemos, entre las más siniestras en alemán “SS” y “Gestapo”. En la Rusia soviética, este tipo de formaciones léxicas tuvo un enorme alcance en el ruso, en el que además los nuevos vocablos estaban sujetos, en su mayor parte, a la flexión nominal y verbal, y también a la posibilidad de derivación: entre los corrientes para un lector de lengua española: Konsomol, Sovjós, Koljós, PCUS, Gulag, NKVD, KGB, Komsostáf, Komsot, Sovimformbiuró, Politbiuró,…

Pero consideremos ahora el caso del indonesio, con el que comenzamos estas notas. Bajo el régimen autoritario de Sukarno y la larga dictadura de Suhartu se desarrolló con tremenda fuerza una corriente (que continúa en pleno vigor en la actualidad, más o menos democrática) de abreviación de bases léxicas y de composición de nuevas bases mediante el empleo de siglas, acrónimos y de bases abreviadas (también empleadas aisladas). Los especialistas hablan de “glotonería” del hablante de indonesio, por el empleo de estas técnicas que se extienden al conjunto del vocabulario (nombres comunes y propios) y a veces a las partículas y adverbios (palabras-instrumento).

Es imposible leer un periódico si no se conoce este vocabulario artificial. Continuamente surgen diccionarios de siglas y acrónimos para verse superados rápidamente.

Veamos algunos ejemplos de estas palabras “inisial”, “acronim” y “singkatan” (abreviación) que invaden en los cotidianos todos los dominios de la comunicación, de las cuales las más usadas se convierten en nuevas palabras de la lengua: sobre una oración que significa “estar de pie sobre las propias piernas” se formó un verbo-acrónimo “berdikari” (no contar más que con las propias fuerzas, no depender de nadie”. O “repelita” (plan de desarrollo de cinco años, plan quinquenal”. “Neocolim” es neocolonialismo, imperialismo. “Abris”, Fuerzas Armadas República Indonesia. “Orla” y “orba” es orden antiguo y nuevo, con referencia a los tiempos anterior y posterior al dictador Sukarto. También hay “gestapu” con un significado menos siniestro que su casi homófono nazi, pero que también se las trae (movimiento treinta de septiembre, que supuso la matanza de más de medio millón de indonesios comunistas o sospechosos de serlo). No hay institución que no tenga su palabra-acrónimo o -sigla. Pero también ocurre el fenómeno en el lenguaje corriente. “Jardín zoológico” es en indonesio “kebon binatang” (jardín de los animales), el acrónimo es “bonbin”. Estar sin una “pela” se dice con el bolsillo seco, “kantor kering” acrónimo “kanker”. Y así indefinidamente. En el caos de los nombres propios indonesios se encuentra uno con el eufónico nombre de una chica “emarliti”, acrónimo de 6.marzo.53, fecha de su nacimiento.

Todos los nombres geográficos tienen su acrónimo: “Timor timur” (timor oriental) “Timtim”. “Jawa barat” (Java occidental), Jabar. “Kalimantan selatan” (Borneo meridional) “Kalsel”.

El colmo se alcanza cuando un sintagma como “Instituto para la Planificación de la Paz y de la Población” el acrónimo correspondiente es “in.pe.tres” (por las tres palabras que empiezan por P). O cuando se escribe “OKB”, por “Orang Kaya Baru” (nuevo rico).

Como se ve, sin conocer todo este vocabulario es imposible enterarse del contenido de un diario. Desconozco las actitudes de las personas cultivadas frente a esta proliferación de bases acronómicas y en general las condiciones sociológicas en que se desarrolla. Pero creo que, más allá de unos límites, es una grave patología lingüística no solo en el caso del indonesio, sino en todas las lenguas. Una jerga artificial que las bastardiza y que, en la medida que invada el lenguaje oral, conduce a la opacidad de los significados y a velar parentescos con lenguas próximas y con las que hay mayor o menor intercomprensión. Palabras a las que se pueden aplicar los procedimientos de derivación usuales en la lengua, conservándose así la gramática pero con un léxico diferente.

Se unen de esta forma, como apunté antes, dos poderosas tendencias: el intervencionismo autoritario del poder que convierte al toro bravo de la lengua en manso buey para mejor controlar a los ciudadanos y el infantilismo de las comunicaciones y mensajes por móviles en las antípodas de un pensamiento crítico y complejo.

En los periódicos holandeses hay una gran afición por el empleo de abreviaturas, empleo que excede del normal en nuestros pagos. Pienso en una influencia indonesia, al haber sido el holandés la lengua de la potencia colonizadora. Veamos algunos ejemplos: ABN (Algemeen Beschafd Nederlands, para referirse al idioma literario). MN (Met Name, a saber). DMW (Door Middel Van, por medio de). OW (Onder wie, entre los cuales). NOM (Naar Onze Mening, según nuestro parecer). IPV (in plaats van, en el lugar de). AHW (Als het ware, por así decir)… Dan ganas de tirar el periódico y de no leer más.

NOTA INFORMATIVA Nº DOS

MELANESIA

Leo unos libros excelentes de especialistas franceses e ingleses sobre las sociedades de Melanesia y su situación lingüística con el acento puesto también en las condiciones socioeconómicas en las que apareció el pidgin hace cerca de doscientos años que permitió la comunicación entre los europeos (fundamentalmente ingleses y franceses) y los melanesios y también en el seno de los mismos, al relacionarse unos con otros como efecto de la colonización. Téngase en cuenta que en el espacio se hablaban (y aún se hablan en gran número) unas novecientas lenguas, papúes y austronésicas (estas últimas comprenden las malayopolinesias y las melanesias). En el llamado “arco melanesio” constituido por Papuasia-Nueva Guinea, Islas Salomón y Vanuatu (y también Nueva Caledonia, aunque aquí el piogin fue ahogado por el francés) surgió una lengua lexificada por el inglés en más del ochenta por ciento pero de gramática melanesia que se ha convertido en la lengua común de los melanesios de los tres estados independientes, con tres variantes entre las que hay intercomprensión, salvo algún desconocimiento inicial, fácilmente superable (más o menos como ocurre entre el malayo y el indonesio): “Tok pisin” de Nueva Guinea, “pijin” de Salomón y “bislama” de Vanuatu. Esta lengua que como dicen en Vanuatu “bislama blong yumi ol man melanisia” (la lengua de todos los melanesios) ha tenido un éxito extraordinario, convirtiéndose en la lengua materna de la mayoría de sus habitantes o por ellos aprendida, transmitida luego a sus descendientes. Es la lengua de instalación en el mundo, como para nosotros el gallego o el español. Y lengua sin la que no hay promoción social posible. Un no hablante de cualquiera de sus variantes, V.G., habitante anciano de una aldea perdida, es un “buskanaka” o un “busman” (literalmente hombre del bosque o de la maleza). Lengua de evolución dinámica y enormemente rica, es una auténtica  lengua melanesia por su gramática, aunque gran parte de su vocabulario es de origen europeo, fundamentalmente inglés, con una gran simplificación de la fonética original adaptada a las lenguas vernáculas. También hay un componente importante de vocabulario melanesio procedente de lenguas diversas.

