Agosto, 2

Hoy dos de Agosto de 2019 hace 69 años que falleció Josefa, mi abuela materna a las cinco de la tarde de un soleado día de verano. Yo era entonces un niño de ocho años que se encontraba por vez primera con la muerte, ciertamente sin comprender su alcance. Todos sus hijos, numerosos y ya desaparecidos, y los hijos de los hijos, no menos abundantes, estábamos presentes, aquéllos con rostro serio, con sus gavillas de lágrimas, mientras los nietos conteníamos nuestros juegos por la coacción de los mayores y también contagiados de la seriedad ambiente.

Días antes había llegado de una excursión con compañeros de edad y lleno de entusiasmo y vitalidad entré en la habitación de mi abuela, con sombras sobre los pesados muebles. Desde otra geografía me preguntó por mi diversión. En su rostro, cansancio y melancolía. Hoy, 69 años despúes, soy el último que puede recordarla, con claridad su físico y sus movimientos, más confusamente el sonido de su voz y su modo de ser y de decir. Durante todo este tiempo alimenté mi memoria con las fotografías familiares y con los relatos de mi madre y de los tíos. Siempre tengo presente aquel día, con el contraste entre la luminosa luz de fuera y el interior oscuro, entre nuestra alegría infantil y la tristeza del que llega al final de su camino, sin que pueda distinguir entre lo vivido y lo contado a lo largo del tiempo.

Al contrario de mi madre, que constantemente me visita en sueños, ella no lo ha hecho nunca, quizá porque mis pocos años de entonces impidieron una emoción profunda que abriese las puertas que permiten la emergencia de los seres queridos.

Sesenta y nueve años. Casi tanto tiempo como el período de los Antoninos o cinco veces el Reich de los mil años. 69 años hace que se extinguió un mundo, un planeta disgregado por la muerte y sus restos fueron acogidos en mayor o menor medida por otros mundos. Brillaron un tiempo luces numerosas que hablaban de ella y que se han ido extinguiendo poco a poco con la desaparición de los sucesivos mundos.

La débil luz que de ella llegó a mí, desaparecerá con mi muerte, rasgos, figura, toda memoria carnal. Solo alguna fotografía sobre la que nadie se interrogará con emoción, solamente líneas en registros administrativos.

Me gustaría que antes de que mi mundo también desaparezca, actuases en el teatro de mis sueños y oirte, recuperar tu voz, despúes de 69 años.

JULIO,27

Desde hace muchos años me preocupa el “alterum iam populum ese” que según el senado-consulto de represión de las bacanales amenazaba con sustituir al “populus romanus”, el otro pueblo, otra clase de gente que se va extendiendo entre nosotros, un nuevo y extraño tipo de gente, nuevo y extraño, por lo menos, para los que, por nuestro horizonte cronológico, pertenecemos a un antiguo régimen del que conocimos la última etapa de una rica cultura campesina y las formas de comunicación anteriores a la revolución digital. Kurosawa, el director de cine, decía que el hombre ha comenzado a cambiar en todo el mundo en los años posteriores de la segunda guerra mundial, cambio causado o acelerado por el fin del mundo agrícola tradicional, el éxodo rural a las grandes ciudades con multiplicación de las megalópolis, la globalización y, sobre todo, la revolución tecnológica de las comunicaciones.-

            Una mera observación de la vida cotidiana nos permite identificar a los integrantes de este pueblo que surge entre nosotros y que tan extraños nos resultan a los que podríamos llamar “los antiguos sapiens” o “humanos antiguos”. Paseando por la ciudad llegué a un barrio en el que se celebraba una fiesta relacionada con el mar, desafortunadamente nombrada en inglés, sin que a nadie le importe el daño a la lengua oceánica, haber nacido en la cual es “una dicha indecible”. La presencia física del mar y los fines de la fiesta me recordarón otras, hace dos mil quinientos años, cuando Dionisio desembarcaba en El Pireo y tenía lugar una solemne faloforia por las rúas de Atenas. Dirigí la mirada al horizonte marino pero nada parecía alterar la tranquilidad de las aguas. Tampoco había expectación alguna entre el público. Por todas partes se alzaban tiendas donde se vendían ropas y objetos banales y puestos de comida donde, integrando la cola correspondiente, se podían obtener pequeñas tapas o “pinchos”, de productos marinos preparados de diversas formas, que no pretendían saciar el apetito, y, por supuesto, nada baratas. Música ruidosa en el aire y en tierra, ríos de personas, con el móvil en la mano y fotografiando lo menos digno de ser fotografiado. En definitiva, mediocridad generalizada y aburrida, puro ruido y poco más. Pero a la muchedumbre se la veía contenta y entretenida.-

            Me parece una de las características del “otro pueblo” (y claramente favorecida por el poder): hombres y mujeres, de todas las edades, que se divierten con la nada, bien adobada de confusión y ruido, y que la fotografían y reenvían por sus móviles, enriquecida con capas sin fin de comentarios intranscendentes que se doblan por las glosas no menos vanas de los destinatarios.-

            Nada, que determina el horizonte de complejidad en que se encuentran cómodos sus adictos, fuera del cual lo importante les resulta invisible, excepto si pueden reducirlo o achicarlo, acometiéndolo por el lado más accesible..-

            Con esta operación metonímica asaltan el conocimiento que les es ajeno y en el espacio público, con su no saber, vigoroso y florecido de tópicos, reducen al que sabe al silencio. Otro conjunto, cuyos elementos coinciden ampliamente con los integrantes del anterior, es el de los adictos al móvil y a sus aplicaciones, aparato representativo del “nuevo pueblo” ascendido a miembro de su cuerpo y en el que el cerebro delega parte cada vez mayor de sus funciones. En tu paseo por la vía pública debes esquivar continuamente la salida brusca del portal oscuro del hombre-móvil concentrado en postura característica, inclinado sobre la pantalla que contempla devoto y sobre la que teclean dedos nerviosos. Así lo encuentras caminando, sentado en cafeterías y terrazas, apoyado en muros, en toda clase de espectáculos, solo o en grupo de fieles atentos a la buena nueva que florece en su espejo y que su proselitismo enfebrecido reenvía sin pausa. Durante su conversación con el aparato suele aparecer en sus rostros una expresión de placer, una vaga sonrisa que me recuerdan la felicidad tranquila del adepto a una secta en presencia del fundador, como, por ejemplo, la que he visto en los que oían al señor marqués de Peralta. No tengo dudas de que, con el tiempo, se producirán cambios evolutivos en el cerebro y en el cuerpo de los adoradores del móvil para adaptarse al manejo constante del aparato y a la localización en el mismo de parte esencial de las funciones cerebrales. Llegarán a constituir una nueva especie con la que el “humano antiguo” no tendrá intercambio sexual (si bien posible físicamente, por lo menos en una primera etapa, imposible por la recíproca repulsión”).-

            Ya nadie entre las nuevas gentes ve con emoción, fotografía compulsivamente, todo es adecuado para ser fotografiado y sobre todo, para aparecer en el medio de la fotografía, adquiriendo así por la incorporación una consistencia particular y gratificante y que no es más que penosa basura arrojada sobre lo eterno. Millones y millones de fotografías que con su estupidez mancillan y oscurecen la belleza y que se multiplican en instantánea comunicación que ambiciona sustituir páginas de la historia del arte o de la naturaleza por las nuevas “personalizadas”. La capacidad de recordar está en horas bajas, la falta de memoria, la madre de las musas, se confiesa casi con orgullo “no se necesita en la familia”. En su lugar, el archivo que permite dulce siesta a la cada vez más fatigada cabeza. Y para qué la asociación si tenemos la búsqueda en el archivo.-