Como decía un anciano haitiano, hablando del creol de su país, éste es la lengua en que habla la verdad, en la que se expresan los sentimientos sinceros. El francés o el inglés, necesarios para gran parte de la vida pública y oficial y las relaciones internacionales, son ajenos a esta intimidad vital de Haití u Oceanía.

Siempre me ha admirado la existencia de nombres geográficos y étnicos griegos en el Índico Oriental y en el Pacífico y más aún la apropiación por los nacionalistas del área, de los mismos. Es el caso de Indonesia (el famoso juramento de la juventud “satu bangsa, bangsa indonesia” (una nación, nación Indonesia) o de Melanesia (Islas de Negros) del mismo modo que proliferan en el área los nombres de origen español (Filipinas, Islas Salomón, Marianas, Marquesas) e ingleses y franceses, atribuidos por los navegantes que las descubrieron. Fantaseo con navegaciones de los héroes griegos (Ulises, Jasón y los Argonautas) navegando, más allá de la India y descubriendo la Polinesia (las muchas islas).

También es admirable la historia de los navegantes de lenguas polinesias que en unión de sus parientes lingüísticos malayos y melanesios, configuraron un espacio lingüístico gigantesco, en más del noventa por ciento pobladores de islas, desde las montañas de Taiwan y Filipinas hasta Nueve Zelanda y desde Madagascar hasta Hawái e Isla de Pascua.

Por cierto el nombre Maorí de la isla norte de Nueva Zelanda significa “larga nube blanca”. Según la historia tradicional la esposa de Kupe, el descubridor que iba en la piragua que encabezaba la flota que partiera de Tahití, vió y exclamó “una nube” luego precisó “blanca” y finalmente “larga” sobre la tierra que aparecía en el horizonte y ese fue su nombre.

Volvamos a dejar volar la imaginación: un océano del origen del mundo, un planeta de agua sin historia. Es algo más de mediodía. Ra, el sol, en lo alto del cielo. El aire embaraza las velas de la flotilla. Un pueblo de bronce, fatigado pero feliz, observa la costa de una tierra virgen que van a poblar y nombrar por vez primera: “nube, blanca, larga, ao.tea.roa”.

En la entrega de los premios “República Española en Asturias”, antes Princesa de Asturias, 1219, tuve el placer de escuchar el canto haka del equipo de rugbi de Nueva Zelanda, los “All Blacks”. Se trata de un haka que se recita y dramatiza con gritos y gestos estilizados en todas las competiciones internacionales de la selección. Hakas, hay muchos, con diferente finalidad, en este caso, para intimidar al adversario.

El jefe del coro es siempre un maorí y el resto del equipo responde como un coro. Presento el texto maorí del haka y mi traducción, a la vista de otra francesa de                                   y de la que difiere en diversos detalles.

Ka mate Ka mate

Ka ora Ka ora

Tēnei te tangata pūhuruhuru

Nānanei i tiki mal whakavhiti te rā

Ūpane ka ūpane

Whiti te ra, Hi!!!

Es tiempo de morir (dos veces)

Es tiempo de vivir (dos veces)

He aquí el hombre cuyos cabellos brotan sin cesar.

Ahora se esfuerza en hacer aparecer al sol.

Avancemos lentamente 

Aparece Ra (el sol), Hi!!!!

22 ABRIL

DE NUEVO EN MONDOÑEDO.

Los días 22 de diciembre de 1919 y 28 de febrero del presente año, aniversarios del nacimiento y defunción de Álvaro Cunqueiro, viajé a Mondoñedo con motivo de la presentación (en la primera fecha) de un ensayo mío sobre Lezama y Cunqueiro y del nombramiento de Víctor Freixanes como cunqueiriano de honra (en la segunda fecha). Mi ensayo y su discurso constituyen los textos número 1 y 2 de la colección “Selva de Esmelle” de la casa-museo Álvaro Cunqueiro. Grato viaje y grata estancia en mi ciudad natal, siempre acompañado por el saber grande y preciso y el entusiasmo y la actividad desbordantes del amigo querido, el profesor e investigador Armando Requeixo, mindoniense como yo y dinamizador del Mondoñedo cultural con un esfuerzo de organización de actos, convergencia de voluntades y publicación de libros que le exigen un tiempo que no sé de dónde lo obtiene, habida cuenta de sus obligaciones como profesor universitario e investigador científico en el “Centro de Humanidades Ramón Piñeiro”. A él se debe, con el apoyo y la voluntad política de la alcaldesa, Elena Candia, que el desconcierto inicial y “los conjuros negativos” a los que me refería en este mismo diario (15.9.19) hayan sido cancelados. La casa-museo Cunqueiro comienza a caminar con paso firme y a cumplir su finalidad de conservar y difundir la imagen y la obra cunqueiriana. Cualquier insuficiencia o carencia existente necesita de la colaboración y el entusiasmo de la “secta” de los cunqueirófilos y de todos los mindonienses. En la medida en que Mondoñedo es la ciudad de un poeta, la ciudad de Álvaro Cunqueiro quien con su obra desprendió del cuerpo material de la urbe otro cuerpo imantado, una imagen que permanecerá siempre en el “centro del paraíso, que es la novela”, todos los mindonienses habitan también, y de modo irrefutable, el paraíso cunqueiriano. Todos ellos deberían ser colectivamente nombrados, un aniversario, cunqueirianos de honra.

Pero esta imagen de un Mondoñedo celestial, en el centro del paraíso textual, desborda de la escritura para invadir la realidad y, desde ésta, hechizar a propios y extraños quienes con su peregrinación robustecen también la economía local. La alcaldesa y sus concejales han comprendido muy bien la importancia económica del llamado patrimonio inmaterial, del turismo cultural y que yo prefiero nombrar con la palabra poesía, la poesía que al enriquecer poéticamente al hombre económico lo adelgaza de las grasas materiales que abonan así los suelos necesitados. Un capítulo de la fundación poética de la economía. Las palabras de Elena Candia, en esta dirección, pronunciadas en el acto de entrega del título de cunqueiriano de honra a Víctor Freixanes, fueron acertadísimas y de clara percepción de la situación. Ocurre además que Mondoñedo no solo es rica en aguas y en latín, también la poética es cigüeña permanente en la ciudad. Esta riqueza literaria debe ser incansablemente estudiada y puesta de manifiesto, a todos los niveles, desde el científico investigador y conservador de archivos y materiales, hasta el expositivo y el del impulso al turismo cultural.

Y este esfuerzo comprende, claro está, la revelación del paisaje, de los conjuntos arqueológicos, de los monumentos, del arte y de la música, de las actividades preclaras de los hijos de la tierra y la historia de ésta.