            Ciego a lo que no sea su pantalla, camina el nuevo pueblo, en posición semejante a la del celebrante de la misa sobre el cáliz. No es por casualidad la semejanza. Ambos se doblan ante la divinidad que adoran. Sin embargo siempre hay lugar para la decadencia histórica. El vino del cáliz promete al sacerdote la vida eterna. La pantalla solo confirma al que la contempla absorto su lugar entre los idiotas del mundo.-

            Finalmente, como ya se deduce claramente de todo lo anterior, el nuevo pueblo es adicto al turismo, se desplaza compulsivamente en masa, armado de su móvil, por todo el planeta y da rienda suelta a su fotomanía en los lugares más insospechados. La historia y la geografía de las tierras que visita, su cultura le son largamente ignoradas. No es el amor ni un interés el que guía su bulimia consumista (hay una bulimia geográfica al lado de la alimenticia) a la que es indiferente cualquier horizonte, solo poder decir: “estuve allí”, un allí fotografiado hasta la náusea y cubierto de densas capas del guano que originan. Luego, cuando retornan, se empeñan en comunicarte el relato inaguantable de sus tópicas emociones, propias de una guía turística, en mostrarte la pobreza de sus fotografías, todo ello salpicado de expresiones “tienes que verlo” o “como amanece el sol en el lugar X”. Aún resulta más difícil de soportar el descubrimiento de mediterráneos o, lo que es peor, de mediterráneos inexistentes y la pasión efímera que les despiertan, pronto apagadas, como burbujas en una copa de champán. Si esos mediterráneos tienen nombres oficiales muy diferentes a los usuales los pronuncian con la familiaridad propia del trato con un viejo conocido (Myammar, Sri-Lanka…) y por supuesto niegan su condición de turistas, se afirman viajeros pues “cada uno puede prepararse su propio viaje” aunque luego sus comentarios desmienten tal preparación. No son conscientes que, en las condiciones del mundo actual, la categoría de viajero, el honor del viaje son prácticamente imposibles, y que el auténtico viaje es hoy un concepto cultural, que solo es realizable en el mar infinito de los libros y del arte con la vela de la imaginación más poderosa.-

JULIO, 15

Pienso sobre el origen de las existencias y de las geografías que aparecen en mis sueños. Muchos son pensamientos e imágenes que pueblan mi memoria, desde sus profundidades abisales hasta la superficie luminosa de aguas invitadoras, pero una parte considerable es de procedencia extranjera, me parece segura la realidad de una red que conecta los cerebros de las diferentes personas, una “internet” de las redes neuronales individuales que permite la transmisión de recuerdos y deseos de una persona a otra, bajo condiciones que no conocemos pero que se realizan continuamente. En su gran mayoría habitan las fosas marinas del mar del cerebro y la voluntad de la memoria no puede traerlas al recuerdo. Son los sueños el lugar único (o casi único) de su emergencia.-

            Esos rostros y paisajes, seres y construcciones extrañas que se mueven y se edifican en los sueños, son el fruto de la muchedumbre de pensamientos, deseos e imágenes que nos puebla, cualquiera sea su procedencia. En fértil intercambio se combinan entre ellos, se esfuerzan en emerger para persistir en el recuerdo y realizan una frenética actividad teatral con la representación de relatos en los que se estructuran para atraer nuestro interés y con sus escenas oníricas y permanecer así accesibles a la memoria. Ninguno quiere residir, olvidado, en el nirvana de la inconsciencia, anhela generar y conmover, escuchar el aplauso de nuestra emoción que los vuelve peces de las aguas someras de la atención diurna. Con frecuencia no es posible esta transformación, o por las carencias de la pieza o del espectador pero siempre retornan a escena, con obras renovadas y ambiciosas hasta lograr el ascenso a la luz.-

            Esta noche, como cada noche, acudiré al teatro de los sueños, con la esperanza de ver sus luces encendidas y, en un instante, situado en el medio de la escena, actor yo también, ser arrastrado y sumergido por los remolinos de una corriente cuya gramática se ha forjado en lo oscuro.-

            Un año tras otro y noche tras noche se abren para mí, luminosas y sonrientes, las puertas del teatro de los sueños. Siempre espero impaciente el comienzo de la melodía del lenguaje de las sombras. No es mucho lo que comprendo pero nada he olvidado de lo visto y escuchado, que pesa en mí con mayor peso que el de gran parte de lo vivido.-

JULIO, 10

“All obscurity starts with a danger” (S. Plath). El peligro es el fruto de la decisión. Nuestro camino consiste en una serie indefinida de encrucijadas, cada una de las cuales exige decidir. Por ello vivir es habitar el peligro, mayor o menor según el calado del decidir, en estrecha relación con la calidad de la encrucijada. Cuanto más noble es la vida de la persona mayor es el peligro y mayor la obscuridad a la que se abre. Quien vive ajeno al pensar poético (algo diferente del poeta y del poema) es ajeno al peligro y a la obscuridad, aunque consideremos ese alejamiento como una negación, una carencia de las más esenciales posibilidades de lo humano.-

            Una decisión ejecutada con autenticidad alumbra una elección que es siempre verdadera, aunque pueda ser errónea en el mundo práctico. Verdad poética y error práctico son, con frecuencia, las dos caras de la misma moneda.-

            Vacilamos ante las elecciones posibles, que decapitamos con la decisión, en un ámbito que es peligroso por la variedad que se nos ofrece, con el riesgo de una equivocación y el aumento de la obscuridad. Sin embargo, una decisión verdadera nos regala un relámpago de luz que nos deja ver la siguiente encrucijada y de nuevo el peligro y la obscuridad, siempre en aumento, con la progresiva ampliación del horizonte de la decisión que tiene lugar en la evolución de una vida que vive poéticamente.-

            La serena aceptación de la muerte, de su posibilidad anidada en el núcleo esencial de la vida es el instante del mayor peligro y de mayor obscuridad, y nuestra vida puede naufragar en ellos de modo irreversible si la decisión equivocada poéticamente coincide con el momento de la muerte física. Pero si esa aceptación, poética aceptación, tiene lugar, toda nuestra vida se ve iluminada por una claridad que la justifica, aunque esa claridad de aurora solo sea visible en nuestra conciencia que se desvanece en un resplandor, y, en parte, para las personas amadas. Ejemplo y cátedra de muerte cuya memoria sea luz en su camino.-

Julio, 7

Me encuentro con X. Comenta su indignación por la resistencia de las autoridades eclesiásticas a inscribir en el registro de bautismos su apostasía de la fe católica. Realmente está muy enfadado, “con que satisfacción vería el incendio de esos papeles fruto de la imposición de creencias”. “Oh hermosura de las llamas”, (flammae pulcritudo, Nerón ante Roma en fuego). Intento  serenarlo, le digo que con su actitud le hace el juego a su adversario, que acepta el terreno marcado por el mismo. La palabra apostasía, añado, surgida en la lengua griega, pertenece al lenguaje político de la antigüedad: abandono de un grupo, de una sodalitas o corporación, de una facción política. Jamás al lenguaje religioso. El significado moderno de apostasía como el de herejía son inconcebibles para el pensamiento antiguo. Los diferentes dioses no eran celosos y ellos, sus sacerdocios y sus fieles mantenían en general cordiales relaciones. Hubo quien fue iniciado en todos los dioses, desde el ámbito de una divinidad podía recomendarse piedad o sacrificios para otra y un sacerdote podía ocupar cargos en dos cultos diferentes. Esta tolerancia formaba parte de la idiosincrasia antigua y no era como la nuestra, fruto de siglos de persecuciones y de guerras de religión y siempre amenazada. El culto al genio del emperador era la clave de bóveda que garantizaba la cohesión del imperio y la convivencia en paz de las diversas provincias.-