La presentación de mi ensayo fue en un hermoso salón de la “Casa dos coengos”, el discurso de Freixanes, bien escrito y mejor dicho, tuvo lugar en el Auditorio Municipal. Aquí fue emocionante ver y oír a niños, niños gallegos leyendo, con voces bañadas en la melodía local, textos de “Merlín y familia”. El río de las generaciones que asegura toda esperanza.

Con la amabilidad del tiempo bueno, pude recorrer largamente la ciudad y demorarme con la gente que yo conocí en mi juventud o con sus descendientes. A pesar de los años de separación me reconocí como mindoniense entre mindonienses, un aire común de familia, como si hubiéramos sido invadidos por la imagen de la ciudad cunqueiriana, convertidos en gentes de la Tierra de Miranda que Álvaro Cunqueiro inventó en el sentido etimológico de la palabra, es decir, la hizo aparecer en la escena visible al descorrer las cortinas de lo invisible. Él vió el vuelo de la flecha, disparada desde muy lejos y con tremenda fuerza en marcha irresistible a la plenitud de la imagen, hasta alcanzarlo como horizonte. Por eso, en mi caminar la ciudad, veo otros cuerpos, desprendidos de las cosas y los seres, duren o no aquellas, vivan o estén muertos estos. Las imágenes me interpelan y yo soy una más entre ellas, fuera del tiempo. Me abraza la cordialidad eterna de la imagen, su anterioridad verbo del hombre y entonces la muerte no importa porque aquella prevalece siempre. Cada vez vuelvo con mayor satisfacción a Mondoñedo, una voz me llama y sólo calla cuando sumergido en el río, en el que flotan, y entrechocan suavemente, todas las imágenes que configuran la mía, como desprendida de esta ciudad.

Como siempre permanecí fascinado ante el rosetón de la catedral, un cúmulo estelar, puerta a una dimensión celeste, escudo luminoso del inmortal guerrero que aguarda el ascenso que soñó Cunqueiro al paraíso de la imagen eterna. Como siempre encaminé mis pasos al Barrio dos Muíños, uno de los lugares de la ciudad que amo. Me senté en un banco, junto a la fachada de una blanca casita y escuché en sueños la canción del Valiñadares, atropellándose sus aguas claras para alcanzar el Masma como un Alfeo enamorado. El poeta Díaz Jácome, siendo niño, cayó al río y la rueda de un molino, en vez de serle fatal, lo despidió ileso. No sé si por no gustar de su futura poesía o, precisamente, por respetar a los poetas o por las dos cosas. En todo caso, un río poético como es propio de la ciudad.

En Mondoñedo siempre como en Valeco, en el Barrio dos Muíños o en la tasca, en Alcántara, al lado del monumento a Leiras Pulpeiro. También las pequeñas cosas tienen derecho a su imagen, “el hechizamiento de las pequeñas cosas”, “las delicias del chocolate” que decía Lezama. En ambas casas, de ambiente familiar, reina la imagen que desprende la cocina mindoniense, la sencillez y delicia de la empanada de liscos, el pulpo, los huevos caseros con patatas fritas y chorizo, el raxo, las natillas y la leche frita, el queso y el membrillo. Y el pan, que figura en la trinidad de la abundancia mindoniense, con el agua y el latín.

Antes de marchar volví a recorrer la casa que fue de mi tía Carmiña y en la que vivió mi padre. Las sombras me reconocen y se encienden y los pasos que oigo se mudan en otros pasos. Del cordial y competente arqueólogo municipal, Abel Vigo, en su inteligencia y modestia, un mindoniense típico, escucho claras y detalladas noticias sobre el asiento humano en el valle y sus montes guardianes desde el mesolítico y me enseña en la planta baja un arco de lo que podría ser una cloaca romana que con las obras de acondicionamiento del museo ha quedado al descubierto y cuya existencia nunca sospechamos. Resulta magnífica esta fundamentación romana de la casa familiar que provoca imágenes que aguardaban tras los cortinajes.

Llega el atardecer. Y con él, el silencio que acuna las otras dimensiones de la ciudad y las desliza al sueño. No se puede comprender Mondoñedo sin saborear su silencio. Es como un mágico toque de queda que no impide caminar nocturno, sombra entre las sombras, de las piedras en las que se encienden pequeñas llamas cordiales de la vida cotidiana que se recoge como en un cuento de la infancia.

Decido venir de nuevo a Mondoñedo con el buen tiempo del verano o del otoño, varios días, para poder volver a recorrer, calmosamente, lo que en mi juventud pensaba los “Epiros” o “Tesalias” de la polis: el castillo de aguas de Tronceda y Viloalle, contemplar la serena melancolía del Masma, pisar las tierras duras de Zoñán y de Estelo, contemplar el cielo desde las abas de los montes donde escribí “Beatum corpus”, si puede ser con mi hija para hacer que beba el licor de imágenes que embriagó a su abuelo y a su padre. Cuando pasaba de regreso a lo largo del cementerio viejo pensé que según el texto griego, en el tribunal del Hades que juzga a los muertos, Radamante se encarga de los asiáticos y Eaco de los europeos. Supongo que la tribu de los mindonienses tendremos un juez especial que comprenda los silencios y las tinieblas de nuestros sueños, quizá un juez con imagen de centauro, inclinado a la embriaguez, o de unicornio, flechado por el sueño. En ambos casos no hay dudas sobre su benevolencia.

22 ABRIL

CRÍTICA. El libro “Artículos periodísticos (1930-1981). Álvaro Cunqueiro. Al pasar de los años.”

Bajo el título indicado acaba de aparecer una antología de textos literarios de Álvaro Cunqueiro publicados en diversos medios, fundamentalmente periódicos, semanarios y revistas durante medio siglo. El autor de la dicha antología es el periodista, ya acreditado cunqueiriano, Miguel González Somovilla, quien, con este tomo, completa los dos anteriores “Álvaro Cunqueiro. Obras literarias.” de la biblioteca Castro y cuyos textos fueron preparados por Xosé María Dobarro Paz.

Desde el punto de vista del libro como objeto, este volumen es realmente bello. No solo la calidad del papel y de la visibilidad del texto (características que comparte con las demás publicaciones de la biblioteca Castro). También el acierto en el breve álbum fotográfico que figura recogido y del que brota un perfume de vida muy atractivo para el lector. A los doscientos textos de Cunqueiro introduce un largo estudio del antólogo (más de setenta páginas), una cronología minuciosa y una bibliografía esencial. Las 722 páginas del libro finalizan con un breve epílogo del mismo Somovilla, una entrevista a Cunqueiro de Umbral y artículos de Cueto y Carantoña escritos con ocasión del fallecimiento e inhumación del escritor.