            La apostasía y la herejía aparecen con el cristianismo y la cristalización de una iglesia oficial, inseparable de largos siglos de intolerancia, de persecuciones y crímenes, la primera con rescoldos aún calientes entre nosotros, los otros vigentes en tierras del islam.-

            Tengo la impresión de que Roma, que tan enérgicamente reaccionó en la crisis de los bacanales del año 186 A.C., cuando “alterum populum iam esse” que emenazaba substituir al “populus romanus” no percibió claramente el peligro que para el imperio representaba el nuevo pueblo cristiano, nuevo y terrible adversario, armado con una religión de nuevo tipo, con una iglesia (concepto desconocido para el mundo antiguo) autoritaria y jerárquica de la que fluyen naturalmente la represión de la herejía y de la apostasía, la persecución y la muerte. Evidentemente una represión de las autoridades, no sistemática y con grandes soluciones de continuidad solo podían fortalecer al cristianismo, hasta el triunfo final.-

            Le digo a mi amigo que con su indignación alza frente al dios celoso de la iglesia un antidiós no menos celoso y excluyente. Frente a la iglesia militante, un ateísmo militante, que paradójicamente reconoce la importancia de aquella al entrar en la confrontación, terreno en el que la religión católica se siente cómoda. Pero la iglesia no está preparada para la risa, una risa franca y generalizada que no era posible en la mentalidad antigua. Una risa incontenible ante los dogmas delirantes y la explicación de los mismos, ante la familia divina calcada de la humana con su proliferación de tíos y parientes en forma de santos y beatos que se multiplican incontenibles y asfixian los edificios religiosos. Una gran carcajada me provoca el nombre de un reciente santo, el de Pepe Escriva, el fundador del “Opus Dei” y cuyo folleto “camino” tanto me divirtió en una lectura juvenil.-

            Pero ciertamente no produce risa la necesidad de adorar de las multitudes que levantan altares a cualquiera (altares domésticos, por ejemplo, al dios Maradona o culto a cualquier epiclesis de María que surge de cabezas ignaras e interesadas). Y no olvidemos el culto a los dioses sangrientos de la política, de ridículo visible tras las nubes de incienso de sus turiferarios, dioses de la política hoy más peligrosos que los de la religión. La adoración de los paraísos sublunares ha originado más catástrofes que las incontables de los situados más allá de la Luna. Reirse, sí, de las iglesias políticas y religiosas pero que inmenso esfuerzo de e-ducación para e-ducar al rebaño (lo que implicará la desaparición de éste).-

            Dejemos el combate trágico frente a las iglesias (esa actitud, por ejemplo, de Unamuno que tanto gusta a los católicos y que tan fáciles victorias les proporciona). Abandonemos la seriedad y riámonos, y en medio de la risa, gocemos del poder de los humanos de crear dioses. Ejercitémoslo y probemos su eficacia o ineficacia para abandonarlos en beneficio de otros.-

            No sé si he convencido a mi amigo, pero acepta la gran risa que le propongo sobre los dioses y las iglesias intolerantes que los crean y se sirven de ellos adorándolos. Seguimos caminando con un río de risas que nos refresca y purifica, hacia una cerveza fría que ofreceremos al dios desconocido.-

JULIO, 2

Vivimos y aprendemos en el sueño cada noche. Con placer expectante y también con respeto cierro los ojos y espero que la nave de los sueños con las velas de sus metáforas me arrastre a geografías que pueda navegar como Ulises, antes del regreso a Ítaca, más sabio y mejor caminante de los caminos de haz y envés, de vida y muerte que somos.-

            No siempre están abiertas las puertas del teatro de la noche. A veces no hay representación, quizá los accesos se hallaban cerrados y los actores no pudieron acudir o asistir a una función que no recuerdas, o sólo de un modo vago pues no estabas preparado para intervenir activamente. La conversación con lo oscuro es esencial para el hombre y grande es la pérdida por su ausencia.-

            Si durante el día te esfuerzas por recordar con mayor detalle las palabras nocturnas y las piensas con profunda atención, mayor será la frecuencia de las actuaciones de los sueños y su calidad y su difícil claridad, ya que lo oscuro, aunque pueda ser lo más pavoroso, es agradecido y corresponde a tu esfuerzo por facilitar su manifestación.-

JUNIO, 29

Visita a la catedral de Orense. Siempre observo con interés creciente cuando entro en las sombras de una catedral el sueño profundo de las figuras yacentes de prelados u otros religiosos o de personajes de la sociedad de su tiempo que cubren sus sarcófagos de piedra dispuestos en los muros de las naves o de las capillas y las lápidas que resumen los altos hechos, la dignidad de los oficios o la noble familia del difunto, hoy, en la mayoría de los casos, solo información para eruditos locales.-

            Con que fe todos ellos cerraron sus párpados, pensando despertar en el paraíso. Resulta difícil imaginar la absoluta evidencia que ofrecía esa fe. Nunca se verán decepcionados pues su pétreo sueño no podrá ser destruido más que a golpes de martillo.-

            Me dirijo a los primeros bancos de la nave central, casi bajo la cúpula. Abrazo con la mirada la total arquitectura y, cada vez, la misma sensación, la de hallarme en el interior de algo inexplicable, no solo entonces, en la sociedad medieval, con la tecnología de su tiempo, sino incluso hoy, una maquinaria estelar, una nave que ha llegado de un largo viaje y ocupa un terreno abierto en el centro de la población. Inmediatamente será un templo para la incomprensión de las gentes que a lo largo de los siglos colonizan el espacio sagrado con tumbas, altares barrocos y verbenas de santos. Pero hoy ha llegado el día y me cabe la suerte feliz de presenciarlo. Las galerías que ciñen el interior del cimborrio se llenan de extrañas sombras que acarician placas y botones de piedra. Los vitrales se llenan de luz, sus rayos multicolores todo lo inundan, paredes, columnas, arcos, techumbre vibran suavemente al principio, después con mayor energía. El rosetón gira con potencia, de él brota una claridad inmensa, como un sol de mediodía. La piedra se agita, quiere romper las raíces seculares que la unen a la tierra, pero la fuerza de ésta parece resistir. Nada, sin embargo, puede ser obstáculo al vuelo de la piedra, en auxilio de la luz viene la música, música celeste que el órgano vierte generoso. La vibración aumenta, me pregunto si serán música y luz el combustible de la piedra. Finalmente la tierra renuncia y la catedral, vacilante, se alza en el aire. La hojarasca de los retablos barrocos, cruces y estatuaria religiosa, objetos del culto, púlpitos y confesionarios se derrumban y caen al pavimento, multiplicados en polvo y en fragmentos y una luminosa hermosura se ofrece desnuda.-

            Ya está la nave en la más profunda lejanía y se dirige, cumplida su finalidad, al mundo de su origen, a la amistad de las estrellas, y yo voy dentro o, vuelto silencio de piedra, en piadosa actitud de anhelar el cielo.-

            Finalizo en el pórtico de la gloria de la catedral. Una teología de piedra que dice la verdad de los espíritus de quienes lo alzaron, sin espacio para la corrosión de la duda. Esa fe veía en los órdenes y rangos verticales de las puertas sublunares el reflejo del orden celestial en el que reina el Pantocrátor.-

            Este pensamiento de correspondencia entre las esferas terrestre y cósmica es habitual fundamento en las más diversas culturas. Ciñéndonos a Roma, pensemos en el descenso del templo y en el ascenso del firmamento o en el Dios Terminus que garantizaba los términos o mojones de los propietarios rurales latinos, mojones que traducían límites geográficos de los cielos superiores. Por ello quien alteraba la disposición de un mojón alteraba límites divinos y sufría una terrible sanción, la de ser declarado “sacer esto”, es decir, consagrado a los dioses infernales, lo que implicaba que cualquiera podía ejecutarlo sin reproche penal o jurídico. Cuantas veces me ha llevado esto a pensar en los campesinos gallegos, en su frívola facilidad para remover los “marcos”, cuantos serían “sacer” y el número de los sacrificados al inframundo.-