Con los tres volúmenes de la biblioteca Castro tiene a su alcance el principal destinatario de este tipo de colecciones, un lector no especialmente familiarizado con la obra del escritor de que se trate en cada caso, una visión completa y satisfactoria para asentar pareceres y preferencias. Y en el caso de que el entusiasmo se haya apoderado de él, la sólida base adquirida le permitirá conseguir ulteriores profundidades. Por ello, y recogiendo lo que escribe el propio Somovilla “los libros de la biblioteca Castro no son ediciones críticas y anotadas”, este tercer volumen, en unión de los dos anteriores, cumple con eficacia, e incluso con exceso, las necesidades del usuario apuntado de la biblioteca. Con lo cual cabría poner aquí punto final, saludar la aparición del libro y felicitar a Miguel Somovilla por su trabajo muy largo y generoso en esfuerzos. Piénsese que los textos “han sido editados a partir de los respectivos originales impresos, disponibles en distintas hemerotecas. Una vez localizados y escaneados… se han transcrito de nuevo y se ha cotejado el resultado con las publicaciones primitivas. En ningún caso hemos realizado reproducciones directas de otras antologías periodísticas ya existentes…”

Esta actividad del antólogo ha recaído no solo sobre textos ya publicados en libros sino que, fruto de la misma, ha sido la recuperación de un número significativo que permanecía, inédito en libro, en periódicos y fundamentalmente en revistas, como “Jano” y “Tribuna médica”. Sin embargo, es evidente que Somovilla ha querido realizar y ofrecernos mucho más que lo demandado por las características de la biblioteca de Castro a las que se adaptan los dos volúmenes anteriores de “obras literarias” (basta una ojeada a los mismos para ver la diferencia de ambición). No es ciertamente una edición crítica pero por el esfuerzo en la fijación del texto y la intervención en el mismo (estudio introductorio y agrupamiento temático) el presente volumen excede la pura divulgación. Es por ese plus por lo que no procede poner punto final a la reseña crítica y por lo que se revela necesario entrar en diálogo con el antólogo sobre unas importantes cuestiones que su trabajo suscita sobre la comprensión del texto cunqueiriano. Aparte la problemática ínsita en toda antología, “una aventura” según gusta de repetir Miguel Somovilla.

Procedamos ya al examen del volumen preparado por Miguel G. Somovilla. Primero. Fijación del texto. Sin que ello naturalmente sea una crítica, haber revisado a partir de los originales impresos disponibles en las hemerotecas, con una labor de transcripción y cotejo y sin reproducir directamente el texto de antologías existentes e, incluso, de ediciones críticas magníficas (como las de los textos de “La noche” y de “Sábado gráfico”) se me antoja un trabajo harto arduo y sin que de tal esfuerzo derive una utilidad evidente. Sobre todo para ediciones, como la biblioteca Castro, en definitiva de divulgación. En otras colecciones de divulgación, como los textos clásicos de editorial Gredos se sigue el texto fijado en una edición crítica, cotejado con otros, eso sí, acompañado de abundantes notas que se echan de menos aquí, si se tienen en cuenta las necesidades de un lector medianamente informado.

Y, además, este esfuerzo de fijación del texto, con relación a los artículos de las revistas “Jano” y “Tribuna médica” no excusa tal trabajo en futuras ediciones críticas de los mismos, que serán necesarias al no realizarse el estudio y recogida íntegra de los textos, como es lógico en una antología. Pero ello pone más de relieve el esfuerzo enorme de fijación de textos ya conocidos y que pudo aplicarse, por ejemplo, a la anotación de los singulares relatos.

“Toda antología es una aventura”. Sobre todo si el escritor es poco conocido pues puede determinar, más o menos largamente, la visión que se tenga del autor. Este riesgo no existe en el caso de Cunqueiro, bien conocido de los especialistas y de los lectores apasionados. Por ello, en este caso, la aventura, lo es para el antólogo que asume el riesgo de proporcionar una visión insuficiente de la creación antologizada. Con frecuencia, la antología revela el sesgo que imprime la profesión del antólogo e, infrecuentemente, la rica variedad que justifica la pluralidad de interpretaciones del autor concreto. En el caso de la presente antología me sorprende una primera ausencia, de los textos que constituyen la serie del “Imperio secreto” esparcidos aquí y allá, no muy numerosos (no llegan a las dos docenas, más si se incluyen otros que, sin ese título, entran en la gravitación de éste) pero que son fundamentales en la visión cunqueiriana del mundo. Ellos iluminan el pensar de Cunqueiro con luces otras que las del resto de su obra y ello, pienso, es una omisión relevante de la presente antología el hecho de que no figure ninguno. En cuanto a los demás textos recogidos (dejando aparte los de “Jano” y “Tribuna médica”, que figuran casi completos por ser la mayoría inéditos) es evidente que es riesgo y beneficio del antólogo su libertad de elección. Sí diré que, en mi opinión, predomina un punto de vista realista en la selección en perjuicio de aquellos que constituyen el texto paradisíaco cunqueiriano, es decir, en los que reina el albedrío de la imagen, en los que el tiempo desaparece transformado en un espacio en el que se yuxtaponen, épocas, culturas, personajes, cosas, sucesos, espacios que a su vez se enrolla o desenvuelve como un tapiz. Los artículos que podemos calificar de periodismo literario de Cunqueiro, tienen una presencia acusada, sobre todo en el primer apartado temático “En el principio fue el verso”, también en el apartado de “La ruta Jacobea”. No obstante su interés y permanencia indudables, no dan cuenta cabal del auténtico Cunqueiro y no muestran la continuidad de las obras mayores y los relatos breves. Diría que la cualidad de periodista del antólogo ha influido decisivamente. En mi opinión es preciso separar en lo publicado por Cunqueiro en medios, no sólo los poemas, como es obvio, sino también lo periodístico (por importante que sea y digno de recogida) de los textos literarios, cuya significación queda diluida, en caso contrario en la masa inmensa de “artículos de Cunqueiro”. De estos diremos más a continuación.

Alguna reserva me merece la articulación de la antología en apartados temáticos. La objeción no incide tanto en el número de los mismos (el mismo Somovilla señala que podrían ser más o que un texto concreto puede plantear problemas de encaje) como en el principio mismo de articulación temática. Es claro que una edición crítica tiene que ser cronológica (sin perjuicio, quizá, de eventuales índices temáticos complementarios, de alcance variable según la índole de los textos recogidos). En el caso de Cunqueiro, ideal sería (pero casi imposible por razones obvias) realizar sobre la base de las ediciones crítico-cronológicas particulares, una edición que articulara cronológicamente la totalidad de los “artículos” cunqueirianos.

Pero también en una antología como la que comentamos la agrupación temática tiene sus riesgos, fundamentalmente el de no ser fiel al movimiento creativo del escritor y muy especialmente en el caso de Cunqueiro.