JUNIO, 26

Siempre gusté de las terrazas de los cafés, especialmente ahora que tan cómodas las disponen sus propietarios. Marchas por las calles inmerso en la corriente de la gente, lenta o rápida en su fuerza variable, que a veces se estanca y otras forma remolinos. Cuando ves la orilla favorable, desembarcas en ella y buscas el lugar idóneo para escribir o leer o, simplemente, sentir mientras observas el fluir del agua. En la alternativa de elegir una mesa exterior o un rincón interior la decisión depende de los naturales factores atmosféricos o del grado de comodidad o belleza de los lugares o del peligro de eventuales inundaciones del río próximo con su fragor insoportable de voces y risas.-

            Pero hoy has hallado un sitio y una hora de soledad y silencio. Depositas el mazo de folios blancos con su blancura de gardenias y bolígrafos de tinta variada en su color. De una guisa refleja, vibra, erecto el pensamiento con esta articulación del recado de escribir. Bebes el café hirviendo o la cerveza helada (“a los tibios los expulsaré de mi boca” según reza autorizada sentencia) y ya la mano tiembla, atrae la pluma y danza ritmos diferentes sobre la pista de papel. Extraordinaria fertilidad de la maravillosa unión del pensamiento en su laberinto y de la mano armada, las palabras recién nacidas llenan las albas cunas y ya te hablan con la frescura de sus significados. El tiempo cronológico, con su asignación de tareas, ese amigo impertinente que te incomoda para que te des prisa, ha desaparecido. Ahora solo está presente y todo lo domina la armonía de la respiración que, más allá de su común y básica función biológica, es irreconciliable enemiga de la urgencia que codifica el calendario.-

            Tu ocupación intelectual de la terraza es una construcción ambivalente, no es el espacio público de la circulación molesta ni el privado, de paz y silencio del domicilio. Ha operado por un periodo indeterminado una segregación de lo común a todos y alzado una concha de caracol, no por inmaterial, menos evidente para los terceros que, en su caso, se disculpan por la perturbación que pueda originar su aproximación. Esa membrana transparente no surge, claro está, por una mera ocupación material, que es la corriente de la calle un instante detenida y que no suscita el respeto ajeno.-

            La casa y la terraza poseen ventajas y carencias diferentes si las consideramos desde el ámbito del pensar. Frente a la plenitud del silencio que florece en la primera y la total independencia del exterior, la segunda es como el embarcadero de un río turbio que arrastra en sus aguas vidas procedentes de oscuros puertos. Por un momento pasan delante de ti, con el poder, algunas, de excitación o afectación. O son también el análogo de los pastos de invierno y de verano, de visita acompasada a las variaciones estacionales de tu espíritu.-