En Cunqueiro hay indiferencia (como en Lezama) a la distinción entre texto breve (artículo en sentido formal) y libro. Su diana es el relato breve. También en poesía lo primero es el poema, aislado o formando una serie. El libro es artificial en la poesía cunqueiriana, siempre debido a un impulso externo, y lo es también en parte de su prosa, atravesada siempre por lo que podríamos llamar “el descanso del camellero”, el placer de contar, rodeado de amigos o compañeros, lo que implica el acento en la brevedad de la narración y explica las escenas teatrales que entreveran sus obras. Por otro lado, sus textos en periódicos o revistas muestran relaciones con sus poemas, también publicados en medios, relación en primer lugar cronológica que se explica porque sus preocupaciones o entusiasmos de cada momento, reflejados en su prosa, exigen con frecuencia el poema, la destilación poética para la satisfacción de su expresión.

Creo que una parte esencial de los textos aparecidos en medios periódicos constituyen un inmenso diario (y a esa voluntad de diario aludió alguna vez Cunqueiro) que como tal no puede ser falseado por agrupaciones temáticas que no solo interrumpen sino ocultan el caudal vivo del diario ver y experimentar el mundo. Aparte de invisibilizar la mencionada correspondencia con la sucesión de los poemas. Las agrupaciones temáticas constituyen una suerte de libros artificiales no queridos por el autor que dependen del capricho del antólogo de turno y que cortan el cordón umbilical que une a todos los componentes de ese diario. Por ello, incluso en una obra de divulgación el principio cronológico es exigible, sin perjuicio en su caso de un índice temático. Principio cronológico al servicio de lo esencial, el mostrar el fluir de ese diario, el cunqueiriano, lo que elimina de la escolma o antología todo lo que no lo integre. Mientras la agrupación temática oculta la fina cintura por la acumulación de anillos e invisibiliza el vuelo de la flecha, sustituido por cómodas y banales áreas de descanso para el lector perezoso. Digamos también que el carácter multitemático de los textos de Cunqueiro sobarda o desborda el apartado concreto, convertido en lecho de Procusto o, en el mejor de los casos, por la dictadura del tema, se oculta la polifonía del texto.

Tengo que reconocer que mi rechazo a los apartados temáticos sufre excepciones: en el caso de series, como la del Imperio Secreto, que expresan fundamentales concepciones cunqueirianas, es necesario un estudio particular de las mismas, articulado, eso sí, cronológicamente. Por otra parte, en el caso de la antología de Somovilla, por un lado se recogen artículos, como los que integran la “Ruta Jacobea” claramente de periodismo literario y que constituyen una unidad por lo cual esa agrupación parece justificada (teniendo en cuenta, además, que cada texto figura con su fecha). Por otro, si recordamos lo dicho antes, sobre el predominio de artículos realistas, del género de periodismo literario, sobre los puramente literarios que llamo textos paradisíacos o literatura del paraíso en los que palpita la voluntad de diario, y donde vemos el fluir de la creación cunqueiriana, en el libro comentado, el riesgo de una mala comprensión o de una comprensión insuficiente de Cunqueiro se aminora grandemente. En fin, habría que estudiar caso por caso.

Pero en general, una antología temática, además del riesgo de infidelidad al autor, ofrece, se quiera o no, una oferta literaria, un buscador de citas, no en vano es la fórmula preferida por editoriales que rechazan, por no comercial, el criterio cronológico (experiencia por la que he pasado).

Otra observación en relación con la presente antología y el carácter de los textos cunqueirianos en medios, es su presentación y calificación como “artículos periodísticos” lo que resulta ya del título de la antología. Relacionada con esta cuestión surge otra, menor sin duda, pero que adquiere interés en virtud de un falso silogismo, es la de si Cunqueiro fue periodista: el silogismo: Cunqueiro fue periodista. Una parte de su obra aparece en periódicos en forma de artículos. Luego Cunqueiro escribió artículos periodísticos (por mucho que se emplee el sintagma “periodismo literario”). Se consuma así una apropiación desde el ámbito del periodismo y un tratamiento periodístico por profesionales del periodismo. Vayamos por partes.

Las fórmulas ecuativas “X es Z” de nuestras lenguas inducen a equívoco, confunden, diríamos, la profesión o el trabajo con la vocación o el destino. En las lenguas eslavas por ejemplo no se dice “fulano fue X” sino “fulano devino o resultó en…” (caso instrumental). En español o en gallego mejor diríamos en los casos de diferenciación entre trabajo y vocación “fulano trabajó como… pero fue X (v.g., escritor)”.

Sin duda hay la noble vocación del periodismo y entonces es legítimo decir “X fue o es periodista”. Siempre es magnífico que coincidan profesión o trabajo y vocación. Pero la no coincidencia del trabajo y de la vocación puede implicar un drama para esa última. En el caso de Cunqueiro trabajó como periodista (con o sin carné) y los periodistas pueden juzgar la idoneidad de su trabajo. Pero su vocación o destino fue ser poeta. El trabajar “como” no afecta al ser. Y no hay desprecio alguno a ese “como” si no un simple no confundir cosas radicalmente diferentes. La evidencia no necesita más explicaciones. En cuanto a los llamados artículos de Cunqueiro. Es obvio que Cunqueiro escribió numerosos artículos periodísticos. Unos, los menos, de compromiso o puramente coyunturales. Otros, los más de valor permanente. Pero sin considerar tanto el número como la significación, la masa nuclear de esos textos, lo que llamé el diario de Cunqueiro es pura literatura y calificarlos de periodísticos supone ocultar la radical originalidad del proyecto de Cunqueiro. No hay que confundir el vehículo formal (el periódico o la revista) con el contenido (un poema, una novela publicada periódicamente, los textos literarios de Cunqueiro). No hay que preocuparse aquí de la distinción en cada caso de “periodismo literario” y literatura. La realidad de la distinción es evidente. Ignorarla en el caso de Cunqueiro es traicionarlo. Es obvio que Cunqueiro escribió y fue también un maestro en el género de lo que se suele llamar “periodismo literario”, nombre quizá no muy afortunado (otros serían preferibles, ensayo, crónica, textos breves literarios, también de otras disciplinas). Pienso que solo una parte de lo publicado en medios tiene carácter puramente periodístico, calificativo reservable para la mayor parte del trabajo de los profesionales de la información, en su actuación como tales y que en los demás casos se trata de ensayos, crónicas, retratos cuyo valor literario puede ser permanente, o lo más frecuente, digno de caer en el olvido.

La antología comentada insiste en el calificativo periodístico: desde el propio título en adelante “el articulismo como una de sus actividades profesionales más genuinas”, “incansable escritura periodística”, “obra periodística”, “articulismo cunqueiriano”, “periodismo literario”, “colaboraciones periodísticas”, “universo periodístico cunqueiriano”, “despedida periodística”, “vida periodística de Cunqueiro”…

Quede claro que al negar el calificativo de periodístico a una gran parte de los textos cunqueirianos publicados en periódicos no se trata de menospreciar la escritura periodística ni, incluso, negarle su carácter, en los mejores casos, de género literario. Pienso, v.g., en la columna de Umbral y otras muchas, que merecen perdurar y ser recogidas en libro. Pero gran parte de los textos cunqueirianos son otra cosa, literatura, sin más. Lo dijo cunqueiro “transformo la urgencia en literatura”. Y hay que atender a su afirmación de la “incompatibilidad de periodismo y literatura” en el sentido de que un ejercicio profesional, como tal absorbente es un claro obstáculo a la obra de creación. Pero también hay que tener claro que la utilización del vehículo del periódico por la literatura cunqueiriana no transforma a la parte más significativa de la misma en columna umbraliana de periodismo literario, por muy alta que sea la estima que éste nos merezca. Como no transforma en periodismo literario la obra de escritores publicada fragmentariamente en periódicos o revistas. En el caso de Cunqueiro cabe añadir, además, que la perfecta adecuación del texto cunqueiriano a las exigencias de espacio del medio favorece la asimilación por el calificativo de “artículo periodístico” que lleva después a la de “periodismo literario” y que es válida solamente para una parte del conjunto. Pero esta confusión olvida la razón de la adecuación. La metáfora, que crea el texto paradisíaco cunqueiriano, hace surgir la imagen “con su resistencia de piedra y transparencia de agua”, lo propio de la imagen es la brevedad de la llama. No podemos vestirla ni adornarla, lo escribió para siempre Juan Ramón verbo de la rosa.

Por lo que respecta a otros aspectos de la antología comentada, hay que destacar la excelencia de la cronología y del largo texto introductorio en unión del breve epílogo que expone, actualizado y equilibrado, el saber tópico sobre Cunqueiro, tópico en el sentido de estado actual de la cuestión, sobre múltiples aspectos de su vida y obra, no sin aportaciones y enfoques propios. También es de destacar la ponderación de los criterios de edición.

En definitiva, la presente antología, no solo constituye formalmente, como ya dijimos, un hermoso objeto cultural que deja sin fundamento la ambición de dominio del libro electrónico y manifiesta, testigo irrefutable, el alcance de la pérdida si desapareciere el libro clásico. Cumple también, y con exceso, con las finalidades pretendidas por la biblioteca Castro. Recoge, además, un número significativo de “artículos” inéditos, cuyo texto queda fijado y que serán base utilísima para una futura edición crítica de los mismos. Por sus características, que comentamos, esta antología, que es mucho más que una antología, se convertirá en instrumento de uso frecuente, no solo de todo tipo de lectores, sino de los especialistas en Cunqueiro cuyo trabajo facilita extraordinariamente. En fin, en cierto sentido, la presente antología se alza como la última antología cunqueiriana posible o necesaria. Corona el ya largo proceso antologizador de la obra cunqueiriana y al mismo tiempo lo clausura. A partir de ahora, y sobre la base del anterior se abre otro proceso, el del estudio del proyecto literario cunqueiriano: el estudio del mundo de Cunqueiro, su proyecto utópico y el de su texto como espacio de realización del mismo.

22 ABRIL

“CUNQUEIRO Y LEZAMA. LA LUZ DE UN MUNDO QUE SE ALEJA”

3ª parte, A   “Poética lezamiana y texto paradisíaco cunqueiriano”.

(La primera parte de cinco constituida por “texto mítico griego”, “Preámbulo” y “Cunqueiro y Lezama, vidas paralelas” constituye la entrada 23.1.20 de este diario. La segunda parte “Un mundo común” fue publicada en 26.2.20 en este diario).

Como ha sido consignado anteriormente son múltiples los textos en los que Lezama desarrolló y sistematizó su poética de la imagen. Y, sin embargo, hay una distancia (ya observada entre los lezamianos) entre aquella y su realización en su obra narrativa y, especialmente, en su poesía, blanco elegido de aquella. Cunqueiro, como también se dijo, no desarrolló sistemáticamente la suya, sino fragmentariamente y principalmente disuelta en el material narrativo que es preciso filtrar para que brille el oro de su visión poética. Poética sumergida que resplandece en el fluir de las aguas de su obra. Fundamentales, sobre todo, “El año del cometa”, un texto en el cual Paulus, alter ego de Cunqueiro, expone ideas decisivas sobre el soñar y el imaginar. No faltan tampoco textos, en las entrevistas al escritor, que aclaran y completan su poética, textos importantes para su poética del texto paradisíaco.

Pues bien, mientras Lezama, caminante llegado a la orilla del Puraná, el río del paraíso, vió, sí, hervir sus aguas y sobre ellas se inclinó, como Narciso sobre el agua de la fuente, pero no pudo alcanzar las puertas del paraíso, tan claramente contemplado en la teoría, perdido en el camino infinito de su poesía, fragmentado hasta la exasperación microscópica y relacionado cada fragmento con una selva de asociaciones de dimensiones astronómicas, Cunqueiro, de golpe, sencilla y franciscanamente, sin aparente esfuerzo, tal la música de Mozart, que tanto amaba, creó el texto paradisíaco, realizando así la poética lezamiana y su proyecto de “habitar la ingenuidad de un nuevo paraíso”.

Entre tanto Lezama, insisto, en su búsqueda de “la ciudad tibetana estelar donde el hombre dialoga con el búfalo blanco” (otro nombre del paraíso), la perdía por velarla su propio caminar, si bien nos dejó, en la floración amazónica de su asociacionismo, fabulosas ciudades poéticas sublunares, “con la dureza de la piedra y la transparencia del agua”, atributos para él los propios de la poesía. Esto lo veremos más clara y demorado en la parte quinta de este ensayo.

Si navegamos, siguiendo la corriente de los ríos de textos de Lezama y de Cunqueiro, oímos con facilidad la melodía única de sus voces diferentes, que se complementan armónicamente. Y la primera isleta con la que tropezamos es la afirmación de Pascal, que Lezama sitúa en el centro de su sistema poético: “como la auténtica naturaleza se ha perdido, cualquier cosa puede ser naturaleza”, y añade Lezama “el hombre coloca la imagen en lugar de la naturaleza perdida” y “frente al pesimismo de la naturaleza perdida, la invencible alegría en el hombre de la imagen reconstruida. Por la imagen el hombre se reconcilia con un mundo armónico que le ha sido arrebatado”.

Es obvio que, para hablar de naturaleza perdida, tiene que haber naturaleza. Y naturaleza solo la hay con la cultura, es decir, con la aparición del ser humano. Antes de éste no hay naturaleza, habrá cualquier cosa, pero no naturaleza. Ésta está configurada culturalmente y la cultura se ha desarrollado, por lo menos hasta hoy, en el seno de una naturaleza, amenazada, eso sí, por la imposición de un hábitat artificial y tecnológico del hombre. Cuando entramos en un bosque virgen que, como tal, no existe, entramos y lo vemos, lo olemos y lo sentimos con toda la historia cultural de la humanidad, con todo el bagaje de mitos, historias, leyendas, experiencias, saberes, alegrías y temores. Grávidos de imágenes atravesamos y configuramos culturalmente la fisicidad del bosque, sea lo que sea esa fisicidad desde el ámbito de la teoría del conocimiento o de las ciencias físiconaturales que también determinan, modelizan esa fisicidad. Antes del hombre no se puede hablar de naturaleza, ni siquiera del “silencio de la prehistoria” (Moravia) anterior a la aparición del “homo loquens” ya que silencio solo lo hay en la cultura, silencio que permite escuchar una voz, el ruido de una hoja que cae o el cauteloso pisar del tigre.