Junio,17

Un sueño. Desperté en la alta noche. Cuando esto ocurre, tengo dificultades para reanudar el sueño si permanezco en el mismo lugar, así que me levanté y fuí hasta una pequeña sala donde, en los brazos de un cómodo sillón volví a dormir facilmente. De repente, y no habían pasado más que minutos, como comprobé después en el reloj, alguien se sentó en mis rodillas y aproximó su rostro al mio. Después del inicial sobresalto, contemplé sereno las facciones de una vieja amiga, fallecida hace ya años y por la que nunca había sentido otra atracción que el cariño de la amistad. Manteniendo su cabeza junto a la mía, que sujetaba con ambas manos, dijo algo sobre una situación de fecha muy lejana. No sé a qué se refería, pero ella aprobaba mi comportamiento. Me besó y con fuerza abracé sus muslos que repondieron con dureza bajo mis manos. Sentí que la carne seguía siendo carne en la muerte. Al reacomodar nuestros cuerpos ví con asombro, pero sin temor, que no tenia vientre, como si sus piernas prolongaran directamente los costados y, entre ellas, presentaba un vacío, un enorme hueco de un negro intenso y de forma vagamente circular. Por él empezó a brotar una oleada de calor que subía rapidamente y que me envolvía sin molestarme. Al contrario, cuanto mayor la temperatura, más cómodo me sentía, era algo muy agradable, diferente a cualquier experiencia anterior, que invadía mi cuerpo por todos sus poros y orificios y lo dilataba como si cada órgano o cada parte del mismo, olvidadas la gravedad y la dependencia del conjunto quisiera flotar libremente y mostrar su particular belleza, de modo análogo al prisma que doblega la luz sobre su espejo y, desnudándola la abre en canal y deja que muestre libre su entraña de colores.

Un poco fuera de lugar, expresé mi sorpresa por una calidez tal en la muerte. Entonces una voz me hizo girar y ví sentado, majestuosamete obeso, con un cigarro entre los dientes al poeta Lezama cuya vivienda y tumba había visitado en La Habana. En realidad, lo recordé luego, la disposición de su aparición era una foto muy conocida. Sus palabras decían mientras ascendían entre las volutas de humo: “Es el Eros del vacio. Amígate confiado pues todo es cordial y sonriente en el camino”. La escena se borró de golpe al abrir los ojos. Respiraba agitado, abrazaba aún el aire, llamas diversas se fueron apagando en mi cuerpo con una lentitud que mantuvo vivas un tiempo las caricias de ese calor misterioso que parecía disolver mi forma en círculos de burbujas juguetonas. Así ocurre en la playa, pensé, con las arquitecturas de arena. Las olas cosquillean sus articulaciones y cada una que avanza aporta una disgregación mayor hasta la suave y tranquila desaparición.

Junio 22

Habito el sueño como el lugar privilegiado donde se revela “el terrible lenguaje de lo oscuro”. Voces, rostros, escenas, tramas en su gran mayoría familiares, pero en una disposición extraña e inquietante que deforma aquella familiaridad inicial y la inserta en una gramática desconocida, la propia de la lengua de las sombras. Cierro los ojos cada noche en la esperanza de una invitación que me traslade desde la ciudad diurna a otra diferente donde quedaré sujeto al señorío de una gravitación nueva, la propia de la ciudad del sueño, la cual, si llamado, camino vacilante y sorprendido, inseguro, quizás con temor en la espera de lo distante impensado que irrumpe de repente y que te abraza con naturalidad como un reencuentro largo tiempo aplazado.

Dentro del continuo cambio de geografías algunos lugares permanecen obsesivos aunque con diferencias significativas que hacen que el agrado de lo conocido pierda su cordialidad. Crujen grietas en la arquitectura que habitas como costuras de un traje incómodo con las dimensiones que viste y por los descosidos fluye lo ignoto presentido por tu inquietud, un laberinto angustioso o un mar geométrico y profundo cuyo lomo negro respira a tus pies, a veces tumbas angostas con las sombras de sus accesos abiertos en las que hay cuerpos que se remueven para regalar espacio mientras, interrumpidos en su descanso, te observan. Y sientes claramente que eres esperado. Pero eros está también presente en las esquinas de la noche y aguarda, bien dispuesto, tus pasos deseosos o se desvela, irresistible cuando no lo buscabas.

Al salir del sueño sabes que has sido interpelado. Todo te ha hablado con un decir que es ambiguo, como el de los oráculos antiguos, oscuro y por ello peligroso. Pero necesitamos la oscuridad. Sin una raiz oscura no alzan la piedra y el mármol su vuelo de columnas. Y no olvidemos (Lezama) “que si el hombre no tiene oscuro no puede tener iluminaciones”.