Se ha escrito sobre la probabilidad de que, en un primer tiempo de su juventud poética, Lezama identificara la naturaleza perdida con la expulsión del paraíso teológico y que, perdida esa naturaleza paradisíaca, surgiera esa sed infinita de reintegración al paraíso. Puede ser. Fuentes irracionales de la nostalgia infinita puede haber muchas en el hombre, incluso el nacimiento como expulsión de un paraíso. Pero aquí el concepto de naturaleza perdida que nos interesa y que es el motor de la reintegración armónica por la imagen de los textos lezamianos y cunqueirianos es ese mundo que nos llega, fundamentalmente desde el neolítico, atraviesa los siglos y los milenios y nos llega afectado por las sucesivas revoluciones industrial y tecnológica, hasta el desarrollo digital de hoy con el dominio de la globalización y la destrucción del medio ambiente, lo que permite contemplar con facilidad un ámbito humano de residencia predominantemente tecnológico y la desaparición de la naturaleza que ha rodeado siempre al hombre. Y, naturalmente, tal como lo conocemos, no va a salir indemne de “estos procesos de economía agresiva y depredadora que olvida colocar en el centro de las actividades humanas la calidad de los bienes comunes, sociales y ecológicos”. La posibilidad de aparición de un modo de ser humano diferente, con otros valores (“videmus alterum populum iam esse”, el senado romano en el asunto de la represión de las Bacanales) debe ser considerada. Pues bien, contra este proceso de destrucción de un mundo se alzan Lezama y Cunqueiro y así el hombre introduce la imagen para reintegrar la naturaleza perdida, reintegración que también se procura desde otros ámbitos (científico, cultural, activismo ecológico…). Pero aquí corresponde hablar de la imagen, de la imagen poética (“la poesía es el reino del milagro”, Valery) como componente esencial de ese proceso de reintegración armónica y de salvaguarda del ser humano, frente a la deriva actual. Y hablar de la imagen presupone el lenguaje que clasifica el flujo, aparentemente caótico y confuso de la experiencia, en unidades discretas y con ello es “conditio sine qua non” de la sociedad humana y, en consecuencia, del hombre. Pero, además, el “homo loquens” es, como hablante, un ser poético y metafórico que tiende esencialmente a extender la imagen sobre la naturaleza, como la noche se extiende sobre el día. Se confirma así que la naturaleza es “ab initio”, lenguaje, por ello imagen ya que el hombre como lengua es una fuente continua de imágenes, un fluir que no cesa. Sin embargo, solo en los poetas (mejor en el pensar poético del que la poesía es uno de los vehículos) puede la imagen desenvolver toda su capacidad de milagro, aunque en potencia esa capacidad se halle presente en todos los seres humanos pues todos estamos constituidos lingüísticamente y la metáfora forme parte de nuestros dones. “El cuerpo segrega imagen como el caracol formas en espiral inmóvil” (Lezama) y todos comprendemos la metáfora.

“La imagen es el instrumento cognoscitivo por excelencia” (Lezama) y “lo maravilloso comienza cuando surge una iluminación no habitual de lo real (Carpentier). De nuevo Lezama “la distancia tiene que engendrar su propio rostro… Toda metamorfosis en el hombre sólo puede verificarse en la metamorfosis espacial que desplaza…”. Las cosas, los seres, las ideas y los fenómenos o los sucesos se nos muestran separados por distancias espaciales o temporales, cortas, largas, incluso inconmensurables, como un universo fragmentado. Estas distancias podemos cancelarlas con la metáfora: metáfora, “llevar más allá”. La metáfora como vehículo de transporte (en neogriego “metaforiká mesa”, medios de transporte). Hölderlin relacionó al poeta con el comercio del naviero que comunica lo más lejano con lo más cercano: “Siehe! Da löste sein Schiff der fernhinsinnende Kaufmann, froh, denn es wehet’ auch ihm die beflügelnde Luft und die Götter liebten so, Wie den Dichter, auch ihn, dieweil er die Guten gaben Eer erd ausglich und fernes nahem vereinte” (¡Mira! Allí soltaba su nave el comerciante que contempla la lejanía, contento, pues también para él sopla el aire estimulante, y los dioses lo aman, también a él porque equilibra los dones buenos de la tierra y une lo próximo a lo lejano”).

Lezama: “la metáfora y su resultado la imagen es la red más poderosa para atrapar lo fugaz y el animismo de lo inerte. Extraemos de su cosmos un objeto y lo transportamos a otro, bajo cuya gravedad vibra y se ilumina de un modo nuevo” pero la aparición de algo nuevo en la órbita de lo que acoge también hace vibrar e ilumina el puerto de destino. Las dos caras del signo lingüístico determinan la imagen que transporta la metáfora: el significante, las connotaciones de la imagen y el significado, (el conjunto de semas, variable con cada persona y cada cultura) la imagen. La empresa de transporte que es la metáfora modifica perdurablemente la imagen transportada que nunca volverá al estado anterior a su viaje. Se ha enriquecido para siempre. Como se enriquece la imagen que abre sus puertas a la metáfora. “Dientes” y “perlas” tienen un antes y un después tras el nacimiento de la nueva imagen “dientes como perlas”. Como la cópula sexual que lleva al espermatozoide al óvulo y origina un nacimiento, el transporte metafórico engendra una iluminación nueva, una nueva imagen que como una estrella que dilata su circunferencia abarca el ámbito de la comparación y anula la distancia entre las cosas.

El poeta como arquero. Tensa su arco, dispara y salva la distancia. El nuevo rostro engendrado cancela la lejanía entre el lugar de liberación de la flecha y el horizonte herido. En un texto aristotélico hay reflexiones decisivas sobre el poeta como arquero y el éxito de su disparo: “hay que disparar desde lejos y con fuerza para dar en el blanco”. “Ley de la poética y no de la balística”, se ha dicho. Cuanto mayor la distancia anulada, mayor la iluminación de la imagen surgida del lanzamiento metafórico. (Traigo aquí unos ejemplos de Cunqueiro arquero: “libro de venenos, encuadernado en negro como Felipe II” y “las croquetas se retorcían en la sartén como herejes en la hoguera de la Inquisición” o “el camino se echaba a sus pies como perro amistoso”). Sí. Al fijar la línea del horizonte para su flecha, el arquero “dilata las fronteras”. Una fuente islandesa dice: “el brazo que me mata es corto pero el venablo es largo”.

Después que la flecha ha alcanzado su horizonte nuestra percepción del cosmos ha cambiado y se ha enriquecido. Escribe Aristóteles que la esencia de la poesía es revelar las relaciones, desvelar el ser que hubiera podido permanecer oculto, si no fuera por el poeta. Esta reintegración del universo, aparentemente fragmentado, por medio de la imagen es la esencia de la metáfora poética que penetra la oscuridad circundante y la ilumina. Todas las luces se encienden a su paso. Y observemos esta doble actividad del lenguaje: clasifica y distancia y simultáneamente aproxima y unifica.

Cunqueiro: “al final, en nuestras invenciones, damos un rostro más complejo del mundo y más veraz”. “Las cosas todas, además de su rostro, el haz, tienen una cara secreta, el envés, que a veces es la más significativa y aquella por donde el suceso o el objeto pueden relacionarse con otros igualmente singulares e, incluso, prodigiosos”. “La filosofía no consiste en saber si son más reales las manzanas de este labriego, o las que yo sueño, sino en saber cuál de las dos tiene más dulce aroma”. (Menciono ahora el tema del soñar, para desarrollarlo en otra ocasión, como actividad metafórica). Lezama: nuestro auténtico ser es la vivienda en la imagen, la unidad más profunda entre lo estelar y lo telúrico, la imagen como tejido de la noche”. En la base del sistema poético lezamiano es la imagen la única vía del hombre para relacionar lo visible y lo invisible y para lograr la intersección entre dos mundos, eliminando todo dualismo y el mayor “la contraposición real/irreal”. “El sentido que revela la imagen nos transporta a la mañana del mundo, como un ciervo que sorprende el momento en que un río secreto aflora a la superficie”. Y añado algo decisivo, las imágenes que como un boomerang vuelven hacia el arquero cuando la flecha acierta en “la línea del horizonte” son las imágenes que salvan ese mundo amenazado de desaparición, esa naturaleza perdida, pues solo en un mundo poético es posible el vuelo de la flecha de la metáfora. Son esas imágenes las que multiplican, al desvelar y revelar, los enlaces comunes y con ellas se hace frente a la amenaza de la metástasis de los desarrollos antipoéticos de hoy. En palabras de Lezama, “la concordancia universal de la metáfora es la reparación por el hombre del daño que causó”. Es la afirmación del fundamento poético de cualquier mundo imaginable que podamos calificar de humano y, a partir del cual, cualquier desarrollo científico o tecnológico pierde el carácter tóxico que en ausencia de tal fundamento lo domina. Así el arco del poeta (Tokson en griego antiguo) cancela esa toxicidad mortal.

Dijimos que la metáfora busca y halla vínculos ocultos entre cosas separadas por abismos de tiempo, espacio o sentido. Se abole así el causalismo unilateral de lo sucesivo histórico. En el milagro de la imagen, en la reintegración de los fragmentos que es el paraíso, la causalidad se genera, no solamente por la relación causa-efecto, sino por otras relaciones, v.g., “la vivencia oblicua” lezamiana, en virtud de la cual un acontecimiento posterior aclara uno anterior, “una expresión contemporánea revitaliza el pasado, un escritor contemporáneo influye en la interpretación de otro del pasado. “Muchos creen que las influencias se presentan de causa a efecto, en la sucesión cronológica, y muchas veces la aparición de un poeta posterior recrea esas influencias. Las influencias no son de causas que engendran efectos, sino de efectos que iluminan causas” (Lezama). El tiempo se evapora, la dimensión temporal como la espacial, desaparecen del texto paradisíaco, “el hombre responde con el arbitrio de la imagen al determinismo de la naturaleza”. “La liberación del tiempo (y del espacio, añado) es la constante más tenaz de la sobrenaturaleza”. Es decir, del reino de la imagen, del texto paradisíaco. “Todo lo escrito en un libro vive simultáneamente” (Cunqueiro).

La imagen que florece en el texto paradisíaco tiene otro efecto decisivo, la superación del dualismo entre lo real y lo irreal. “La simple potencialidad de la imagen basta para crearle su gravitación”. El poeta se adelanta como guardián de la sustancia de lo invisible. “Es muy posible que el primer animal volador fuese inventado, imaginado por el hombre antes que existiese en realidad” (Cunqueiro). Y la luz es el primer animal visible de lo invisible (Lezama).

Este poder aniquilador del tiempo y del espacio de la metáfora y de la imagen que se alza sobre la distancia abismal, instantáneamente, (pensar en velocidad resulta inadecuado) presupone en aquella un enorme poder destructor. “El máximo poder destructor concebible” (escribe Cunqueiro) que se refiere también “al apetito de destrucción del soñador”. Y se pregunta: “¿puede existir una ciudad, sin reducirse a polvo, si hay en ella un soñador?”. Destrucción de apariencias y distancias, la piedra se dobla y nos entrega su resistencia, el horizonte se acerca y se abre para mostrarnos el oro de las imágenes que guarda. Destrucción que desborda de riqueza, riqueza de la resurrección, todos, vivos y muertos, avanzan, vestidos de la fantasía inagotable que el albedrío de la imagen regala. En la ciudad cunqueiriana que se alza en el centro del texto paradisíaco, el envejecimiento y la muerte son reversibles, los muertos vuelven al vecindario, épocas y espacios se yuxtaponen. Todo “se desprende de los anillos de su forma correspondiente” (Lezama). Desprenderse, desnudarse hasta el reposo en el éxtasis de lo homogéneo que constituye el paraíso poético donde hay identidad entre dioses, hombres, demonios y cosas, a través de las series infinitas de transformaciones. La ciudad paradisíaca cunqueiriana es un ejemplo único. Como fruto de este éxtasis de lo homogéneo, el vecindario de la ciudad cunqueiriana carece de psicología individual, sus habitantes son arquetipos. Y en la Habana de Lezama, su voz se alza y habla idéntica a través de todos los personajes de Paradiso y Oppiano Licario. Casa de la imagen que es la casa del poeta. “Su casa era el espacio de la mañana. Su cuerpo se escondía en la casa de las imágenes y luego reaparecía idéntico y semejante a un fragmento estelar… La magia que he percibido siempre en toda morada del hombre como el resguardo del caracol que ofrece sus laberintos defensivos a la embestida de la marina nocturna… Encontrar la sombra imposible y hacerla habitable” (Lezama). Imposible: como imposible conceptúa la casa del poeta quien ha sepultado su potencial de arquero. Y no ve el milagro, el arco que vibra, bañado en luna, y la flecha que cabalga el arquero hacia su horizonte y como “se borran todas las perspectivas tocables”. Se rompe el frasco y se derrama la ausencia de toda referencia para mejor aislar el vuelo de la flecha. En el súbito de la caída de la flecha más distante en su horizonte, parece surgir de la nada su creación: “la segura marcha en el abismo” al evaporar la imagen una abundancia inabarcable.